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Mayo 14: “Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la Verdad, para que esté siempre con ustedes. Los que son del mundo no lo pueden recibir, porque no lo ven ni lo conocen, (…)»

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Comunitas Matutina 14 de mayo de 2023

VI Domingo de Pascua 

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

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Lecturas

  1. Hechos 8: 5 – 17
  2. Salmo 66: 1 – 20
  3. 1 Pedro 3: 15 – 18
  4. Juan 14: 15 – 21

La historia de la humanidad abunda en penosos hechos de discriminación y exclusión, motivos económicos, raciales, sociales y religiosos hacen parte de esta tendencia humana a dividir. Mientras las declaraciones institucionales públicas, las constituciones de los países y otras realidades formales proclaman la igualdad, los hechos de la vida real desvirtúan esto que pertenece al elemental sentido común de lo humano. Todos somos iguales, poseemos la misma dignidad – decimos con sensatez – pero son muchos los que se empeñan en negarlo con su mentalidad y con sus conductas.[1] A finales de 2020 el Papa Francisco nos sorprendió gratamente con su encíclica “Fratelli Tutti sobre la Amistad y la Fraternidad Social”, en la que consigna su pensamiento y enseñanza a propósito de lo que él denomina la cultura del encuentro, un gran movimiento de conversión individual y social para contrarrestar las consecuencias negativas de las divisiones, enfrentamientos, guerras, polarizaciones, y demás realidades que destruyen la convivencia pacífica entre nosotros.

Los odios ancestrales, dramáticas narrativas de acoso y persecución, la abominable segregación racial contra los afrodescendientes en Estados Unidos y en Sudáfrica, la discriminación en sus diversas formas, la saña criminal del régimen de Adolfo Hitler contra los judíos, el brutal genocidio en Ruanda en 1994, lo que sucede en Colombia cuando tradicionalmente la mayoría de gobiernos y gobernantes se han dedicado a favorecer los intereses de las clases pudientes, sin una política seria de inclusión social y reivindicación de las comunidades marginales. Aplica en estos casos la expresión homo homini lupus, creada por el comediógrafo latino Plauto,[2]el hombre es lobo para el hombre”, cuando este se empeña en hacer el mal a sus semejantes. Fue popularizada por el pensador inglés Thomas Hobbes[3], en el siglo XVII.

En todos estos hechos hay una indiscutible ausencia de espíritu, de ánimo para emprender la tarea de la justicia y de la solidaridad, prima una conciencia errada sobre el valor de cada ser humano y de cada grupo social. Sigue vigente un ancestral complejo de superioridad, causa de tantas depredaciones de la dignidad humana.[4] ¿Qué decir de todo esto en continentes y países donde ha predominado el cristianismo con su discurso del amor y de la fraternidad?

Los obispos de América Latina, reunidos en su segunda asamblea general en Medellín entre agosto y septiembre de 1968, acuñaron la categoría de pecado estructural, violencia institucionalizada, para referirse a los desequilibrios del continente: “Si el cristiano cree en la fecundidad de la paz para llegar a la justicia, cree también que la justicia es una condición ineludible para la paz. No deja de ver que América Latina se encuentra, en muchas partes, en una situación de injusticia que puede llamarse de violencia institucionalizada cuando, por defecto de las estructuras de la empresa industrial y agrícola, de la economía nacional e internacional, de la vida cultural y política, “poblaciones enteras faltas de lo necesario, viven en una tal dependencia que les impide toda iniciativa y responsabilidad, lo mismo que toda posibilidad de promoción cultural y de participación en la vida social y política”, violándose así derechos fundamentales”. [5]

Tal discriminación ha sido determinada por personas “civilizadas”; un modo de pensar, una visión de la vida, un modus operandi, cimentado en la exclusión, en la abusiva dominación de unos sobre otros, argumentando razones aparentemente valederas. Es la enfermedad del poder, una de las grandes perversiones humanas. En la “normalidad” de la vida cotidiana, hay posturas de tipo racista y clasista, deformación de las conciencias, institucionalización de la injusticia, desprecio por el prójimo, fabricación de mapas mentales que justifican la desigualdad y dan pie para estructurar formalmente la marginalidad social, muy a menudo convertida en razón de estado.[6]

