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Mayo 29: “Todo lo ha sometido bajo sus pies, lo ha nombrado cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo y se llena del que llena de todo a todos”

Comunitas Matutina 29 de mayo 2022
Solemnidad de la Ascension del señor Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ Lecturas:

Hechos 1: 1-11
Salmo 46
Efesios 1: 17-23
Lucas 24: 46-53

¿Por qué en la tradición cristiana llamamos a Jesús El Señor? ¿Por qué, cuando nos referimos a alguien de especial rectitud y seriedad humana, lo calificamos como un señor, como una dama? Es una manera de aludir a alguien cuya humanidad es bondadosa, honesta, justa, solidaria, referida siempre a sus prójimos, respetable y respetado por toda la comunidad. Este comentario no tiene relación con ser personas “de clase”, ricas, poderosas, de la aristocracia; el señorío es algo bien distinto, es el reconocimiento de alguien que resume en su ser y en su conducta los mejores atributos de la dignidad humana.[1] En definitiva, un ser humano así es, en el mejor sentido de la expresión, una buenísima persona.[2] En Jesús de Nazareth encontramos el señorío en su más completa realización. La celebración de este día, la Ascensión, es el reconocimiento de esta condición.[3]
Jesús es el Señor porque en Él se cumplen plenamente la divinidad y la humanidad, es el centro de la fe cristiana, la razón de nuestra esperanza y porque, gracias a Él, los seres humanos estamos llamados a ser asumidos por Él en esa misma plenitud de lo humano y de lo divino: “En Cristo y por Cristo, Dios Padre se une a los hombres. El Hijo de Dios asume lo humano y lo creado, restablece la comunión entre su Padre y los hombres. El hombre adquiere una altísima dignidad y Dios irrumpe en la historia humana, vale decir, en el peregrinar de los hombres hacia la libertad y la fraternidad, que aparecen ahora como un camino hacia la plenitud del encuentro con Él”. [4] En la plena revelación que Dios hace de sí mismo en Jesús está siempre incluido el ser humano, Jesús no es un triunfador ensimismado sino un Señor cuya razón de ser somos nosotros, nuestra realización plena, nuestra liberación y salvación, porque todo lo de Dios es para la humanidad. La opción preferencial de Dios somos los humanos y en esto del señorío de Jesús se define el pleno significado de nuestra existencia.[5]
Haciendo el habitual esfuerzo de interpretación de los textos bíblicos y dando el salto cualitativo para descubrir su sentido teológico y antropológico, fijémonos en lo que significa la Ascensión de Jesús, vale decir, su señorío: “… poder que ejercitó en Cristo resucitándolo de la muerte y sentándolo a su diestra en el cielo por encima de toda autoridad y potestad y poder y soberanía, y de cualquier título que se pronuncie en este mundo o en el venidero. Todo lo ha sometido bajo sus pies, lo ha nombrado cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo y se llena del que llena de todo a todos”. [6]
Ya nos hemos referido varias veces al asunto del lenguaje que utilizan los relatos bíblicos, bien distinto de nuestra mentalidad contemporánea, pero siempre apuntando a dar testimonio de la fe en Dios y de la forma como esta resulta plenamente conectada con nuestras expectativas de sentido.
Lo de hoy es encontrarnos maravillados con el señorío de Jesús que implica también a la humanidad, haciéndola participar de tal condición. En la primera lectura –de Hechos de los Apóstoles– encontramos trazados los rasgos específicos de la esperanza cristiana. En los textos de los recientes domingos de Pascua hemos escuchado a Jesús refiriendo todo su ser al Padre, aval de la totalidad de su misión y también prometiendo el Espíritu como garantía de que Él permanecerá animando la vida de quienes siguen su camino, configurando la Iglesia y constituyéndose como razón y sentido de todos aquellos que opten libremente por asumir su proyecto de vida.
Ahora el testimonio de la comunidad primitiva que da origen a este relato lo presenta en términos de consumación y plenitud: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y serán testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría, y hasta el confín del mundo. Dicho esto, en su presencia se elevó, y una nube se lo quitó de la vista. Seguían con los ojos fijos en el cielo mientras él se marchaba, cuando dos personajes vestidos de blanco se les presentaron y les dijeron: hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús, que les ha sido arrebatado, vendrá como lo han visto marchar al cielo”.[7]
