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Rey: imagen ambigua de Jesús

Lucas 23:35-43, domingo, noviembre 20 de 2022

Las imágenes de Dios pintadas o esculpidas estaban prohibidas en el judaísmo pues opinaban que llevaban a la idolatría. La única imagen y semejanza divina era el hombre y también éste estaba prohibido representarlo[1]. En cambio podían hacerse imágenes literarias o verbales. Por ejemplo, la Torah (ley) que sería la voluntad de Yahvéh, los jueces, los profetas, los reyes, los rabinos, los sacerdotes que serían la voz de Yahvéh. En el Templo se manifestaba la gloria (kavod, en hebreo), la santidad (kadosh, en hebreo), el nombre (ha-shem, en hebreo), la cercanía (Shekinah, en hebreo), pero no habitaba Yahvéh quien residía en todo Israel (en todo el cosmos, según algunos salmos). Yahvéh seguía invisible, innombrable, indefinible. Sus atributos serían innombrables, siendo los principales la justicia y la misericordia. Llamar a Yahvéh con nombres antropomórficos no causaba identidad o igualdad ninguna[2]. Yahvéh era llamado padre, rey poderoso, juez imparcial e inclusive como un vengador implacable a menudo a través de las fuerzas de la naturaleza o de la historia. Pero si estos antropomorfismos reflejaban algo de Yahvéh, éste a su vez los corrige: padre como YHVH, rey como YHVH, juez como YHVH, justiciero como YHVH. Yahvéh sería el modelo del comportamiento humano.

Cuando el pueblo judío quiere reyes, creyendo con ello hacerse fuerte como los países vecinos, el profeta Samuel les advierte de los peligros que corren, pues los reyes de este mundo no proceden como procedería Yahvéh. «Tomará vuestros hijos… les hará labrar sus campos, segar su cosecha, fabricar sus armas de guerra y los arreos de sus carros. Tomará vuestras hijas para perfumistas, cocineras y panaderas. Tomará vuestros campos, vuestras viñas y vuestros mejores olivares y se los dará a sus servidores…. Tomará vuestros criados y criadas, y vuestros mejores bueyes y asnos y les hará trabajar para él. Sacará el diezmo de vuestros rebaños y vosotros mismos seréis sus esclavos» (1 Sm 8:11-18). La solución que había encontrado el pueblo judío era la “teocracia[3]” entendida como el gobierno directo de Yahvéh. La oración judía Avinu Malkeinu, bastante similar al Padrenuestro cristiano, proclama que el único rey es Yahvéh. La prepotencia real, con muy contadas excepciones, se repite a lo largo de la historia de todos los pueblos. El rey Fernando (el católico) de España, por ejemplo, se sintió el rey de los últimos tiempos que iba a conquistar Jerusalén cuando ya las Cruzadas habían fracasado. Cristóbal Colón conseguiría en América el dinero necesario. Si en los pueblos es común que se divinice a un ser humano, el caso de Jesús es todo lo contrario. Es Dios que se hace hombre (se encarna) y se humaniza tomando la forma de esclavo (siervo). Pablo lo llama “kénosis” (abajamiento, vaciamiento).

