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Mayo 28: “La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío. Dicho esto, sopló y les dijo: reciban el Espíritu Santo”

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Comunitas Matutina 28 de mayo de 2023

Solemnidad de Pentecostés

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

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Lecturas

  1. Hechos 2: 1 – 11
  2. Salmo 103: 1 y 24 – 34
  3. 1 Corintios 12: 3 – 7 y 12 – 13
  4. Juan 20: 19 – 23

Sea este poema del español Florentino Ulibarri un excelente aperitivo para degustar en toda su riqueza esta solemnidad de Pentecostés:

El universo está vacío de tu Espíritu y tu misterio

porque lo llenamos de estériles explicaciones

que te dejan fuera y no interrogan. Sopla tu aliento creador;

que todo recobre su lugar y su sentido y deje de ser caos informe.

La tierra está contaminada por la polución y la explotación incontrolada;

Nos asfixiamos por el aire enrarecido

y porque hemos esquilmado todas sus fuentes.

Sopla tu aliento puro: que respiremos otra vez frescor de vida

en medio de esta cultura destructiva……..[1]

No es ser profetas de desgracias denunciar que el egoísmo y el pecado, el afán desmesurado de “progreso” sin humanismo, las decisiones desatinadas de muchos constituídos en poder, la eterna tentación humana de fracturar la armonía, de secar las fuentes de la vida, nos presentan un panorama de aridez y desolación. Es sentido crítico frente a una parte notable de la realidad que no alienta al buen vivir y a la esperanza. En su encíclica de 2015, “Laudato Si sobre el cuidado de la casa común”,[2] el papa Francisco alza su voz para diagnosticar el gravísimo fenómeno de la contaminación y deterioro ambiental, el derroche de los recursos naturales y la problemática social que esto conlleva para varios miles de millones de prójimos. Pero no permanece en el lamento, anuncia con esperanza en Dios – como es característico de su ministerio – la urgencia de un nuevo estilo de vida extremadamente cuidadoso con el planeta, protector de todas las formas de vida y garante de una convivencia armónica y dialogante entre todos los humanos: “Siempre es posible volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia el otro. Sin ella no se reconoce a las demás creaturas en su propio valor, no interesa cuidar algo para los demás, no hay capacidad de ponerse límites para evitar el sufrimiento o el deterioro que nos rodea. La actitud básica de autotrascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad, es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo. Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante para la sociedad”.[3]

En el mundo y en la Iglesia siempre estamos necesitados del Espíritu, de la vida nueva teologal que erradica la esterilidad, el talante destructivo, la desunión, el encerrarnos en la cómoda solución de intereses mezquinos. El Espíritu es el torrente de vitalidad que hace nuevas todas las cosas, aquello que empezó hace más de veinte siglos en Galilea, el germen de algo totalmente novedoso para llenar de sentido la existencia humana y para responder cabalmente a nuestros grandes interrogantes.[4] En la vida eclesial siempre hay una tensión entre el carisma – el don del Espíritu – y la organización institucional, esta última tiene sentido si está alimentada por aquel, y ordenada al anuncio de la Buena Noticia del Señor Resucitado. Hemos pasado muchas páginas desde que aquellos discípulos, gozosos al experimentar la Pascua de Jesús, se lanzaron a comunicar este acontecimiento decisivo para sus vidas y para nosotros.[5] Con el paso del tiempo, si no estamos vigilantes en el Espíritu, podemos dejar que nos vengan las enfermedades que conllevan el desierto espiritual y la infiltración de valores contrarios al Evangelio. Vale decir, perder la inspiración original y originante del Señor Jesús.