¿A qué viene todo esto? En la primera lectura de hoy, de Hechos de los Apóstoles, se trae a la memoria el odio furibundo de los judíos hacia los samaritanos, caso típico que sirve de ejemplo al patológico acontecer de la exclusión. Los consideraban herejes y extranjeros porque, aunque adoraban al único Dios, se negaban a rendir culto en Jerusalén. Lo narrado en 2 Reyes 17: 24-41 expresa nítidamente esta situación que se tornó “normal”, el eterno conflicto de las diferencias religiosas que no se toman como factor de comunión sino de pugna por lo que se considera “verdad”. Los samaritanos pagaban a los judíos con la misma moneda, pues los habían hostigado en los períodos de su poderío y les habían destruido su templo en el monte Garizim.

Por bendición de Dios, en el relato hay algo sorprendente, de clara naturaleza pascual, es el motivo de esta amplia introducción: “Pero los que tuvieron que salir de Jerusalén anunciaban la buena noticia por donde quiera que iban. Felipe, uno de ellos, se dirigió a la principal ciudad de Samaria y comenzó a hablarles de Cristo. La gente se reunía y todos escuchaban con atención lo que decía Felipe, pues veían las señales milagrosas hechas por él. Muchas personas que tenían espíritus impuros eran sanadas y los espíritus salían de ellas gritando; y también muchos paralíticos y tullidos eran sanados. Por esta causa hubo gran alegría en aquel pueblo”. [7]

El Espíritu de Dios cambia el desorden del pecado de exclusión, promueve la cultura del encuentro y del diálogo, extirpa asperezas y prejuicios, establece un nuevo orden de vida, es la presencia del Resucitado animando una fraterna acción apostólica entre judíos y samaritanos, dejando atrás el viejo mundo de la segregación. Sorprende encontrar a Felipe predicando entre ellos, en su propia capital, con tanto éxito como sugiere el pasaje que leemos hoy, hasta concluir con el hermoso final de la ciudad samaritana llena de alegría por el anuncio de la Buena Noticia de Jesús.

Por hechos como este valoramos la capacidad que tiene el cristianismo de modificar el corazón de los seres humanos, cuando estos libremente acogen el mensaje y se disponen a vivir coherentemente todas las implicaciones que contiene. Seguir a Jesús es un modo de vida pascual. Él mismo presente en nosotros suscita el cambio de mentalidad, el Espíritu nos lleva a transformar en amor y comunión lo que el pecado ha desfigurado. La tarea es grande y exigente, no podemos desistir. Las desigualdades siguen, pero la Buena Noticia también sigue y nada la sofoca. La afirmación y compromiso cristianos con la dignidad humana, su trabajo en muchos frentes para reivindicar a los excluidos, su respaldo a las más nobles causas de humanismo, su formulación conceptual en la doctrina social de la Iglesia y en la reflexión teológica que propende por la liberación integral del ser humano, son elocuentes lenguajes de coherencia y fidelidad al Señor Jesús y a su preferencia por los prójimos vulnerados en sus derechos. [8]

Con Jesús entramos en el tiempo del Espíritu, en él no hay barreras ni fronteras. Esta obra de comunicar la Buena Noticia y de aunar voluntades provoca unidad y concordia, Pedro y Juan confirman la labor de Felipe, es el Espíritu actuando novedosamente sobre esta comunidad samaritana, tan despreciada por los judíos.[9] Es inherente al cristianismo el ser testigo de una esperanza de vida definitiva a partir de lo que Dios ha realizado en Jesucristo, sin considerar si las condiciones de acogida del mensaje son favorables o desfavorables: “Den gloria a Cristo, el Señor, y estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida explicaciones”. [10]

