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Marzo 26: “Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes”.

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Comunitas Matutina 26 de marzo 2023
V Domingo de Cuaresma – Ciclo A

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

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Lecturas:

  1. Ezequiel 37:12-14
  2. Salmo 129: 1-8
  3. Romanos: 8: 8-11
  4. Juan 11: 1-45

“Señora muerte que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa! Solos en un rincón vamos quedando”, [1] expresión de esta inevitable condición humana que a todos nos iguala, donde no hay escalafones de muertes superiores, de muertes inferiores, porque en esta realidad nos encontramos ante el dramatismo mayor de la existencia, donde surgen, o bien el escepticismo radical, o bien la esperanza suprema de una Vida que se impone como garantía de sentido.

La vida de los seres humanos es una gran paradoja, nos sabemos limitados y finitos[2] pero con el máximo deseo de vivir siempre y de permanecer más allá de estas fronteras de la precariedad. Son incontables las evidencias de esta realidad. Cada uno desde su propio relato vital puede dar cuenta de ellas: pequeñas y grandes muertes de cada día, abandonos y soledades, fracasos y vacíos; también plenitudes y amores profundos, felicidades y gozosas celebraciones del buen vivir. El tránsito del ser humano es constante tensión de muerte y vida, de oscuridad y luz, de vacío y esperanza.

Tres días antes de su muerte, el 31 de diciembre de 1936, Miguel de Unamuno[3], el conocido pensador y poeta español, escribió esta canción:

Morir soñando, sí; mas si se sueña

morir, la muerte es sueño; una ventana

hacia el vacío; no soñar; nirvana;

del tiempo al fin la eternidad se adueña.

Vivir el día de hoy bajo la enseña

Del ayer deshaciéndose en mañana;

Vivir encadenado a la desgana,

¿Es acaso vivir? ¿Y esto qué enseña?

¿Soñar la muerte no es matar el sueño?

¿Vivir el sueño no es matar la vida?

A qué poner en ello tanto empeño,

Aprender lo que al punto al fin se olvida,

escudriñando el implacable ceño

– cielo desierto – del eterno Dueño?

(28 de diciembre de 1936, Día de Inocentes)[4]

Unamuno es el pensador del sentimiento trágico de la vida, creyente y agnóstico al mismo tiempo, apasionado por Dios pero también de extrema honestidad que lo lleva a no aceptar el discurso religioso convencional, y a recoger en su pensamiento las exigentes preguntas de muchos con respecto a Dios y al sentido de la vida que en Él se origina.[5] Su postura ante la muerte es de dolorosa honradez, como lo deja ver el poema que hemos referido aquí. Con Unamuno nos ponemos de acuerdo: somos seres para la muerte, pero también para la Vida.

Ezequiel – de cuyo texto tenemos la primera lectura – es el profeta del exilio, ejerció su ministerio con los desterrados de Babilonia entre los años 593 y 571 antes de Cristo. Conocemos por la historia la durísima prueba que sufrió el pueblo de Israel cuando fueron invadidos por el imperio de Babilonia, conquistados y desposeídos de su tierra y de su libertad, de los símbolos que constituían su identidad. El profeta se duele por la suerte de su gente, expuestos a morir lejos de su patria, pero, en nombre de su fidelidad a Yahvé, sello que define su misión, se presenta también como testigo de la esperanza que se origina en Él: “Por eso profetiza y diles: Voy a abrir sus tumbas, los sacaré de ellas, pueblo mío, y los llevaré de nuevo al suelo de Israel”. [6] El liderazgo profético de Ezequiel es una apasionada convocatoria a la vida que viene de Dios en medio de una cultura de la muerte. [7]

En el Antiguo Testamento, en general, no había una esperanza de inmortalidad, esta se colmaba con las bendiciones “materiales” que para ellos eran clarísimas muestra del favor de Dios: descendencia abundante, larga vida, tierra donde asentarse, existencia digna, justicia para todos. Los antiguos israelitas veían en su familia, en sus hijos numerosos, en la fecundidad de la tierra, en la abundancia de sus ganados, en la mesa bien servida, la abundancia de los dones divinos. Esto era lo que ellos entendían y vivían como salvación. De ahí comprendemos que, en la larga y difícil travesía por el desierto, el anhelo era llegar a la tierra prometida, un territorio de verdad donde ellos podrían asentarse y experimentar la salvación ofrecida por Dios.