En otro escenario bien diferente vemos nuestro mundo, parecido al ambiente de la torre de Babel: pluralidad de lenguas y culturas, ideas y estilos diversos, mentalidades, ahora más estimulado con la globalización y el acercamiento que promueven las comunicaciones digitales. Junto a esto, intolerancias sin fin, persecuciones, acosos, guerras. ¿Cómo convivir y entenderse quienes tienen tantas diferencias? La situación es especialmente problemática en los llamados países desarrollados y en las grandes ciudades, puntos de llegada de olas de inmigrantes que salen de sus países y regiones abrumados por la pobreza y por la violencia.[6] Salen desamparados y cuando llegan, si el egoísmo local los deja entrar, comienza un verdadero calvario: ¡se le cierra la puerta al Espíritu!

Nuestro mundo se ha convertido en un reflejo de esa torre de Babel, el símbolo bíblico de la prepotencia humana y de la confusión causadas por el egoísmo y la intolerancia. El ser humano quiere ser como Dios, da la espalda al verdadero, y se erige él mismo en arrogante divinidad que desprecia al prójimo y se desentiende de las demandas que conlleva un modo de vida en trascendencia. Es la ausencia del Espíritu de la vida, el imperio del ego y de la barbarie. En este símbolo bíblico  Dios confundió las lenguas y cerró para siempre la puerta de los dioses: “Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Bajemos, pues y, una vez allí, confundamos su lenguaje, de modo que no se entiendan entre sí. Y desde aquel punto los desperdigó Yahvé por toda la faz de la tierra. Y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí embrolló Yahvé el lenguaje de todo el mundo y desde allí los desperdigó Yahvé por toda la faz de la tierra.”[7] Grave cosa, el rico y diverso mundo de Dios, plural, multifacético, con toda su potencialidad de inclusión y comunión, se convierte en un brutal escenario de sectas, divisiones, segmentos enfrentados, hombres dominando y maltratando multitudes.

Tales hechos nos retan como ciudadanos de la humanidad y como seguidores de Jesús. Bien sabemos que el gran proyecto de Dios es la plenitud del ser humano, su trascendencia definitiva a partir de una comunidad  donde todos se reconocen como iguales, disfrutando de la creación como el gran sacramento de la vida que procede de Él. En Pentecostés reconocemos la fecundidad de este Dios, tres personas distintas y un solo Dios verdadero: un Padre-Madre que nos da la vida y se compromete con nuestra creaturalidad; un Hijo y hermano mayor que asume nuestra humanidad, hace visible a Dios en la historia, y lo hace salvando, liberando y redimiendo; un Espíritu Santo que nos mantiene en la vida de Dios y en la sabiduría del Evangelio.[8]

A este Espíritu le llamamos creador, santificador, educador de la humanidad, defensor, inspirador de sabiduría, gracias a Él crecemos en justicia, nos sumergimos en el dinamismo inagotable del amor, captamos la esencia de nuestras vidas en Dios como principio y fundamento de nuestros proyectos existenciales, es la nueva creación, fruto de la resurrección de Jesús: El cuerpo humano, aunque tiene muchos miembros, es uno; es decir, todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, forman un solo cuerpo. Pues así también es Cristo. Porque hemos sido todos bautizados en un solo Espíritu, para no formar más que un cuerpo entre todos: judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”.[9]

Bajo la acción del Espíritu, estamos llamados a reconocer el valor intrínseco de cada persona humana, a apreciar con respeto las diferencias, a promover causas comunes de justicia y fraternidad,[10] a proteger con delicadeza todas las formas de vida, en las que reconocemos la acción creadora de Dios, haciendo efectiva una sabiduría vinculante que favorece los encuentros amistosos, la reconciliación y la superación de esas fracturas que tanto dolor causan a la condición humana; a significar que la Iglesia es una comunidad de discípulos centrados en Jesús y enviados a anunciar su Buena Nueva de salvación a toda la humanidad; y a devolver a los entristecidos las ganas de vivir, la animosidad emprendedora de las más apasionantes aventuras existenciales.

