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Marzo 19: Yo soy la luz del mundo

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IV Domingo de Cuaresma

Ciclo A – Marzo 19 de 2023

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ
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Al pasar Jesús vio a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino que nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista, y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «no es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo». Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No sé». Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle:«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta». Pero los judíos no creyeron que aquel hombre había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es éste su hijo, de quien dicen ustedes que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Pregúntenselo a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, pregúntenselo a él». Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo». Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo? ¿cómo te abrió los ojos?» Les contestó: «Lo he dicho ya, y no me han hecho caso; ¿para qué quieren oírlo otra vez?; ¿también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene». Replicó él: «Pues eso es lo raro: que ustedes no saben de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: «creo, Señor». Y se postró ante él. Jesús añadió: «Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si ustedes estuvieran ciegos, no tendrías pecado, pero como dicen que ven, su pecado persiste». (Juan 9, 1-41).

1.- Dios se nos revela en Jesucristo, “luz del mundo” 

El contraste entre la oscuridad y la luz es frecuente en la Biblia. En el Génesis, el primer acto creador de Dios es hágase la luz. En el Éxodo, Dios ilumina con una columna de fuego al pueblo caminante en las noches del desierto. En el Salmo 23 (22), que recitamos hoy, se dice: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. Los profetas emplean el signo de la luz para referirse al Mesías prometido. Los libros sapienciales se refieren a la Sabiduría como la luz que vence las tinieblas de la ignorancia. La luz que hace posible una nueva creación es uno de los temas centrales del Evangelio según san Juan: En el principio existía la Palabra (…), luz verdadera que ilumina a todo hombre (…). Y la Palabra se hizo carne (…) y hemos visto su gloria (1, 1-14).

La curación del ciego de nacimiento sucede en la fiesta de las tiendas, que se celebraba cada año durante una semana en Jerusalén. Los judíos levantaban carpas, encendían antorchas y velaban con cantos y danzas, agradeciendo a Dios los frutos de las primeras cosechas anuales. En el marco de esta fiesta, Jesús ya había exclamado ante la gente que se agolpaba en la entrada del Templo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 8, 12)”. Ahora les dice a sus discípulos “yo soy la luz del mundo”, indicándoles que lo es mientras está en el mundo, es decir, en su vida terrena, cuando se dispone a sanar al ciego; pero esta sanación es, en su sentido más pleno, un anuncio de la iluminación que Él mismo obraría en todos los que íbamos a creer en Él después de su resurrección.

2.- Jesús nos ilumina para que reconozcamos desde la fe su acción salvadora

La pregunta de los discípulos sobre si fueron los padres del ciego quienes pecaron para que éste naciera invidente, o el ciego mismo quien pecó para quedar así, corresponde a la creencia en que toda enfermedad o todo defecto de los seres humanos eran consecuencia de las culpas de sus padres o de la misma persona. Jesús supera esta mentalidad con su respuesta: “nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios”.

También en nosotros, cualquiera que sea nuestra condición, el Señor quiere realizar su obra iluminadora. El relato de la primera lectura sobre la elección de David como rey de Israel 10 siglos a. C. (Samuel 16, 1b.6- 7.10-13a), nos enseña que Dios ve más allá de las apariencias: “mira el corazón”. Es la forma de ver que Dios nos hace posible si reconocemos nuestra necesidad de ser sanados de nuestra ceguera espiritual. El ciego de nacimiento reconoce esta necesidad y responde con un acto de fe, a la pregunta: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre? Los fariseos, en cambio, se niegan a reconocer no sólo la acción sanadora realizada por Jesús, sino también la necesidad que ellos mismos tienen de ser iluminados por Él. Por eso, al final Jesús les dice que, aunque no están ciegos físicamente, su pecado consiste en la soberbia que les impide reconocer esa necesidad.

3.- Jesús nos invita a vivir el bautismo como sacramento de la iluminación

En la curación del ciego se conjugan el agua y la luz como signos de una nueva creación: Jesús humedece un puñado de tierra, se lo unta al ciego en los ojos y le dice que vaya a lavarse en las aguas del Enviado (Siloé). Es clara aquí la relación con el bautismo, al que los primeros cristianos llamaron “sacramento de la iluminación”. En la segunda lectura (Efesios 5, 8-14), Pablo les recuerda a los cristianos de Éfeso lo que habían sido antes de su bautismo y lo que eran llamados a ser a partir de él: “En otro tiempo ustedes eran tinieblas y ahora son luz en el Señor. Caminen como hijos de la luz, cuyos frutos son la bondad, la rectitud y la verdad”.

En esta Cuaresma el Señor nos invita a revisar cómo vivimos nuestro bautismo, que es no un simple rito tradicional para recibir un nombre, sino un llamamiento a vivir como hijos de Dios procurando realizar esos valores en los cuales se resume toda la ética cristiana: el amor que supera las tinieblas del egoísmo para buscar el bien de todos, obrando con rectitud y con sinceridad. Hoy, al recordar a san José, modelo del hombre creyente, pidámosle que nos alcance de Jesús el don de la fe en su acción iluminadora. Así sea.

 

Preguntas para la reflexión:

  1. ¿Cómo podría resumir en una breve frase el mensaje que me trae hoy la Palabra de Dios?
  2. ¿Cómo puedo aplicar a mi vida el relato del Evangelio de hoy, teniendo en cuenta lo que dicen de Jesús, el que ha sido sanado de su ceguera y los fariseos que lo interrogan?
  3. ¿A qué siento que me invita el Señor a través de este relato del Evangelio, en el contexto de la situación social que estamos viviendo?

 

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