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Mayo 9: El modelo del amor oblativo

Juan 15:9-17, domingo, mayo 9 de 2021 Por: Luis Javier Palacio, SJ  Como en varios comentarios se ha dicho, el amor oblativo o sacrificial, que Juan llama ágape quizás para diferenciarlo de los cuatro términos que la lengua griega tenía para el amor, es novedoso en la revelación en Jesús. Todas las culturas tienen símbolos, poemas, canciones, cuentos, novelas, imágenes del amor y una de las más conocidas es la de Eros (Cupido para los romanos) hijo de Venus (Afrodita para los romanos), diosa del amor. La flecha de Cupido sigue siendo clásica. La mezuza o cajita con trozos de la Toráh, que el judío toca al salir y entrar en su casa, le recordaba el amor a Yahvéh como base de la fe judía. Las enseñanzas de Jesús que recogen los evangelios, se resumen a menudo en el amor a Dios y al prójimo. Krisna, en el hinduismo, es la encarnación del amor de Vishnú. El azabache para el amor a los difuntos, el jade para el amor eterno, el ágata para el amor espiritual, la cruz para el amor a Dios, el Edén (Campos Elíseos) para estado de bienestar amoroso, el acanto para el amor al arte, el romero para la fidelidad en el amor, la manzana para el amor tentado, el maná amor de Alláh en el Corán, la violeta para el amor apasionado, el nomeolvides para el amor perdido, el pensamiento para el amor imprevisto, la rosa para el amor juvenil, la madreselva para el amor generoso, el narciso para el amor divino y una larga lista que no acabaría, muestran las metáforas del amor en diferentes pueblos y culturas. Algo de lo que no puede hablarse sino en lenguaje indirecto. Cuando el lenguaje es muy directo o explícito, cae fácilmente en la ramplonería o lo vulgar.
Infortunadamente, por muy ricas que sean las expresiones del amor, no logran captar la profundidad del ágape del que habla el evangelio. Un ágape que puede iluminar las demás formas de amar y no al contrario. La idea del amor se enriquece con el influjo de la cultura musulmana, a través de las Cruzadas.[1] El amor (houbb, en árabe) para el musulmán es básicamente místico y se vive como una pasión devoradora que busca curarse de la distancia y el dolor. El amor puro es amargo, portador de tristeza, alimentado por la espera, atravesado por los tormentos del alma y los arrebatos del cuerpo. Es trascendental y lo expresa la súplica u oración: “¿Hasta cuándo habrá algo entre tú y yo, entre yo y tú? Suprime entre nosotros el mío; haz que todo se convierta en tuyo y nada en mío y no exista más lo mío. Mi Dios si estoy contigo, valgo más que todos; y si estoy conmigo mismo, valgo menos que todo. Nada de especial tiene que te ame puesto que soy tuyo”. Muchos místicos, poetas, juglares (Francisco de Asís), minnesinger, aedas, poesía femenina, endechas y muchas cosas más produjo este remezón en Europa. La teología franciscana será básicamente basada en el amor más que en el ser de Dios. El islamismo difunde con mayor fuerza la idea de que Dios (Alláh) es amor, de manera que el hombre vive en una atmósfera, un medio ambiente que es puro amor. Algo que pudo ser claro pero no permanente en el judaísmo. Su obra cumbre sobre el amor es el Cantar de los Cantares y fueron los profetas los que enfatizaron que la actuación de Yahvéh se basaba en el amor más que en el pacto. Sus imágenes esponsales, especialmente en Oseas, describen la relación de Yahvéh con el pueblo como la del enamorado (Yahvéh) y la amada (Israel). Por amor eligió tal pueblo y no por mérito ninguno. Soñaban con el momento en que a Yahvéh se le sirviera por amor y no por temor. Yahvéh puede hacer todo, decían los rabinos, menos hacer que el judío lo amara. Para esto era impotente. Tenía que ser tan gratuito, espontáneo e inmotivado como lo era el amor de Yahvéh. Hasta tal punto eran diferentes estos amores que existía una palabra para el amor de Yahvéh al hombre (ahavah, en hebreo) y otra para el amor del hombre a Yahvéh (hesed, en hebreo). Quizás lo máximo que alcanzaron en su monoteísmo ético era que el amor a Yahvéh y al prójimo debía ser la base de la ética judía.[2] En el evangelio, Juan une a los dos en el amor (ágape) por el hermano.