El hermoso texto que la Iglesia nos propone hoy como primera lectura  es un relato paradigmático que indica con elocuencia los efectos del Espíritu: “Residían en Jerusalén hombres piadosos, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido, la gente se congregó y se llenó de estupor, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: ¿acaso no son galileos todos estos que están hablando?” . [11]

Es el Espíritu el que inaugura este nuevo tiempo, el de la “ecumene”,[12] el diálogo y encuentro fraterno de los opuestos que convergen ahora en el Espíritu del Resucitado, experimentando una “globalización salvífica y liberadora”, como no se había visto hasta entonces en el desarrollo de la humanidad. El Espíritu no produce personas uniformes, manipuladas por un colectivismo que domestica y sofoca la iniciativa individual y colectiva, como lo han pretendido sistemas y modelos políticos, y también algunas entidades y normativas religiosas. El Espíritu es una fuerza vital personal y trinitaria que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes, para servir con creatividad a la madurez de la humanidad: “Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que actúa todo en todos”.[13]

La venida del Espíritu significó para aquellos discípulos el fin del miedo. Nació una comunidad libre como el viento. Autonomía, unidad en la diversidad, misión, son las notas distintivas del nuevo camino que surge en Pentecostés, animado por el Viviente:“¡Paz a ustedes! ¡Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes! Y sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.[14]

 

[1] ULIBARRI, Florentino. Al viento del Espíritu: plegarias para nuestro tiempo, poema “Antídoto contra toda corrupción”. Verbo Divino. Estella, 2004; página 78.

[2] PAPA FRANCISCO. Carta Encíclica Laudato Si sobre el cuidado de la casa común. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 2015.

[3] Papa Francisco. Obra citada, páginas 158-159.

[4] ELDERS, León. El Espíritu Santo en la teología de Santo Tomás de Aquino. En https://www.repositorio.uca.edu.ar/bitstream/123456789/5039/1/espiritu-santo-teologia-elders.pdf CONGAR, Yves Marie Joseph. El Espíritu Santo. Herder. Barcelona, 1991. CORDOVILLA PÉREZ, Angel. El Espíritu Santo en la tradición eclesial. En revista Sal Terrae, número 18, páginas 403-426. Compañía de Jesús España. Madrid, 2020. CARAM PADILLA, María José. Nuestra tierra dará su fruto . El Espíritu Santo en el mundo y en la historia. Reflexión creyente desde el sur andino peruano. Tesis de grado para obtener el doctorado en teología. Facultad de Teología San Vicente Ferrer. Valencia, 2008. CODINA, Víctor. Creo en el Espíritu Santo. Pneumatología narrativa. Sal Terrae. Santander, 1994. DÍAZ MATEOS, Manuel. La fuerza de la verdad, fuerza del Espíritu. Centro de Estudios y Publicaciones CEP. Lima, 1998.

[5] THEISSEN, Gerd. El movimiento de Jesús: historia social de una revolución de los valores. Sígueme. Salamanca, 2005. AGUIRRE, Rafael. Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Ensayo de exégesis sociológica del cristianismo primitivo. Verbo Divino. Estella, 2015. HURTADO, Larry W. Destructor de los dioses: el cristianismo en el mundo antiguo. Sígueme. Salamanca, 2017. BOFF, Leonardo. Iglesia carisma y poder. Ensayos de eclesiología militante. Sal Terrae. Santander, 1982. SIMON, Marcel. Los primeros cristianos. En https://www.materiales.untrefvirtual.edu.ar/documentos_extras/0438_Problemas_del_mundo_antiguo/Unidad_5-Simon.pdf CALVO GARCÍA, Gregorio F. Los primeros cristianos: una mirada antropológica. En https://www.aacaddemica.org/vi_congreso_chileno_de_antropologia/133.pdf AGUIRRE, Rafael (Editor). Así vivían los primeros cristianos. Evolución de las prácticas y de las creencias en el cristianismo de los orígenes. Verbo Divino. Estella, 2012. CROSSAN, John Dominic. El nacimiento del cristianismo . Crítica. Barcelona, 2002. HOORNAERT, Eduardo. La memoria del pueblo cristiano. Una historia de la Iglesia en los tres primeros siglos.

