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Marzo 13: Este es mi hijo: escúchenlo

II Domingo de Cuaresma
Ciclo C – marzo 13 de 2022 Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ En aquel tiempo Jesús subió a un cerro para orar, acompañado de Pedro, Santiago y Juan. Mientras oraba, el aspecto de su cara cambió, y su ropa se volvió muy blanca y brillante; y aparecieron dos hombres conversando con él. Eran Moisés y Elías, que estaban rodeados de un resplandor glorioso y hablaban de la partida de Jesús de este mundo, que iba a tener lugar en Jerusalén. Aunque Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Cuando aquellos hombres se separaban ya de Jesús, Pedro le dijo: —Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pero Pedro no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube se posó sobre ellos, y al verse dentro de la nube tuvieron miedo. Entonces de la nube salió una voz, que dijo:
«Éste es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo.» Cuando se escuchó esa voz, Jesús quedó solo. Pero ellos mantuvieron esto en secreto, y en aquel tiempo a nadie dijeron nada de lo que habían visto. (Lucas 9, 28 -36).
 
1. Jesús subió a un cerro para orar, acompañado de Pedro, Santiago y Juan
El domingo pasado el Evangelio nos presentaba a Jesús solo, orando y venciendo las tentaciones en el desierto. Hoy lo encontramos nuevamente en oración, pero en una montaña con tres de sus discípulos. Esta montaña, de la que no se precisa el nombre en los evangelios, parece ser el monte Tabor, situado en la región de Galilea, al norte de Israel, y cuya cima alcanza los 588 metros sobre el nivel del mar.
La oración, tanto en la soledad del retiro personal como en compañía de otros cuando nos reunimos en comunidad, es necesaria para poder experimentar en nuestra vida la revelación de la presencia transformadora de Dios. En medio de las situaciones difíciles que tenemos que afrontar, Jesús nos enseña con su ejemplo a buscar espacios de oración en los cuales revivamos y experimentemos el sentido trascendente de nuestra existencia.
 
2. Mientras oraba, el aspecto de su cara cambió, y su ropa se volvió muy blanca y brillante
Jesús les había dicho a sus discípulos que lo iban condenar a muerte y que al tercer día resucitaría (Lucas 9, 22), anunciándoles así su sacrificio redentor y su misterio pascual. El anuncio de su pasión y muerte, así como la exhortación a tomar la cruz y estar dispuestos a entregar la vida a imitación suya (Lucas 9, 23), habían causado en sus primeros discípulos un efecto de desaliento. Especialmente en Simón Pedro, quien había manifestado su desacuerdo con aquel anuncio, y en Santiago y Juan, quienes tenían la ilusión de ser los preferidos en el futuro reino que su Maestro les había dicho que iba a establecer.
Jesús entonces se los lleva a la montaña. Según la tradición bíblica, era en los lugares altos donde solía manifestarse la gloria de Dios, tal como había sucedido en el monte Sinaí –también llamado Horeb–, primero cuando Moisés recibió en las tablas de la Ley los diez mandamientos, y varios siglos después cuando el profeta Elías, enviado por el mismo Dios para exhortar al pueblo de Israel a la conversión, es decir, a volver a Dios dejando a un lado la idolatría y la injusticia, estuvo orando durante cuarenta días en ese mismo monte. Ahora, en el Tabor, Jesús manifiesta su gloria para fortalecer a sus discípulos en la fe, haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección, e indicándoles simbólicamente que en Él se cumplía la promesa de un Mesías salvador que llevaría a cabo una nueva alianza entre Dios y la humanidad prefigurada en los textos bíblicos de la “Torá” o Ley que Dios había revelado a través de Moisés (contenida en los cinco primeros libros del Antiguo Testamento), y anunciada por los Profetas (a quienes representa Elías, que aparece en los libros I y II de los Reyes).
 
3. “Este es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo”
También nosotros necesitamos, cuando nos sentimos abrumados por el peso de la cruz que a cada cual le corresponde cargar, que el Señor se nos manifieste con su luz y nos dé con su Espíritu, simbolizado en la nube del relato, el ánimo que necesitamos para no desfallecer. Pero para ello debemos buscar espacios que nos hagan posible atender la voz de Dios Padre que nos dice mostrándonos a Jesús: Éste es mi Hijo (…), escúchenlo. Y escuchar a Jesús es estar atentos a sus enseñanzas, las que nos ofrece no sólo de palabra sino con hechos, para crecer en la fe, en la esperanza y en el amor a Dios realizado en el amor al prójimo.
En la primera lectura (Génesis 5, 12.17-18), se cuenta cómo “Abrán”, quien luego sería llamado “Abraham” (en hebreo “padre de multitudes”), le creyó al Señor que lo impulsaba a confiar en Él. Su historia es la de un hombre de fe que vivió en el siglo 19 a.C. y dio origen a las religiones monoteístas o que creen en un solo Dios: el judaísmo a partir de su hijo Isaac y su nieto Jacob, también llamado Israel –uno de cuyos hijos a su vez fue Judá–, el islamismo que se configuraría mucho después en el pueblo árabe o agareno proveniente de su otro hijo llamado Ismael, y el cristianismo que surgiría a partir del israelita Jesús de Nazaret, a quien nosotros reconocemos como Dios hecho hombre. Abraham sale de su patria en Ur de Caldea y emprende el camino hacia un futuro de bendición que Dios le promete para él y su descendencia tanto carnal (a través de Isaac, padre de Jacob también llamado Israel), como espiritual (todos los que crean y esperen en el único Dios).
El Salmo 27 (26) expresa esa esperanza: “El Señor es mi luz y mi salvación… Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida…”. Y el apóstol san Pablo, en la segunda lectura (Filipenses 3,20; 4,1), indica la razón de esta esperanza a la que nos invita la contemplación del misterio de la Transfiguración del Señor narrado en los evangelios “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso”. Ese modelo es precisamente el que les mostró a sus discípulos en el misterio de su Transfiguración –que es uno de los misterios “luminosos” del Santo Rosario–.
La invitación que nos hace Dios a un futuro de felicidad se actualiza cuando escuchamos a su Hijo Jesucristo. Y para responder positivamente, necesitamos disponernos a que el Señor nos conceda el don de la fe. Una fe que nos haga posible no sólo emprender sino seguir recorriendo con esperanza el camino del amor –amor a Dios realizado en el amor al prójimo– que Él mismo nos muestra para alcanzar la meta prometida de la felicidad eterna, participando de su resurrección gloriosa. Pidámosle, invocando la intercesión de María santísima, que nos fortalezca en la fe como a sus primeros discípulos. Así sea.

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