No fue justo etiquetar al judaísmo como religión de la ley y al cristianismo como religión del amor. Varias respuestas de Jesús sobre los mandamientos son síntesis a las que ya había llegado el judaísmo. También en Yahvéh había amor sacrificial y kénosis o abajamiento. La creación misma era una kénosis.  Para algunos rabinos la mejor expresión del amor a Yahvéh era estudiar y practicar la Torah. Algo similar a lo que dice Juan y aparece igualmente en los sinópticos: guardar la Palabra y ponerla en práctica.  Un amor que lleve solamente a la contemplación pierde su objetivo, tanto en el judaísmo como en el cristianismo. Si la mejor expresión del amor sacrificial de Jesús por sus discípulos, igualmente del Padre por Jesús, se da en la cruz, entonces la antedicha definición musulmana sobre el amor adquiere sentido. No es la complacencia del amor (eros) concebida por los griegos. Esa que terminó mezclándose en varios padres de la iglesia para explicar el amor cristiano. Por siglos hemos vivido de la síntesis que hizo san Agustín con su palabra caridad, en última instancia terminaba como camino de la propia salvación que no se desprendía de su interés propio. En la escalera del amor que desarrolla san Bernardo de Claraval, en quien se basan muchos, el último escalón de su perfección era amarse a sí mismo en Dios. Muy en consecuencia con la definición de la divinidad como “amor sui” (amor a sí mismo), muy lejos de la concepción judía de amor al pueblo. Si Yahvéh se amara a sí mismo sería irrelevante para el pueblo judío. Su amor era doliente, enfermizo por su pueblo y obtenía más sufrimiento que satisfacción. El amor en san Bernardo tenía los siguientes escalones: 1. Amar a Dios por el propio bien; 2. Amar a Dios no solo por bien propio sino también por él (Dios); 3. Amar a Dios solo por sí mismo; 4. Amarse a sí mismo en Dios. El amor encumbraba a Dios. Pero el amor sacrificial (ágape) no encumbra porque es descendente y solamente así se parece al amor (ágape) de Dios: espontáneo, inmotivado, generoso, gratuito. Como en otros comentarios se decía, un amor que perfectamente puede ser perdido, sin respuesta, “malgastado”. Así es como lo elogia Paulo en el himno al ágape en la primera carta a los corintios: “No busca su interés” (1 Co 13:5). Algunas traducciones dicen “no es egoísta”, “no busca lo suyo”, “no es interesado”, “no busca lo que ES suyo”, y otras más. En cierta forma podríamos decir que al amor sacrificial le podemos aplicar un extraño rasero o prueba ácida: si logra lo que busca entonces ha fracasado, porque no debe buscar nada. En esto el evangelio de Juan es relativamente claro: “Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4:11). Así que muchas experiencias humanas de amor que hemos tenido, excelentes para el crecimiento humano, quizás no rocen el sentido del amor sacrificial (ágape). Este no va en una línea de continuidad con las experiencias humanas sino que la rompe; o mejor, irrumpe de otra manera. Algunas corrientes espirituales de finales de la Edad Media y comienzo de la Edad Moderna llegaron a una concepción del amor bastante cercana al ágape. Predicaron la gratuidad total del amor de Dios, de un Dios de las víctimas. Si el Dios de las víctimas interfiere a favor de estas en el mundo de los hombres, sólo puede sucederle lo que le sucedió a Jesús y a los profetas; otros son los éxitos de este mundo. 
 
[1] Habiendo sido un fracaso militar rotundo, tuvo valiosas implicaciones en otros campos, incluida la teología y la espiritualidad. El amor romántico surge entonces en Europa.
[2] En occidente, desde Kant, se busca una base racional para la ética con asombrosos adelantos en la sociedad, pero a la vez la moral empieza a relegarse a la vida privada en las diferentes religiones. 

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