Paulinas. Madrid, 1986.

[6] ORGANIZACIÓN INTERNACIONAL PARA LAS MIGRACIONES OIM. Informe sobre las migraciones en el mundo 2022, Ginebra, 2022. MARTÍNEZ PIZARRO, Jorge y Autores Varios. Crisis económica y migración internacional: hipótesis, visiones y consecuencias en América Latina y el Caribe. En Revista Interdisciplinar da Mobilidade Humana, volumen 18 número 35, páginas 45-70. Centro Scalabriniano de Estudios Migratorios. Brasilia, julio-diciembre 2010. SUTCLIFFE, Bob. Nacido en otra parte: un ensayo sobre la migración internacional, el desarrollo y la equidad. Hegoa. Bilbao, 2008.

[7] Génesis 11: 6-9 . CALDERÓN DE LA BARCA, Pedro. La torre de Babilonia. Edición de V. Nider, Pamplona-Kassel, Universidad de Navarra-Reichenberger. Pamplona, 2008. GONZÁLEZ DE REQUENA FARRÉ, Juan Antonio. Las dos torres de Babel en el pensamiento de Michael Oakeshott. En https://www.scielo.cl/pdf/veritas/n48/07/18-9273-veritas-48-9.pdf CROATTO, José Severino. El relato de la torre de Babel. Bases para una nueva interpretación. En Revista Bíblica año 58, número 62; páginas 65-80. Asociación Bíblica Española. Madrid, 2º. Semestre de 1996. NEUHAUS, Susana. Torre de Babel: la tergiversación del significado en el lenguaje cotidiano y en las interpretaciones de la historia. En https://www.cdsa.aacademica.org/000-038/643.pdf

[8] PAPA BENEDICTO XVI. Carta Encíclica Deus Caritas est, Dios es amor. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 2005. BOFF, Leonardo. La Santísima Trinidad es la mejor comunidad. Paulinas. Madrid, 1990. FORTE, Bruno. Trinidad como historia: ensayo sobre el Dios cristiano. Sígueme. Salamanca, 1996. GRESHAKE, Gisbert. Creer en el Dios Uno y Trino: una clave para entenderlo. Sal Terrae. Santander, 2001. LADARIA, Luis F. La Trinidad, misterio de comunión. Secretariado Trinitario. Salamanca, 2002. RAHNER, Karl. El Dios Trino como principio y fundamento de la historia de salvación. En FEINER, J.L.M. Mysterium Salutis volumen 2, páginas 360-466. Cristiandad. Madrid, 1969. CERVANTES ORTIZ, Leopoldo. Dios, la Trinidad y Latinoamérica hoy. En Revista Iberoamericana de Teología volumen VII número 13, páginas 9-30. Universidad Iberoamericana. Ciudad de México, julio-diciembre 2011.

[9] 1 Corintios 12: 12-13

[10] PAPA FRANCISCO. Carta Encíclica Fratelli Tutti sobre la fraternidad y la amistad social. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 2021.

[11] Hechos 2: 5-7

[12] Palabra de origen griego que significa la totalidad del mundo, la universalidad de las gentes, sus diversas culturas y mentalidades. ROGERS FRIDAY, John. Universale Salutis Sacramentum: la Iglesia como sacramento universal de salvación en relación con los desafíos del diálogo interreligioso. En Revista Iberoamericana de Teología volumen VIII número 15, páginas 25-47. Universidad Iberoamericana. Ciudad de México, julio-diciembre 2012. DUPUIS, Jacques. Jesucristo al encuentro de las religiones. Paulinas. Madrid, 1991. TORRES QUEIRUGA, Andrés. Diálogo de las religiones y autocomprensión cristiana. Sal Terrae. Santander, 2005. COMISION TEOLOGICA INTERNACIONAL. El cristianismo y las religiones. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 1996.

[13] 1 Corintios 12: 4-6

[14] Juan 20: 21-23.

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