La evolución hacia la expectativa de vida eterna se concreta en los últimos libros del Antiguo Testamento, como Sabiduría, Macabeos, Daniel. Esta conciencia surge con la doctrina bíblica de la retribución: ¿cómo premia Dios a los justos? Vienen aquí las más densas preguntas por el misterio del mal, por las tragedias que aquejan a los inocentes, por la justificación de la existencia, por el misterio de la muerte.[8]

Mientras tanto, la ilusión de todo buen israelita, justo y creyente, es la de acoger los dones materiales con los que Yahvé expresa su complacencia por este buen vivir. Lo asume el profeta diciendo: “Infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán; los estableceré en su suelo, y sabrán que yo, Yahvé, lo digo y lo hago – oráculo de Yahvé –”. [9]

Estas consideraciones nos ayudan a situarnos en las legítimas aspiraciones de la humanidad, lo que nos ocupa y preocupa en la vida cotidiana, que nuestra existencia valga la pena, que lo nuestro no sea una sucesión de frustraciones y vacíos, que nuestra dignidad se encarne en condiciones concretas que la hagan viable, que el ser humano acceda a todo aquello que lo promueve y acredita en su valor intrínseco. Esta es la utopía que impulsa la historia, que se vive con tropiezos, los que nosotros mismos ponemos para que otros no sean felices. También surgen interrogantes dramáticos: ¿cómo anunciar la vida de Dios a quienes son desposeídos de sus condiciones de dignidad y fracturados en sus posibilidades de esperanza? ¿Cómo hablar de vida y bendición en aquellos ámbitos donde campean la muerte y el desencanto? Sabemos bien que la salvación cristiana es liberación integral, plenitud humana en la historia y trascendencia definitiva en la vitalidad inagotable de Dios,[10] pero se impone una gran seriedad existencial para no improvisar retóricas que resuenan como burlas ante el dolor de los afectados.

En estudios sobre salud mental se dice que la depresión y el suicidio son muy frecuentes en los países más desarrollados del mundo, donde no hay pobreza, donde las necesidades materiales son 100 % satisfechas.[11] Y que en los países considerados del Tercer Mundo son plenamente vigentes las luchas por el sentido de la vida, la pasión por la justicia, la búsqueda incesante de la equidad y el bienestar. Pero, ni lo uno ni lo otro se pueden convertir en un tranquilizante que lleve a minimizar el esfuerzo permanente de hallar las más potentes razones para vivir con esperanza y con significado trascendente. En esta cultura de muerte y de sin sentido hay que volver el rostro hacia la garantía de vida que Dios comunica a la humanidad en su hijo Jesucristo, no son consideraciones piadosas, es la más potente oferta de significado trascendente que se nos presenta. Es la cultura de la vida, el paso de la oscuridad de la muerte a la plenitud. [12]

La vida en el Espíritu nos saca de la muerte que causan el egoísmo estéril, la injusticia, el pecado, la falta de solidaridad, el dar la espalda a Dios: “Así que los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas ustedes no viven según la carne, sino según el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes”.[13] En la concepción paulina “vivir según la carne” es vivir en el pecado, en el rechazo del amor de Dios y del prójimo. Es el mundo de la muerte, negación del amor definitivo, rechazo de la vitalidad que proviene del Padre y de la relación solidaria con el prójimo.

Con estos antecedentes, nos ponemos en el contexto del relato de Juan, la resurrección de Lázaro,[14] el último de los siete signos que articulan este cuarto evangelio.[15] En todos ellos el evangelista afirma a Jesús como Señor de la vida, antes de enfrentarse al dramatismo de la cruz y de la muerte. Siguiendo la teología del cuarto evangelio, en Jesús el ser humano es asumido para pasar de la muerte a la vida. Los judíos observantes, que no aceptaban a Jesús, sienten que el gesto de devolver a Lázaro a la vida y el entusiasmo de la gente que empieza a creer más y más en él, son una provocación para sus ortodoxas convicciones y prácticas religiosas. Con esto, tienen todos los argumentos para juzgarlo como blasfemo y someterlo al juicio y a la condenación.