Toda la 1 carta de Pedro, que nos acompaña como segunda lectura en estos domingos pascuales, es una invitación al ánimo, a la plena confianza en el Señor, al cambio cualitativo de vida que esto implica, a la certeza de que él es el fundamento de este proyecto, a la conciencia de que la suya no ha sido una muerte inútil: “También Cristo murió una sola vez por los pecados, el inocente por los culpables, para conducirlos a Dios. En cuanto hombre sufrió la muerte, pero fue devuelto a la vida por el Espíritu…” . [11]

¿Cómo dar vigencia a esta convicción en los contextos y situaciones en los que tenemos éxito como evangelizadores, cuando la Iglesia es acogida y tenida en cuenta, socialmente reconocida, o también en aquellos en los que se desprecia el mensaje, se ignora, no se considera válido y relevante, o se la persigue y maltrata?

No podemos olvidar que en el fundamento de esta realidad pascual reside el mismo Jesús: “No los dejaré huérfanos; regresaré con ustedes. El mundo dejará de verme dentro de poco; ustedes, en cambio, seguirán viéndome, porque yo vivo y ustedes también vivirán. Cuando llegue aquel día reconocerán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”. [12]

¿Cómo ser profetas y creadores en esta cultura neoliberal tan displicente, ligera, con su grave ausencia de interioridad? ¿Cómo decir a los poderosos que el bien común, la felicidad de todos los humanos, la profundidad del ser, son más importantes y decisivos que los intereses del poder y del capital? ¿Cómo ser testigos de esa dimensión de trascendencia que derriba las fronteras que nos separan? ¿Cómo vivir siempre en el tiempo del Espíritu?: “El que recibe mis mandamientos y los obedece, demuestra que de veras me ama. Y mi Padre amará al que me ama, y yo también lo amaré y me mostraré a él”. [13]

 

[1] NUN, José. Marginalidad y exclusión social. Fondo de Cultura Económica. México DF, 2000. FANNON, Franz. Piel negra, máscaras blancas. Akal. Madrid, 2009; Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica. México DF, 1965. CABELLO LLANO, Ignacio. Pobreza e injusticia social desde una mirada altomedieval: Isidoro de Sevilla. En Revista Cuadernos Salmantinos de Filosofía, volumen 47, páginas 17-54. Universidad Pontificia de Salamanca, 2020. SANTIAGO OROPEZA, Teresa. Repensar la injusticia. Una aproximación filosófica. En revista Isonomía número 49, páginas 45-69. Instituto Tecnológico Autónomo de México ITAM. Ciudad de México, 2019. RAWLS, John. Teoría de la Justicia. Fondo de Cultura Económica. Ciudad de México, 1995. SCOTT, James C. Los dominados y el arte de la resistencia. ERA. Ciudad de México, 2000. MBEMBE, Achille. Políticas de la enemistad. Futuro Anterior Ediciones. Barcelona, 2018. PINILLA RODRÍGUEZ, Diego E. & SÁNCHEZ RECIO, Patricia. El egoísmo en el pensamiento de Thomas Hobbes. Interpretación y racionalidad cooperativa. En https://www.scielo.cl/pdf/cmoebio/n69/0717-554X-cmoebio-69-00241.pdf GALLO CALLEJAS, Mauricio Andrés. Injusticia y esperanza: Judith Shklar y los derechos sociales humanos. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín, 2020. DEJOURS, Cristophe. La banalización de la injusticia social. Topía Editorial. Buenos Aires, 2006.

[2] 254 – 184 A.C. En su obra Asinaria hace pública esta expresión. Plauto hizo de sus obras teatrales un rico ámbito de crítica social con refinada ironía expresada en sus personajes.

[3] 1588 – 1679. Hobbes, pensador de tendencias conservadoras, toma la expresión de Plauto para hablar de los horrores de los que es capaz el egoísmo humano. Por esto, justifica la necesidad de una monarquía absoluta, que regule con severidad estos desórdenes. En su obra De Cive – sobre el ciudadano – divulga este pensamiento.

