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Junio 5: “Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”

Comunitas Matutina 5 de junio 2022
Solemnidad de Pentecostés ciclo C Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ Lecturas:

Hechos 2: 1-11
Salmo 103
1 Corintios 12: 3-13
Juan 20: 19-23

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, ha sido infundido en el mundo y en nuestros corazones. Espíritu creador, comunicador de santidad, de sabiduría, de sentido de la vida, configurador de la gente libre y amorosa. Gracias a su dinamismo se transforma la realidad, esta se hace más justa, libre y digna. El Espíritu Santo es el fruto por excelencia de la resurrección del Señor Jesús. Recibido como primicia de la nueva creación, Él nos garantiza la transformación definitiva de la existencia.[1] Este es el gran contenido de la solemnidad de Pentecostés.
Para apropiarlo con sentido crítico y lúcido discernimiento se impone primero reconocer la radical contrariedad que desarmoniza el mundo y la creación. Es la soberbia humana que tiende a desintegrar nuestros encuentros, introduce la incomprensión, la ruptura de la unidad, crea categorías excluyentes, privilegiando a unos y atropellando a muchos, se apodera con violencia de la naturaleza, exalta el poder y el dinero, envenena los corazones y lleva a que unos seres humanos se ensañen en contra de otros. Es la ausencia del Espíritu, la vanidosa afirmación de los hombres que pretenden ser la medida de todo, dando la espalda a la alteridad, a Dios, al prójimo, a la creación como hábitat y espacio de comunión.[2] Junto al pecado de los individuos se configura también un pecado en las estructuras de la sociedad, este se origina en aquel. Con el pecado el ser humano atenta contra su propia realización, desorganiza el proyecto de Dios en su vida y en la de los prójimos, “normaliza” la injusticia y la violencia.[3]
En el relato simbólico de la torre de Babel,[4] el autor del Génesis nos lleva a captar los problemas inmensos de incomprensión y de intolerancia entre los diversos ámbitos de la humanidad. Esa alusión trasciende todos los tiempos de la historia. La vanagloria de los humanos,[5] la prescindencia de la relacionalidad fraterna y comunicativa con Dios y con los prójimos va en contra de la realización libre de la humanidad, es pecaminosa, destructiva, desvinculante.
¿Cómo convivir y suscitar un entendimiento fundamental entre quienes tienen tantas diferencias? ¿Es lo diferente, lo plural, un imposible que impide el diálogo y la fraternidad? ¿Será viable crear una práctica civilizada que reconozca en el pluralismo una fortaleza fundamental para propiciar bien común, paz, trabajo mancomunado, riqueza en la diversidad? ¿Podremos los cristianos, en diálogo con todas las tradiciones religiosas, propiciar una cultura del encuentro, fomentar el diálogo, trabajar en común por la articulación coherente de la rica diversidad del mundo?[6] Este mundo nuestro es en muchos de sus ámbitos una dolorosa concreción de aquella simbólica torre de Babel, que afirma como sea y a cualquier costo, que el ser humano todo lo puede, que él mismo define la medida de todo y que esto lo “legitima” (?) para apoderarse de la vida y bienes de sus semejantes, de la tierra, de los recursos naturales, introduciendo el desequilibrio y la injusticia, la incomprensión como estilo habitual de la existencia.
Las palabras míticas del Génesis, en su género literario deseoso de interpretar el orgullo de los hombres, siguen siendo sentenciosas y ayudan a comprender el porqué de tanta exclusión e intolerancia: “Así el Señor los dispersó de aquel lugar, diseminándolos por toda la tierra. Por eso se llamó Babel; allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra”.[7] Es el pecado, la libre y arrogante decisión de ir en contra de su propia realización, la ruptura de la armonía original con Dios y con el prójimo, la negativa a la seducción del Espíritu, lo que introduce este apetito desordenado de arrasar y de dominar.[8]
Seis siglos después de ser escritas las narraciones del Génesis nos encontramos en los tiempos del acontecimiento de Jesús, su Buena Noticia de acogida y misericordia para todos, su llamado a la fraternidad y a la inclusión, una nueva manera de vida a partir de un Dios que se obsequia sin medida para formar un mundo de projimidad, un lenguaje seductor de armonía y entendimiento.[9]