Este relato es un testimonio creyente de señalada solidez para aseverar lo mismo que dice Jesús a Marta, la hermana del fallecido Lázaro: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?”. [16] La afirmación estructura todo el evangelio de Juan y la línea programática de esta narración teologal-pascual se formula así: “En verdad, en verdad les digo que llega la hora (ya estamos en ella) en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán”. [17]

Lázaro somos nosotros limitados por la muerte y por todas las demás contingencias humanas. Sus hermanas son la nueva comunidad que se va a beneficiar de la vitalidad de Dios, nosotros también estamos ahí. Él no viene a prolongar la vida física sino a comunicar la vida de Dios. El que asume ser como él queda definitivamente involucrado en esa vida nueva. La muerte no es el trágico fin de la condición humana, es lo que Jesús quiere demostrar a Marta y a nosotros.

Al quitar la losa desaparece simbólicamente la frontera entre los vivos y los muertos: “Dijo Jesús: quiten la piedra. Marta, la hermana del muerto, le advirtió: Señor, ya huele, es el cuarto día. Replicó Jesús: no te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”. [18] La vida de Jesús es la vida misma de Dios. El ser humano que no nace a la nueva vida permanece atado de pies y manos, por eso él lo “desata”: “Dicho esto, gritó con fuerte voz: Lázaro, sal afuera! El muerto salió, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dijo: desátenlo y déjenlo andar”. [19]

Salir de la tumba, como Lázaro, es dejar atrás todo lo que deshumaniza y mata, todo lo pecaminoso. Salir de los lugares de muerte para hacer el tránsito pascual a la Vida incontenible que viene con Jesús.[20]

El camino cuaresmal es una peregrinación hacia la Vida. Llama la atención que la Iglesia, muy inteligentemente, ha puesto en estos cinco domingos de cuaresma, unos relatos evangélicos que tienen este común denominador: dejarnos tomar por la gratuidad de Dios que erradica de nuestro ser todos los indicios de muerte y oscuridad, el pecado, las afecciones desordenadas, la injusticia, el miedo, la desconfianza. Jesús es el horizonte pascual, en el que Dios se nos presenta como el garante de nuestra esperanza.

 

[1] DE GREIFF, León. Poema “Señora muerte”, en ECHAVARRÍA, Rogelio. Antología de la poesía colombiana. Ancora Editores. Bogotá, 1997; páginas 277-278.

[2] RICOEUR, Paul. Finitud y culpabilidad. Trotta. Madrid, 2011. SARTRE, Jean Paul. El ser y la nada. Losada. Buenos Aires, 2005. MELICH, J.C. Filosofía de la finitud. Herder. Barcelona, 2002. FRANKL, Viktor. Logoterapia y análisis existencial. Herder. Barcelona, 1994. RIVARA, Greta. Apropiación de la finitud: Heidegger y el ser para la muerte. En https://www.scielo.org.mx/pdf/enclav/v4n8/v4n8a4.pdf HEIDEGGER, Martin. El ser y el tiempo. Fondo de Cultura Económica. México D.F., 2007. THOMAS,L.V. Antropología de la muerte. Fondo de Cultura Económica. México D.F., 1983. SELLÉS, Juan Fernando. La experiencia de los límites: el dolor y la finitud temporal. En Revista Persona y Bioética, volumen XX, número 2, páginas 159-174. Universidad de La Sabana. Chía, 2016. HORCAJADA NÚÑEZ, Manuel Ramón. Significado de la finitud temporal de la existencia en relación a la pregunta por el sentido en el personalismo. Tesis de grado para optar al título de doctor en filosofía. Universidad Complutense de Madrid, 2010. LAÍN ENTRALGO, Pedro. Antropología de la esperanza. Labor. Barcelona, 1978. LEPP, Ignacio. Psicoanálisis de la muerte. Carlos Lohlé. Buenos Aires, 1967.

[3] Bilbao 29 de septiembre de 1864; Salamanca, 31 de diciembre de 1936.

[4] En MAÍCAS GRACÍA-ASENJO; Pilar & SORIANO VILLAMIL, María Enriqueta. Hombre y Dios: cien años de poesía europea, siglo XX. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2001; página 60.

[5] Ver especialmente sus obras Del sentimiento trágico de la vida (1912) y La agonía del cristianismo (1935). GONZÁLEZ EGIDO, Luciano. Agonizar en Salamanca: julio a diciembre 1936. Tusquets. Barcelona, 2006. GARRIDO ARDILA, Juan Antonio. El Unamuno eterno. Anthropos. Barcelona, 2015.