El texto de la carta a los Efesios –segunda lectura de este domingo– conecta el señorío del Mesías Jesús con la comprensión que deben tener los miembros de la comunidad eclesial acerca de la esperanza a la que quedan abiertos gracias a la acción pascual del Señor, toda la vida de los seres humanos es resignificada en esta plenitud de Jesús: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, les conceda un Espíritu de sabiduría y revelación que les haga conocer y les ilumine los ojos de la mente para apreciar la esperanza a la que los llama, la espléndida riqueza de la herencia que promete a los consagrados, y la grandeza extraordinaria de su poder a favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa…”.[8] Cuando en ejercicio de nuestra constante búsqueda del sentido de la vida, de nuestras constantes preguntas ante las realidades dramáticas que nos retan, como la muerte, el mal, el sufrimiento, la injusticia que se ensaña con los inocentes, las interminables ambigüedades de nuestra condición, nos encontramos con un Dios ciento por ciento implicado en la respuesta y en la oferta de significado trascendente para todo lo nuestro.[9] El Dios revelado en Jesucristo es un Dios que está entre nosotros acompañando, cuidando, defendiendo, amando, salvando, liberando, trabajando con amor desbordante para que no se pierda nada de lo humano.[10]
Esta certeza da sólida consistencia al compromiso cristiano con la dignidad humana, con la reivindicación de sus derechos, con la opción preferencial por los más pobres, con el cuidado de la vida en todas sus manifestaciones; el ser humano, así visto, es rostro de Dios. Cuando decimos que Jesús es el Señor estamos reconociendo que en Él, Dios Padre ha acontecido definitivamente revelándonos al mismo tiempo lo más pleno y definitivo de su divinidad y lo más pleno y definitivo de nuestra humanidad, entendiéndose esta inserta en aquella, lo que nos recuerda la afirmación clave del Génesis: “Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”.[11] El amoroso deseo de Dios nos hace participar de su divinidad y de su esencia.
Junto con los elementos de reconocimiento de este señorío también aparece la dimensión de universalidad del proyecto que Dios Padre nos ofrece en Jesús, hecho que subraya de modo decisivo el trabajo constante que él hizo con sus discípulos y con otros abriéndoles la mente y el corazón a una realidad de vida que no podía limitarse al ámbito de la ley y de las tradiciones religiosas de los judíos, contexto bien conocido a través de las controversias sostenidas por Él con los sacerdotes y maestros de la ley, y también con la dureza de mente de sus seguidores.
El gran interés de Dios que aquí se evidencia está dirigido a todos los seres humanos, su cercanía y compasión, su misericordia, su voluntad, sólo tienen en la mira la total realización y felicidad de la humanidad. Y esto lo significa con eficacia en la persona del Señor Jesucristo, cuya condición simultánea de Dios y de ser humano es la concreción del querer del Padre para todos los que con libertad acojan su iniciativa de sentido y de salvación. [12]
De esta universalidad se desprende la condición misionera de la Iglesia, el envío a comunicar la Buena Noticia, a restaurar al ser humano caído por el pecado y por la injusticia, sometido por las indignidades que otros deciden para oprimir y maltratar a muchos. Cuando en todos los tiempos de la historia se dan tantas vejaciones y humillaciones al ser humano, la propuesta de Jesús brilla como un rescate permanente y muy completo del valor de cada persona. Esta certeza nos compromete al trabajo por la dignidad humana en todas sus formas, educativas, psicológicas, pastorales, políticas, económicas, jurídicas. Tomar en serio a Jesucristo es tomar en serio al ser humano, ¡es el asunto por excelencia de la agenda de Dios![13]
Instrumentalizar al ser humano, convertirlo en objeto de manipulaciones e intereses egoístas, descartarlo de la mesa común, desecharlo de la vida, es abofetear al mismo Señor de la vida, en quien nuestra dignidad tiene su raíz y fundamento: “Destrozar la autoestima de alguien es una manera fácil de dominarlo. Detrás de estas tendencias que buscan homogeneizar al mundo, afloran intereses de poder que se benefician del bajo aprecio de sí, al tiempo que, a través de los medios y de las redes se intenta crear una nueva cultura al servicio de los más poderosos. Esto es aprovechado por el ventajismo de la especulación financiera y la expoliación, donde los pobres son los que siempre pierden”. [14]
Las siguientes palabras de Jesús no se quedan solamente en un trabajo de proselitismo religioso y de aumentar numéricamente el conjunto de los seguidores, ellas son un envío claro a llenar de sentido teologal la historia de la humanidad: “Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Por tanto, vayan a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enséñenles a cumplir cuanto les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”. [15]
Anunciar al Señor Jesucristo, el ascendido, es trabajar con Él en la ascensión del ser humano, para que su dignidad sea siempre reconocida y promovida.
 