Hechos de los Apóstoles es un testimonio de esta novedosa realidad. Celebrando Pentecostés[10] los primeros discípulos de Jesús –fiesta en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí– se juntan para aguardar al Espíritu: “Al llegar el día de Pentecostés, se encontraban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”.[11]
Todos comenzaron a hablar lenguas diferentes y, sin embargo, se entendían, constatar esto era para ellos causa de gozo y esperanza. El movimiento de Jesús nace abierto a todo y a todos, es pluralista en su origen, no hace acepción de personas, sale de las estrechas fronteras del judaísmo, supera la mentalidad rigorista del Templo y de sus sacerdotes, evoluciona de la fijación en la Ley al dinamismo liberador del amor, no establece diferencias y categorías, hace de tal diversidad el mayor motivo de riqueza, unidad en la diferencia, Dios no es Señor de la uniformidad sino de la pluralidad, lo suyo no es la confrontación autoritaria sino el diálogo: “¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y el Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.[12] Estos son los felices preludios de la sinodalidad, a la que nos llama hoy el Espíritu a través de la convocatoria del papa Francisco.[13]
El Espíritu es políglota, polifónico, propicia la concertación, permite los encuentros, el respeto a las diferencias, asumiéndolas como posibilidad de mayor riqueza para hacer frente a los desafíos de la vida, no nos sumerge en una homogeneidad empobrecedora, es definitivamente universal, ecuménico, nos aleja de uniformidades malsanas.
¿Qué decir y sentir en estos tiempos en los que un sistema económico somete a la humanidad a sus inexorables leyes de mercado, de consumo, de producción, economía sin alma, deshumanizante, que concentra unilateralmente la riqueza en los primeros mundos y arroja a su suerte a miles de millones de hombres y mujeres en Africa, en América Latina, en Asia? ¿Qué pensar de la “aldea global”[14] –anunciada por aquel teórico de la comunicación Marshall McLuhan– que nos obliga  a sus consumos culturales alienantes, en la internet y en la televisión, muchos de ellos anodinos, promotores de un aplanamiento mental en quienes se dejan esclavizar por ellos, sofocando la creatividad y la sabiduría?
La venida del Espiritu significó para aquellos discípulos el fin del miedo y del sentimiento de fracaso, nació una comunidad humana, creyente, dotada de las mejores razones para la esperanza, experimentaron a Jesús viviente en medio de ellos animándolos a una vida novedosa en Dios y en el prójimo, libres como el viento, resueltos a incendiar el mundo con el anuncio del Reino: “Llegó Jesús y, poniéndose en medio de ellos, les dijo: ¡la paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ¡la paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo”.[15]
De Dios, de su Espíritu, no procede nada que destruya estos anhelos legítimos. En Pentecostés no podemos permitir que el ánimo del Señor Jesús muera, si lo suyo es la vida inagotable de Dios, la permanencia en el ser, la posibilidad definitiva de una vida con sentido histórico y trascendente, entonces es felizmente inevitable que vivamos en un Pentecostés sin fin: “Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común”. [16]
Nada de uniformar, nada de prohibir, porque Pentecostés es la manifestación de un Dios que inspira la pluralidad, la comprensión de los lenguajes y de los modos de ser, la riqueza de las culturas, la apasionante fuerza renovadora del Evangelio: “Pero en todo esto es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como El quiere”.[17]
En Pentecostés nace la Iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús, invitada por Él a vivir siempre según el Evangelio, enviada por Él a testimoniar y anunciar esa Buena Noticia a la diversidad de grupos y de culturas. El Espíritu la constituye como sacramento universal de salvación. La espiritualidad es el modo de experimentar a Dios Padre, participándonos de su propio ser, haciendo de nosotros excelentes seres humanos según el modelo de Jesús. El Espíritu Santo es el arquitecto de esta nueva manera de ser, nos encarna en la realidad, nos hace transformadores de la misma, hace de nosotros hijos y hermanos, nos mueve siempre a trabajar por la vida y la dignidad de todos, provoca la creatividad, la vida honesta, el talante de servicio y de solidaridad.[18]
 