[6] Ezequiel 37: 12

[7] SAVOCA, Gaetano. El libro de Ezequiel. Herder. Barcelona, 1992. ASURMENDI RUIZ, Jesús. Ezequiel en FARMER, William R. Comentario Bíblico Internacional. Verbo Divino. Estella, 2000; páginas 959-989. MONLOUBOU, L. Un sacerdote se vuelve profeta: Ezequiel. Fax. Madrid, 1973.

[8] MUÑOZ LEÓN, Domingo. La escatología del Antiguo Testamento y el testimonio acerca del más allá: vida eterna, resurrección de los muertos e inmortalidad. En Revista Teología y Catequesis número 130, páginas 81-122. Universidad San Dámaso. Madrid, 2014. NOEMI C., Juan. Vida y muerte: una reflexión teológica fundamental. En Revista Teología y Vida volumen XLVIII, páginas 41-55. Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago, 2007. TAMAYO ACOSTA, Juan José. Para comprender la escatología cristiana. Verbo Divino. Estella, 1993. GROSS, H. Escatología del Antiguo Testamento y del judaísmo tardío. En Mysterium Salutis vol V, páginas 665-685. Cristiandad. Madrid, 1984. MOLTMANN, Jürgen. Teología de la Esperanza. Sígueme. Salamanca, 2010. HAAG, Herbert. Retribución. En Idem. Diccionario de la Biblia. Herder. Barcelona, 1968; páginas 1702-1708.

[9] Ezequiel 37: 14

[10] GUTIERREZ MERINO, Gustavo. El Dios de la vida. Sígueme. Salamanca, 1994. FLORIO, Lucio. Teología de la vida en el contexto de la evolución y la ecología. Agape Libros. Buenos Aires, 2015. PAPA FRANCISCO. Carta Encíclica Laudato Si sobre el Cuidado de la Casa Común. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, junio 2015.

[11] SAPIENS LABS. Estado mental del mundo 2021. Sapiens Labs. New York, 2021. PALOMO, Verónica. La perfección nórdica es mentira: soledad, alcohol, antidepresivos. En https://www.elpais.com/elpais/2017/05/24/fotorrelato/1495615590_126816.html BBC News Mundo. Por qué los países nórdicos no son tan felices como pensamos. En https://www.bbc.com/mundo/noticias-45313274 ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD OMS. Informe mundial sobre salud mental: transformar la salud mental para todos. Panorama General. OMS. Ginebra, 2022.

[12] MARTÍN DESCALZO, José Luis. Razones para la esperanza: testimonio existencial de la vida cristiana en nuestra época. Sociedad de Educación Atenas. Madrid, 1991. ESTRADA, Juan Antonio. El sentido y el sinsentido de la vida. Trotta. Madrid, 2017. GESCHÉ, Adolphe. El sentido. (Volumen VII de la colección Dios para pensar). Sígueme. Salamanca, 2004.

[13] Romanos 8: 8

[14] Juan 11: 1-44

[15] El agua convertida en vino (Juan 2: 1-12); la curación del hijo de un funcionario real (Juan 4: 46-54); la curación de un enfermo en la piscina de Betesda (Juan 5: 1-18); la multiplicación de los panes y los peces (Juan 6: 1-15); Jesús camina sobre el agua (Juan 6: 16-21); la curación del ciego de nacimiento (Juan 9: 1-40).

[16] Juan 11: 25-26

[17] Juan 5: 25

[18] Juan 11: 39-40

[19] Juan 11: 43-44

[20] TORRES QUEIRUGA, Andrés.. Repensar la resurrección. Trotta. Madrid, 2006. PAPA JUAN PABLO II. Jesús, modelo de la transformación salvífica del hombre. Mensaje en la Audiencia General del 17 de agosto de 1988. GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. La humanidad nueva. Ensayo de Cristología. Sal Terrae. Santander, 2016. PIKAZA, Xabier. Este es el hombre : Manual de Cristología. Secretariado Trinitario. Salamanca, 1997. SABUGAL, Santos. La resurrección de Lázaro. En https://www.agustinosvalladolid.es/estudio/investigacio/estudioagustiniano/estudiofondos/estudio1989/estudio_1989_1_02.pdf

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