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Junio 6: La cena pascual en Marcos

Marcos 12:16-36, domingo, junio 6 de 2021 Por: Luis Javier Palacio, SJ  De la cena pascual tenemos cuatro relatos en el Nuevo Testamento: Marcos, Mateo, Lucas y Pablo. El relato más antiguo es el de Pablo, que nos dice: “Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío. Asimismo también la copa después de cenar diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Co 11:23-26).  Esta sería la base de los relatos de los evangelios, con sus variaciones. Pablo y Lucas enfatizan más la memoria o recuerdo del hecho (anamnesis, es la palabra técnica) que estaría asociada a la Eucaristía en Antioquía, mientras que Marcos y Mateo enfatizan más la identidad del pan y el vino con el cuerpo y la sangre, que estarían asociadas con la Eucaristía en Jerusalén. Pablo y Lucas enfatizan la acción de gracias (Eucaristía, en griego) que será la palabra más usual para designar la reunión de los creyentes. Mateo y Marcos enfatizan la bendición, más cerca a la bendición judía de la mesa (eulogia, en griego y Berakah, en hebreo). El relato de Marcos presenta algunas particularidades importantes de resaltar: “Tomen, este es mi cuerpo”, “esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos”. No se menciona los pecados, una mención exclusiva de Mateo:  “Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26:28).  Pablo, sin embargo, aunque no asocia pecado (casi siempre habla de pecado en singular y rara vez en plural) a las palabras de la última cena, sí asocia la muerte y resurrección de Jesús con el pecado. “Jesucristo, el que murió por nosotros» (1 Tes 5:10); «Cristo murió por nuestros pecados” (1 Cor 15:3); “Cristo murió por los impíos” (Rom 5:6).
La preposición usada para expresar el “por” en Mateo tiene la forma más débil (peri, en griego), mientas que en Lucas, Marcos y Pablo se usa una preposición más fuerte (hyper, en griego). La preposición “por” (hyper) tiene en griego, como en español, tres sentidos diferentes. Un sentido de sustitución, “en lugar de”, que fue el que más utilizaron las teorías salvíficas en el pasado; un sentido causal, “a causa de”, como cuando alguien puede decir de su padre, madre u otras persona que se ha sacrificado por su bienestar; y, un sentido final o de atribución, “en beneficio”, como cuando decimos de una medicina que nos hemos curado por el uso de ella. El tercero es el más adecuado para hablar la Eucaristía que fue considerada por muchos padres de la iglesia como el remedio para el pecado. La traducción de “por” con el sentido de “en lugar de” condujo a una teología de la sustitución que la tradición que no ha podido superar. Da a entender que nuestros pecados habrían merecido para nosotros un castigo, y que Cristo habría sufrido ese castigo en lugar de nosotros. Vale la pena citar las palabras del profesor Joseph Ratzinger al respecto:  “Esta imagen es tan falsa como corriente: un Dios cuya inexorable justicia reclamaría un sacrificio humano, el de su propio Hijo. Horroriza una justicia divina cuya cólera barrería la credibilidad del mensaje del amor”.  Inconscientemente, funciona la figura del chivo expiatorio común a las religiones paganas y a la forma violenta de las relaciones humanas. Muestra un rostro de Dios poco abierto al perdón, pues no perdonaría ni a su propio Hijo, como si se cobrara en él una deuda. Un Dios vindicador o vengativo, que a menudo aparece incluso en cantos religiosos populares. El sentido de “por” tomado como “muerto por nosotros”, a la manera como un obrero de mina que muere de silicosis dice a sus hijos: “muero por ustedes”, nos hace los beneficiarios de la muerte de Jesús, es más cercano a morir por amor. Es el don total de Jesús que no puede ser aislado de todos los demás momentos de su vida. Si su muerte fue una “muerte por”, también su vida fue una “vida por”; una vida enteramente dirigida hacia los demás.Es la mejor y más corta definición de Jesús: “El hombre para los demás”. Es decir, la vida de Jesús más que ser pre-existente como en el evangelio de Juan, es pro-existente desde el comienzo.
El creyente está invitado seguir el mismo camino de Jesús y la Eucaristía lo invita a un sacrificio similar. Por eso dice Pablo a los romanos: “Los exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que se ofrezcan a ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será para ustedes el culto inmaterial” (Rm 12:1). A las palabras de la memoria (anámnesis) de la última cena puede responder el creyente con su propio cuerpo “toma, este es mi cuerpo” que se ofrece al cuerpo de Cristo que es la comunidad. Volviendo a citar al profesor Ratzinger, decía: “ No es que propiamente se reciba en la comunión el cuerpo de Cristo sino que se es recibido en él .” Se convierte en el mismo cuerpo que se sacrifica. Pablo nunca utiliza un término sacrificial o cultual para hablar de las celebraciones cristianas. En cambio se aplica el concepto a su propia vida en función de los demás: “Y aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros” (Fil 2:17).
La muerte de Jesús es tan singular que no puede ser juzgada con arreglo a otras muertes conocidas, pues no es un asesinato que nos mande buscar un asesino; una víctima que reclama un victimario; una injusticia que requiera buscar un abusador, y así por el estilo. De ahí que la mejor explicación es la de Juan de que Jesús muere por amor. Era la manera de mostrar que no era pensable un Dios mayor que el que da la vida por amor sacrificial (ágape). Como opinan algunos teólogos, la muerte de Jesús es la destrucción o superación de la noción de sacrificio de muchas religiones. Para otros la muerte en cruz es un anti-sacrificio si se lee con cuidado las Escrituras. Es lo que expresa el a veces confuso lenguaje judío de la carta a los hebreos. Mientras no superemos la imagen sacrificial, seguiremos repitiéndola en busca de chivos expiatorios y victimizaciones, como se ha hecho a lo largo de la historia. Es la perpetuación de la violencia[1]. Quizás en este punto nos puede dar una mano el judaísmo. Desde la destrucción del Templo, en el año 70, los judíos viven sin culto y sin sacrificios. Supieron espiritualizar ambos en el estudio de la Toráh, el cumplimiento de los mandamientos, la oración y los actos de caridad. Cuando afirmamos que Jesús vivió y murió “por nosotros”, es tanto “a causa de nosotros” y “en nuestro favor” como hay que entender esta expresión, más que “en lugar de nosotros”. No estaba errada la recomendación del Concilio Vaticano II cuando nos pide celebrar la Eucaristía frente a un resucitado más que frente a un crucifijo. Este poco lo usa el cristianismo ortodoxo y escasamente las iglesias de la Reforma. El sacrificio diario y personal de cada creyente expresa mejor el misterio pascual que las exageradas imágenes del crucificado en su agonía. Al fin y al cabo, hoy causamos más sufrimiento y por más tiempo a muchos que lo que haya sufrido Jesús. Pilato se asusta que haya muerto tan pronto (Mc 15:44): tres horas de sufrimiento, si calculamos desde los datos bíblicos. La resurrección, en cambio, debe ser el estado normal del crucificado y por supuesto de los creyentes. La cena pascual era el momento de mayor regocijo judío y por ello también el Vaticano II nos pide reemplazar el altar-tumba por la mesa eucarística. Con solo Marcos no lo hubiéramos entendido, necesitábamos de Juan.
 
[1] Hasta el Estado justifica su “violencia legítima” o “uso legítimo de las armas”. Quien se oponga es declarado terrorista y justificada la violencia en contra.

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