[4] HASSLER, Alfred. El odio en el mundo actual Alianza. Madrid, 1973. TATIAN, Diego. El odio: consideraciones spinozistas. Universidad Nacional de General Sarmiento. Buenos Aires, 2021. MARTÍNEZ PACHECO, Agustín. La violencia. Conceptualización y elementos para su estudio. En https://www.scielo.org.mx/pdf/polcul/n46/0188-7742-polcul-46-00007.pdf FROMM, Erich. El corazón del hombre: su potencial para el bien y para el mal. Fondo de Cultura Económica. Ciudad de México, 1966; Anatomía de la destructividad humana. Siglo XXI. Ciudad de México, 1975.SAFRANSKI, Rûdiger. El Mal o el drama de la libertad. Tusquets. Barcelona, 2002. OSORIO LIZARAZO, José Antonio. El día del odio. (Novela sobre la violencia colombiana del 9 de abril de 1948). El Ancora Editores. Bogotá, 2016. ROUSSEAU, Jean Jacques. Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. En https://www.marxists.org/espanol/rousseau/disc.pdf

[5] II Asamblea General del Episcopado Latinoamericano Medellín 1968. La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio Vaticano II. Documento conclusivo. Sección de promoción humana, capítulo PAZ, número 16. Edición Paulinas, San Pablo, CELAM, página 104. En el texto el documento cita textualmente a Pablo VI en su Encíclica sobre el Desarrollo de los Pueblos Populorum Progressio, número 30.

[6] HERNANDEZ PEDREÑO, Manuel. Exclusión social y desigualdad. Editum. Universidad de Murcia, 2008. KARSZ, S. La exclusión, bordeando sus fronteras. Definiciones y matices. Gedisa. Barcelona, 2004. LOMNIZ DE ADLER, L. Cómo sobreviven los marginados. Siglo XXI. Ciudad de México, 1975. PAUGAM, S. Las formas elementales de la pobreza. Alianza. Madrid, 2007. VALENCIA GUTIÉRREZ, Alberto. Exclusión social y construcción de lo público en Colombia. Universidad del Valle. Cali, 2001. SUTTON, Sara. La exclusión social y el silencio discursivo. En https://www.ibero.mx/iberoforum/2/pdf/sara_sutton.pdf

[7] Hechos 8: 4-8

[8] PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ. Manual de Doctrina Social de la Iglesia. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 2005. ASSMAN, Hugo. Teología desde la praxis de la liberación. Ensayo desde la América dependiente. Sígueme. Salamanca, 1973. CAMACHO LARAÑA, Ildefonso. Creyentes en la vida pública. Iniciación a la Doctrina Social de la Iglesia. San Pablo. Madrid, 1995. CARRASQUILLA OSPINA, Jesús María. Discurso eclesial y responsabilidad social. En https://www.scielo.org.co/pdf/frcn/v55n159/v55n159a08.pdf ALBURQUERQUE, Eugenio. Moral social cristiana: camino de liberación y de justicia. San Pablo. Madrid, 2006. GONZALEZ CARVAJAL, Luis. Entre la utopía y la realidad: un ensayo de moral social. Sal Terrae. Santander, 1998. CARRERA, Joan (Editor). Nuevas fronteras: un mismo compromiso. Retos actuales del diálogo fe y justicia. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2016.

[9] CODINA, Víctor. Creo en el Espíritu Santo : pneumatología narrativa. Sal Terrae. Santander, 1994 . VILLAR, José Ramón. El Espíritu Santo, “principium unitatis ecclesiae”. En https://www.core.ac.uk/download/pdf/83565048.pdf RAMÍREZ FUEYO, Francisco. La Iglesia, cuerpo de Cristo, animada por el Espíritu de Jesús y viviendo en el amor. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 13 de noviembre de 2012. PAPA JUAN PABLO. Carta Encíclica Dominum et Vivificantem sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 1986. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA. Creo en el Espíritu Santo. En https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2c3a8_sp.html POLANCO, Rodrigo. La Iglesia como espacio sagrado de encuentro. En Revista teología y Vida volumen XLIV, páginas 332-345. Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago de Chile, 2003.

[10] 1 Pedro 3: 15

[11] 1 Pedro 3: 18

[12] Juan 14: 18-20

[13] Juan 14: 21

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