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Noviembre 13: Destrucción de Jerusalén y del Templo

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Lucas 21:5-19, domingo, noviembre 13 de 2022

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Por: Luis Javier Palacio, SJ 

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No es a menudo fácil leer teológicamente un hecho reciente. Se sabe, por la historia, que el Templo de Jerusalén fue destruido por Tito Flavio y las 3 legiones de romanos (2 acantonadas en Siria y 1 en Palestina), hacia el año 70; es decir, tiempo después de la muerte de Jesús y de haberse conocido las cartas de Pablo y el evangelio de Marcos. Lucas y Mateo dan a la destrucción una interpretación un poco diferente pues, mientras que en Mateo marcaría el fin, en Lucas termina teniendo una importancia muy secundaria frente a la comunidad de los creyentes. Tres hechos claves de la historia de Israel van a jalonar su reflexión teológica: el éxodo o salida de Egipto, el destierro a Babilonia y por último, la destrucción del Templo. Mateo considera que el Templo fue destruido como castigo de Dios por haber matado a Jesús; considera que los cristianos son el “nuevo Israel” que va a substituir al pueblo judío. También considera que la destrucción del Templo marca los días del fin. En Lucas, algunas expresiones podrían permitir creer que pensaba igual, porque las recoge de la comunidad creyente, pero su concepción es diferente. Para Lucas, no importa cuando pueda venir el fin; lo importante es hacer el bien mientras llega tal fin y hacer el bien mientras tengamos tiempos. Para él, el bien es básicamente la misericordia. «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6:36).

El Templo de Jerusalén fue construido por Salomón, luego de que David hiciera de dicha ciudad el centro político, una vez vencidos los jebuseos a quienes les arrebató el terreno. En hebreo, lo llaman Bet Ha-Mikdash y, según leyendas, estaría asentado sobre el monte Moriá donde se dio la atadura (aqeda, en hebreo) de Isaac. Los judíos no lo llaman “sacrifico de Isaac” como los cristianos. Salomón lo habría construido hacia el año 960 antes de Cristo haciendo de él el centro de la vida religiosa. Tuvo varios nombres como: Santuario de Dios, Casa de la Elección y Casa de la Morada. Pero en realidad, Yahvéh no residía allí, pues lo hacía en todo Israel. Pero allí se manifestaba su gloria (kavod), su santidad (kadosh), su nombre (ha-shem), su cercanía (Shekináh). Con Jesús, el Templo pierde su sentido como lugar de sacrificio y el templo será el cuerpo del creyente: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Co 3:16). En el Templo fue depositada el Arca de la Alianza que contendría las Tablas de la Ley. Fue destruido por los babilonios en el 586 y fue reconstruido (templo de Zorobabel) cuando el rey Ciro autorizó el regreso del destierro. El primer Templo tomó 7 años para construirse y el segundo 23. En tiempo de Jesús, el Templo fue embellecido por Herodes duplicando la superficie de la explanada y agregando murallas. Parte de tales murallas es lo que pervive hoy en el llamado “muro de las lamentaciones”. El profeta Ezequiel habla de la erección de un nuevo templo cuya añoranza forma parte de la oración cotidiana de muchos judíos.

Curiosamente el cristianismo y el judaísmo son religiones del futuro, de un futuro que no conocen ni pueden predecir. Para el judaísmo, está en manos de Yahvéh; para el cristiano es algo que deben construir Dios y el hombre. Dios sin nosotros no ha querido, como nos dice la encarnación; y nosotros sin Dios no podemos, como nos dice la resurrección. No somos ni marionetas de Dios ni siervos inútiles y desechables pues nos toca poner los carismas, dones, minas o talentos al servicio de la comunidad para construir el reinado de Dios que ya está presente en medio de nosotros. Por esto, el lenguaje escatológico y apocalíptico, surgido del lenguaje de los profetas, puede inducirnos a errar fácilmente. Para algunos, el mismo Jesús como judío, se enreda en tal lenguaje y pensó que el fin llegaría pronto. El lenguaje apocalíptico pretende decirnos cómo es el fin y el lenguaje escatológico decirnos cómo prepararnos.

El evangelio de hoy, que debió recogerse de la comunidad creyente, nos remite a la destrucción del Templo de Jerusalén y a los signos “humanos” de guerras entre naciones, terremotos, pestes y señales en el cielo. Jesús aparecería usando un lenguaje amenazante similar al de los profetas. Pero la violencia apocalíptica en los evangelios es de origen humano. Incluso en Pablo donde podemos leer: «No es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal, que habitan en los espacios celestes» (Ef 6:12) Representan la violencia humana, incluso históricamente identificable en el origen de tales términos. Si queremos hablar de males impersonales nos toca referirnos a pecado social o estructural; ese que todos cometemos con buena conciencia como el pecado ecológico. Jesús desacraliza totalmente la violencia —incluso la ejercida en los sacrificios del Templo— e invita al amor y la oración por los enemigos y perseguidores. En la cruz misma reaparece el perdón generalizado para todos los intervinientes, no solamente para el ladrón de su costado. Luego la resurrección será la forma de triunfo sin vencedores ni vencidos, aunque a menudo la interpretemos como reivindicación de Dios sobre sus adversarios. La eficacia de la cruz no viene por el sacrificio, como pensaron muchas teorías salvíficas del pasado, sino por su desautorización. Después de Jesús, el único sacrificio con valor religioso es el propio y solo cuando se hace en función de los demás. Así lo expresa Pablo en la carta a los romanos: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva (hostia), santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rm 12:1).

En la predicación de Jesús, su lenguaje apocalíptico tuvo que ser tardío. Al principio, lo que difunde es el llamado a la conversión, perdón y reconciliación entre los hombres que es el contenido del reinado de Dios al cual todos están invitados. Luego, vienen las resistencias a la conversión de los ricos, los fariseos, los saduceos, los sumos sacerdotes, los mismos discípulos, las autoridades civiles y hay un cambio de lenguaje en la predicación de Jesús[1]. Ya no es tan optimista y habla de sufrimiento y muerte.

La violencia está tan enraizada en el ser humano que el relato de Caín y Abel la ubica en los primeros hijos de Adán. Está la violencia tan enraizada en el ser humano que impone al hombre una visión falsa no solamente de la divinidad sino de su relación con los demás y con la naturaleza. Si suponemos que el Padre ejerció violencia contra su hijo Jesús para cobrarse la ofensa “infinita” del ser humano, no habría manera de romper la interminable cadena del sacrificio. Como ya se argumentaba en la Edad Media: si Dios sacrifica a su hijo para salvarnos ¿quién nos librará de un Dios asesino? La visión del evangelio de Juan es bien diferente. Jesús muere porque no es pensable un Dios mayor que el que muere por amor. A Jesús lo mata el amor a la humanidad. Para salir de la violencia es necesario renunciar a la retribución que ya era cuestionada en el libro de Job, pero recorre buena parte del Antiguo Testamento y de muchas teologías. Es necesario renunciar a una retribución que nos parece natural y legítima y pasar a la gracia, gratuidad, entrega por amor y misericordia de un Dios que supera la justicia. Si bien el Dios de la justicia puede garantizar el presente, sólo el Dios de la misericordia puede garantizar el verdadero futuro; o mejor, garantizar que sea maravilloso aunque no lo conozcamos. La pasión de Jesús muestra la impotencia radical de la humanidad por comprender su propia violencia y a la vez su superación.

 

[1] Para muchos comentaristas este giro se da en la llamada crisis de Galilea.

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