[1] SARDIÑAS IGLESIAS, Loida Lucía. Dignidad humana: concepto y fundamentación en clave teológica latinoamericana. Ediciones Universidad de Santo Tomás. Bogotá, 2019. BIERI, P. La dignidad humana, una manera de vivir. Herder. Barcelona, 2017. COROMINAS, Joan. Etica primera. Desclée de Brower. Bilbao, 2000. HEIDEGGER, Martin. Carta sobre el humanismo. Alianza. Madrid, 2000.LOBATO, Alejandro. Dignidad y aventura humana. San Esteban. Salamanca, 1997. MASIÁ CLAVEL, Juan. Ser humano, persona y dignidad. Desclée de Brower. Bilbao, 2010. MARITAIN, Jacques. Humanismo Integral. Palabra. Madrid, 1999.
[2] FERRER, Urbano. Qué significa ser persona? En https://www.um.es/urbanoferrer/documentos/Qué%20significa%20Ser%20Persona.pdf  CALVO, Antonio. El arte de ser persona. En https://www.mounier.es/revista/pdfs/056041046.pdf  MOUNIER, Emmanuel. Manifiesto al servicio del personalismo. Taurus. Madrid, 1986.
[3] BOFF, Leonardo. Qué significa que Cristo subió a los cielos. En https://www.donbosco.org.ar/uploads/recursos/recursos_archivos_128_944.pdf  STUHLMACHER, Peter. Jesús de Nazaret, Cristo de la fe. Sígueme. Salamanca, 1996.
[4] III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO DE AMÉRICA LATINA, Puebla de Los Ángeles, México. Documento conclusivo, número 188. CELAM, San Pablo, Paulinas. Bogotá, 2014; página 293.
[5] GELABERT BALLESTER, Martín. Palabra de Dios, palabra del hombre. En revista Carthaginensia número 27, páginas 231-246. 2011. Instituto Teológico de Murcia (España), 2011; Un Dios capaz del hombre: humanidad en Dios, divinización del hombre. En revista Carthaginensia  volumen XXXV número 67, páginas 35-52. Instituto Teológico de Murcia (España), enero-junio 2019.  JUAN PABLO II. Carta Encíclica Redemptor Hominis Redentor del Hombre. Librería Editrice Vaticana. Roma, 1979. ALFARO, Juan. De la cuestión del hombre a la cuestión de Dios. Sígueme. Salamanca, 1988. LATOURELLE, René. El hombre y sus problemas a la luz de Cristo. Sígueme. Salamanca, 1989. THIELICKE, Helmut. Esencia del hombre. Herder. Barcelona, 1985. GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. Proyecto de hermano: visión creyente del hombre. Sal Terrae. Santander, 1991.
[6] Efesios 1: 20-23.
[7] Hechos 1: 8-11
[8] Efesios 1: 17-19
[9] CONSTANTE, Alberto. La pregunta que interroga por el sentido del ser. En https://www.scielo.org.mx/pdf/enclav/v4n7/v4n7a5.pdf ESTRADA, Juan Antonio. El sentido y el sinsentido de la vida: preguntas a la filosofía y a la religión. Trotta. Madrid, 2010. GESCHÉ, Adolph. El sentido. Volumen VII de la colección Dios para pensar. Sígueme. Salamanca, 2004. VAZQUEZ, Rodolfo. No echar de menos a Dios. Trotta. Madrid, 2021. FRANKL, Viktor. A pesar de todo, decir sí a la vida. Faro. Madrid, 2010.
[10] DUCQUOC, Christian. Dios diferente. Sígueme. Salamanca, 1987. BOFF, Leonardo. El rostro materno de Dios. Paulinas. Madrid, 1987. GUTIÉRREZ, Gustavo. El Dios de la vida. Sígueme. Salamanca, 1994; Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. CEP. Lima, 1986. JOHNSON, Elizabeth A. La búsqueda del Dios vivo. Sal Terrae. Santander, 2008. GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. El rostro humano de Dios: de la revolución de Jesús a la divinidad de Jesús. Sal Terrae. Santander, 2015. CASTILLO, José María. La humanidad de Dios. Trotta. Madrid, 2012; La humanidad de Jesús. Trotta. Madrid, 2017.
[11] Génesis 1:27
[12] FABRIS, Rinaldo. Jesús de Nazaret. Sígueme. Salamanca, 1990. JEREMIAS, Joachim. Abba: el mensaje central del Nuevo Testamento. Sígueme. Salamanca, 1993. KASPER, Walter. Jesús, el Cristo. Sígueme. Salamanca, 1997. GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. Acceso a Jesús. Sígueme. Salamanca, 1993.
[13] O´CALLAGHAN, Paul. Cristo revela el hombre al propio hombre. En https://www.core.ac.uk/download/pdf/83563189.pdf GONZÁLEZ CARVAJAL, Luis. Con los pobres contra la pobreza. Paulinas. Madrid, 1991. DÍAZ, Carlos. La persona como don. Desclée de Brower. Bilbao, 2001. GUARDINI, Romano. Mundo y persona: ensayo para una teoría cristiana del hombre. Guadarrama. Madrid, 1963.
[14] PAPA FRANCISCO. Carta Encíclica Fratelli Tutti  sobre la Fraternidad y la Amistad Social. Librería Editrice Vaticana. Roma, 2020; número 52.
[15] Mateo 28: 18-20.

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