En el mundo de la mitología, del cual a menudo la historia busca copiar, los hombres se vuelven dioses, emperadores, reyes, omnipotentes y omnipresentes precisamente por su poder o su violencia. El culto en tales casos consiste básicamente en aplacar la ira de tales dioses o gobernantes para ganarse su favor. Jesús pone el acento en el reinado de Dios pero no en el rey. Denuncia los poderes de este mundo: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen esta autoridad son llamados bienhechores. Pero vosotros no habéis de ser así; al contrario, el mayor entre vosotros pórtese como el menor; y el que manda, como el que sirve» (Lc 22:25-26). De reyes como David  se alababa que hubiera unificado el reino y hecho justicia a muchos, no sus abusos de poder, como los critica el profeta Natán. Los profetas tenían como una de sus funciones criticar la monarquía y el Templo. Los magos[4], personajes prohibidos en Israel por las leyes de Moisés, serían los primeros en hablar de Jesús como “rey de los judíos” que Herodes entiende como una amenaza política. Igualmente la acusación de Jesús como rey de los judíos en el juicio es un cargo de sedición contra el poder romano sin connotación religiosa. En el pensamiento de los asmoneos (descendientes de los macabeos) el mesías no es identificado con el rey pues habría dos mesías: uno davídico para lo político y otro levítico (presbiteral) para restablecer el culto en el Templo. Lo salmos exaltan al rey y su entronización pero el reinado predicado por Jesús no corresponde con ningún reino conocido o por conocer. El reinado de Dios, construido entre Dios y el hombre, está situado en un futuro pero un futuro que determina el comportamiento presente. De ahí que Jesús desautoriza el señalar que está aquí o está allá. Las expresiones de burla que aparecen en el evangelio de hoy apuntan a la dificultad de todos los tiempos para entender la manera como el reinado de Dios se manifiesta. Pedir a Jesús que se salve de la cruz, como le pedían los jefes y los soldados, es lo que se esperaba de un señor poderoso; pero Jesús no se libra de la cruz, no a pesar de ser Dios, sino precisamente porque lo era. Un Dios que no sufre hasta el fondo la violencia humana no ayuda al hombre a salir de ella. Una violencia que justificaba el derecho romano, la ley religiosa judía y la conveniencia del pueblo. Pilatos y Herodes dudan en condenar a Jesús, en el relato de Lucas, lo que muestra lo complejo que era aceptar un culpable sin delito. Finalmente es Jesús mismo quien da la vida, como lo atestigua Juan; nadie se la quita. El “chivo expiatorio” es un esquema demasiado común en los sistemas religiosos (y sociales), pero la muerte de Jesús lo que hace es destruir tal idea. En el relato de Lucas son algunas mujeres las que logran percibir algo de esa locura de la cruz. Las mujeres «iban llorando y lamentándose por él» (Lc 23:27) y lo acompañan luego hasta la tumba: «Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea, siguieron de cerca y observaron el sepulcro y cómo quedaba colocado el cuerpo de Jesús» (Lc 23:55); la mujer de Pilatos le aconseja: «No te metas con ese justo» (Mt 27:19). Quienes de alguna forma perciben un mensaje distinto son marginales al sistema pues son el centurión romano «realmente, este hombre era un justo» (Lc 23:47); el buen ladrón «éste nada malo ha hecho» (Lc 23:42). El reinado de Dios parece desvanecerse como la mayoría lo había esperado y se presentará en el futuro como grano de mostaza o como levadura en la masa. Ni siquiera la comunidad de los creyentes se identificará con él, como lo reconoce el Vaticano II. “La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad” (Gaudium et Spes, 45). Cuando Pio XI estableció la fiesta de Jesucristo rey en 1925, la razón pastoral era contrarrestar lo que veía como creciente secularización y ateísmo de la época; no exaltar las pasadas o decadentes realezas humanas. Jesús es un rey coronado de espinas que vive y muere en función del servicio a los demás. Darle a su muerte un uso político es abusivo y repetir errores del pasado. La fiesta no corresponde con ningún acontecimiento histórico de la vida de Jesús o de la salvación. Expresa el anhelo humano de seguir solo a Jesús.

[1] Para algunos críticos de arte, esta teoría del judaísmo origina el cubismo así como el arte abstracto que representan la figura humana desfigurada.

[2] En la Mishná es designado Yahvé con más de 90 nombres; en el Nuevo Testamento se le dan a Jesús más de e 100 títulos.

[3] El concepto ha sido a menudo incorrectamente identificado con el texto del Éxodo: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19:6). Por el concepto de teocracia los zelotes rechazaban todo gobierno humano (similar a la idea del anarquismo cristiano de León Tolstoy). Hoy la teocracia es proclamada como forma de gobierno de Irán (gobierno de la Sharia) como su nuevo nombre lo expresa: República Islámica de Irán.

[4] Los profetas habían sido dados precisamente para que no se acudiera a adivinadores, magos y otras formas de predecir el futuro.

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