[1] CODINA, Víctor. Creo en el Espíritu Santo: pneumatología narrativa. Sal Terrae, Santander (España), 1994. PAPA JUAN PABLO II. Carta Encíclica Dominum et Vivificantem sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo. Librería Editrice  Vaticana. Roma, 1986.  CONGAR, Yves M.J. El Espíritu Santo. Herder. Barcelona, 1991. RODRÍGUEZ, Lidia. La presencia del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento. En https://web.unican.es/campuscultural/Documents/LA%20PRESENCIA%20DEL%20ESPIRITU.pdf BANDERA, Armando. El Espíritu Santo en la historia de Jesús de Nazaret. En https://www.core.ac.uk/download/pdf/83555871.pdf MOLTMANN, Jürgen. El Espíritu de la vida: una pneumatología integral. Sígueme. Salamanca, 1998; Sobre la libertad, la alegría y el juego. Sígueme. Salamanca, 1984.  PIKAZA, Xabier & SILANES, N. Los carismas en la Iglesia: presencia del Espíritu Santo en la historia. Secretariado Trinitario. Salamanca, 1999.
[2]  GIRALDO ARISTIZÁBAL, Juan Diego El pecado como deshumanización en el documento de Aparecida. En revista Cuestiones Teológicas volumen 40 número 94, julio-diciembre 2013; páginas 433-456. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín. MOSER, Antonio. Pecado Estructural en COMPAGNONI; Francesco. Nuevo diccionario de Teología Moral. Paulinas. Madrid, 1990; páginas 1369-1383. NEBEL, Mathias. La categoría moral de pecado estructural. Trotta. Madrid, 2011. STITGLITZ, Joseph E. La gran brecha: qué hacer con sociedades desiguales. Taurus. Bogotá, 2015.
[3] Los obispos de América Latina en su II Asamblea General, reunida en Medellín en agosto-septiembre de 1968, introdujeron esta categoría de análisis de la realidad del continente. El pecado de las personas individuales alcanza tales proporciones de egoísmo y dominación violenta que se traduce a la configuración de la sociedad.
[4] Génesis 11: 1-9
[5] PEREDA, C. Crítica de la razón arrogante. Taurus & Alfaguara. México D.F., 1999. HERMOSA ANDÚJAR, Antonio. El mal y el problema de la justicia en el mito de Prometeo de Hesíodo. En https://www.scielo.org.co/pdf/cohe/v8n14/v8n14a01.pdf TWENGE, W. Keith & CAMPBELL, Jean M. La epidemia del narcisismo. Cristiandad. Madrid, 2018.
[6] BASSET, Jean Claude. El diálogo interreligioso. Desclé de Brower. Bilbao, 1999. DE LA TORRE, Francisco Javier. Derribar las fronteras: ética mundial y diálogo interreligioso. Universidad Pontificia de Comillas & Desclée de Brower. Madrid, Bilbao, 2004. HABERMAS, Jürgen. Conciencia moral y acción comunicativa. Península. Barcelona, 1985. DUPUIS, Jacques. Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso. Sal Terrae. Santander, 2000.
[7] Génesis 11: 8-9
[8] GESCHÉ, Adolph. El mal. Sígueme. Salamanca, 2010. CABALLERO CALDERÓN, Eduardo. El Cristo de espaldas. Biblioteca básica de cultura colombiana. Bogotá, 1964. SAFRANSKI, Rüdiger. El mal o el drama de la libertad. En https://www.ddooss.org/libros/safranski_rudiger.pdf CAMUS, Albert. El mito de Sísifo. Alianza. Madrid, 1996. ROUSSEAU, Jean Jacques. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad de los hombres. Alhambra. Madrid, 1985. SPENGLER, Oswald. La decadencia de Occidente. Espasa-Calpe. Madrid, 1976. NIETZSCHE, Friedrich. La voluntad de poder. Edaf. Madrid, 1981. FREUD, Sigmund. El malestar en la cultura y otros ensayos. Alianza. Madrid, 1978.
[9] THEISSEN, Gerd. El movimiento de Jesús: historia social de una revolución de los valores. Sígueme. Salamanca, 2005. TRIGO, Pedro. Jesús, nuestro hermano: acercamientos orgánicos y situados a Jesús de Nazaret. Sal Terrae. Santander, 2018. DUMAIS, M. El sermón de la montaña (Mateo 5-7). Verbo Divino. Estella, 1999. DUPONT, Jacques. El mensaje de las bienaventuranzas. Verbo Divino. Estella, 1990.
[10] Originalmente era una fiesta judía que conmemoraba los cincuenta días de la presencia de Dios en el monte Sinaí, en los tiempos de la larga peregrinación de las tribus hebreas por el desierto, camino hacia la tierra prometida. Era también una celebración de las cosechas, motivo de gratitud a Dios por la fecundidad de la tierra.
[11] Hechos 2: 1-4
[12] Hechos 2: 8-11
[13] ESTRADA, Juan Antonio. Para comprender cómo surgió la Iglesia. Verbo Divino. Estella, 1999. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL. La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia. Librería Editrice Vaticana, Roma, 2018. BUENO, Eloy. Sinodalidad: la Iglesia tiene nombre de sínodo. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria, sesión del 13 de marzo de 2018. GRUPO IBEROAMERICANO DE TEOLOGÍA. Sínodos y sinodalidad: curso on line gratuito. Boston College & Universidad Católica Andrés Bello. Boston, Caracas, 2020.
[14] McLUHAN, Marshall. La aldea global. Gedisa. Barcelona, 2002. STITGLITZ, Joseph. Malestar en la globalización. Taurus. Madrid, 2002. MARCHESI, J. & SOTELO, J. Etica, crecimiento y desarrollo humano. Trotta. Madrid, 2002. MARTIN, H. & SCHUMANN,H. La trampa de la globalización. Taurus. Madrid, 1998.
[15] Juan 20: 19-22
[16] 1 Corintios 12: 4-7
[17] 1 Corintios 12: 11
[18] CASTILLO, José María. Espiritualidad para insatisfechos. Trotta. Madrid, 2007.

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