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Marzo 20: Conversión es el llamado clave

Lucas 13:1-9, domingo, marzo 20 de 2022 Por: Luis Javier Palacio, SJ  Ante cualquier tipo de desgracia, es común –y quizás como mecanismo sicológico automático– pensar en que la hemos provocado por algún error, mala suerte, castigo o por maldad de otros. Darle un sentido distinto y, por tanto, también reaccionar de manera distinta supone un cambio de mentalidad. Ese cambio es lo que expresa la palabra conversión (metanoia). Las 24 veces que aparece en el Nuevo Testamento, fue traducida por penitencia en la versión latina de la Biblia (Vulgata), quedando reducida a una ascética corporal. Lo que se busca es la conversión, con penitencia o sin ella. Quizás sea más exigente la conversión que la mera penitencia y por tanto es posible convertirse sin recurrir a la penitencia. Con la exaltación actual de la autonomía, disposición libre de sí mismo, creatividad con iniciativa propia y otros valores contemporáneos, la conversión parecería superflua, innecesaria, despersonalizadora. El mandato de Jesús: «Conviértanse porque el reino de Dios está cerca» (Mc 1:15), no implica necesariamente que lo que hagamos sea malo, despreciable o negativo sino que no debemos estancarnos allí. Conversión es vuelta permanente a Dios en el judaísmo y en cristianismo es volverse a donde Dios está vivo: el prójimo. Siempre hay espacio para mejorar nuestro aporte a la construcción del reinado de Dios. Conversión implica avanzar en un proyecto siempre inacabado. Es ir de mal a bien (en algunos casos), de bien a mejor y de mejor a óptimo sin agotar el camino. El yo –valorado en nuestra cultura Occidental– enriquecido por la filosofía, el derecho, la sicología y la siquiatría sin la conversión a los demás termina en el narcicismo de poseer personas y cosas sólo para la propia ventaja; en arruinar su vida –en sentido evangélico– y la de los demás. Precisamente el concepto de persona, que en Occidente terminó sinónimo de individuo, es más bien sinónimo de comunión y se acuñó para definir la Trinidad. Tres son unidad, no uno, como expresaba Tertuliano.
En el plano humano hablamos de adulto (en contraste con infante o adolescente) cuando se es capaz de reconocer los derechos del prójimo y hacer respetar los propios. El yo se reconoce con madurez frente a un tú que es mi prójimo. Un sacerdote obrero oraba: “Señor, hazme conocer la verdadera intimidad del otro, aquella tierra inexplorada que es Dios en nosotros”. Dietrich Bonhoeffer definía a Jesús en términos de relación como “el hombre para los demás” con gran profundidad teológica y bíblica. El pueblo judío fue continuamente llamado a la conversión por medio de los profetas. Las personas y grupos sintieron la distancia que les faltaba por recorrer para ser un pueblo según el querer de Yahvéh. En general, entendieron la conversión como volver al camino perdido por el influjo de costumbres poco apropiadas de otros pueblos. El Nuevo Testamento propone la conversión (metanoia) como cambio del modo de pensar y de obrar; comunión con Dios y los demás, no como individualidad. La conversión en el Bautista aún tiene sabor a Antiguo Testamento pues se trata de evitar el juicio o la ira de Dios. En contraste, para Jesús, la conversión es necesaria no para evitar el juicio de Dios sino para que llegue su reinado. Las figuras de la radicalidad de tal conversión son el nuevo nacimiento, hacerse como niño, hombre nuevo, renacer, cambio de perspectiva, hacer todo nuevo y otras expresiones más. El apóstol Pablo lo sintetiza en el adverbio “ser en Cristo” que en términos de experiencia pascual es pasar de la condición humana a la de resucitados según el Espíritu. El móvil de la conversión no es la amenaza de un castigo (ya el pecador se castiga a sí mismo con su desarreglo) sino la fascinación por el reinado de Dios en la propia vida y en la de los demás.
La invitación a la conversión se dirige a todos: a los publicanos, prostitutas, fariseos, ricos, hombres buenos porque todos pueden hacer más por el reinado de Dios. Una conversión que se puede empezar en un instante pero que debe durar toda la vida. Todos los sacramentos son mojones en ese camino que nos indican que no hemos llegado aún a donde Dios nos quiere. El apóstol Pablo nos da una pista en la carta a los gálatas del ideal hacia el que tiende la conversión: «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mí» (Gal 2:20). En la historia de la espiritualidad cristiana, desde los monjes del desierto, se ha buscado trazar un “mapa de ruta” para el camino de conversión. El más conocido es el de la vía purgativa, iluminativa y unitiva que hoy presenta cierto desgaste. La versión Ortodoxa (parte de Máximo el Confesor) habla de la vía de la virtud, la contemplación de la naturaleza y el camino de la teología (no como ciencia especulativa sino como contemplación de Dios). Tiene la ventaja de una mirada más optimista del ser humano y sus pasiones e igualmente de la naturaleza o creación. Las pasiones han de ser purificadas no erradicadas, deben enfocarse positiva no egativamente. No se trata de suprimirlas sino de transfigurarlas. En la contemplación de la naturaleza se busca llegar a que todas las cosas sean teofanía (manifestación de Dios[1]); todo el universo como “arbusto en llamas lleno de fuego divino que no se consume” (experiencia de Moisés). El verdadero misticismo es descubrir lo extraordinario en lo ordinario; es ver todas las cosas, personas y momentos como signos sacramentales de Dios.
Para buscar este tipo de conversión no hay necesidad de alejarse del mundo, aislarse de los demás humanos y sumergirse en una especie de mundo místico, especial, fuera del presente. Por el contrario, la encarnación nos dice que Dios no actúa sino a través de los humanos. Volverse a la manera de Jesús es el “mapa de ruta” de la conversión. El llamado del Evangelio de hoy: «Si no os convertís, todos pereceréis igualmente» no solamente se aplica a la persona que destruye su vida y la de los demás sino a todos los que somos responsables de cuidar “la casa común”. La encíclica Laudato si´ nos amplía el campo de la conversión cuando nos invita a la “conversión ecológica”, a examinar nuestros “pecados ecológicos”. Un tema no desligado de la conversión cristiana y que hoy se ve como inherente a ella. Dice en el numeral 217: “Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana”. Hoy, el “mapa de ruta” de la conversión se nos amplía a nivel planetario y de toda la humanidad.
En el afán proselitista solemos entender la conversión como adherir a la religión de quien predica, pero ese no es el concepto en el Nuevo Testamento. No se pedía a los judíos que abandonaran su religión sino que cambiaran de vida, al igual que a los discípulos. Luego de la encarnación, la conversión nos exige volvernos permanentemente, durante toda la vida, hacia donde Dios está vivo: el ser humano. Un buen ejemplo de conversión lo tenemos en el apóstol Pablo, cuyo cambio es narrado tres veces en los Hechos de los Apóstoles. Su conversión no es exclusiva suya sino la posibilidad de todo el que se abre a la acción del Resucitado. El Resucitado vuelve a Pablo un crucificado en función de los gentiles. « Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, (Col 1:24). Si sobre enfatizamos la penitencia (secundaria) corremos el riesgo de devaluar la conversión o cambio de mentalidad (primaria) e, incluso, buscar la auto-perfección egoísta.
 
[1] Teilhard de Chardin afirma que el gran misterio del cristianismo no es exactamente la aparición sino la transparencia de Dios en el universo.

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