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Septiembre 11: Perdido y encontrado

Lucas 15:1-32, domingo, septiembre 11 de 2022 Por: Luis Javier Palacio, SJ  El evangelio de hoy presenta tres parábolas encadenadas que tienen que ver con “perdido y encontrado”. A la actitud de los fariseos y doctores de la ley que critican a Jesús por acoger a los pecadores y publicanos y sentarse a comer con ellos, Jesús responde no con argumentos que incitan a la diatriba sino con parábolas que invitan a la reflexión. Las tres, con desarrollo distinto, tienen la misma finalidad: la misión y el gozo de Jesús por salvar a los pecadores. Los publicanos y pecadores son personas que no se preocupan de la pureza “legal” farisaica. Ambos estaban marginados de la sociedad judía que buscaba ser santa excluyendo a quien no lo fuera, según el propio criterio. Las tres parábolas: la oveja perdida, la moneda extraviada y el hijo pródigo, hablan de la figura de Jesús, tal como nos la ofrece este evangelio de Lucas, que es el evangelio del perdón y la misericordia. Para algunos comentaristas, estas tres parábolas forman el corazón de este evangelio que otros llaman “el evangelio de los marginados”. No parece probable que Jesús hubiera pronunciado estas tres parábolas sucesivamente y en la misma ocasión histórica, a modo de unidad temática. Es más lógico pensar que proceden de contextos independientes; pero el autor, las combinó en una construcción respecto a lo perdido y encontrado; la misericordia de Dios con el pecador; la persistente llamada a la conversión. Las tres parábolas marcarían igualmente el comienzo del viaje de Jesús a Jerusalén en donde encuentra la muerte.
El capítulo 15 de Lucas, literariamente es una obra de arte. Muestra un paralelismo entre la oveja perdida (un pastor masculino) y la moneda perdida (una mujer de casa). Pero su clímax es la tercera sobre un hijo perdido que tiene una elaboración literaria más refinada. Las tres llevan a la alegría por la recuperación de lo perdido.
Las tres parábolas buscan justificar el comportamiento de Jesús quien se reúne con publicanos y pecadores. En Antioquía se dio un enfrentamiento entre Pedro y Santiago, del lado judío con sus normas, y Pablo y Bernabé del lado de los gentiles sin tradición de dichas normas. « Mas, cuando vino Cefas a Antioqu ía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión» (Gal 2:11). En la parábola de la oveja descarriada, hay un contraste entre cien ovejas y una oveja. Ahí radica precisamente el sentido de la parábola: el valor del pastor se mide por su decisión de ir en busca de esa única oveja que se le ha extraviado, aunque tenga que abandonar a las otras noventa y nueve. El evangelio apócrifo de Tomás le da una curiosa (y humana lectura) expresando que la oveja perdida era la de más valor. Idea extraña al caso de la mujer que pierde una moneda. Se trata de un propietario que, aunque no es inmensamente rico, tiene su buena cantidad de ganado[1]; mientras que, en la otra parábola, la protagonista es más bien pobre, ya que sólo tiene diez monedas. Pero los números en la Biblia son más adjetivos que números cardinales. En las máximas rabínicas de origen palestinense, abundan los números cien, noventa y nueve, al igual que diez y uno.
Lucas, a diferencia de Mateo, dice que el pastor carga la oveja descarriada sobre sus hombros. Dice que hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nuevo que no lo necesitan. Si los noventa y nueve hacen referencia implícita a los fariseos y los doctores de la ley, la conclusión no puede ser más irónica; se trataría, entonces, de noventa y nueve que presumen de justos. Posiblemente no es más que una de las típicas exageraciones de Lucas, aplicada aquí a la enorme satisfacción que se experimenta Dios mismo cuando un pecador se convierte.
El “Hijo Pródigo”, título que le dio la Vulgata, cierra el tríptico de parábolas sobre lo perdido y encontrado. Pero se le han dado otros títulos más cercanos a su sentido como “el hijo perdido” que la armoniza más con la moneda y la oveja perdidas; o “el padre misericordioso”; o “parábola de los dos hermanos”. Joaquín Jeremías, estudioso de las parábolas de Jesús, la llamó “parábola del amor del Padre”. Esta parábola se ha llegado a considerar como la obra maestra de todas las parábolas de Jesús, aunque tiene tal elaboración literaria que pocos sostienen que pueda ser original del mismo Jesús y más bien fruto de la comunidad y de la redacción de Lucas. Esta parábola ha sido, más que cualquier otro texto evangélico, objeto de toda clase de análisis, al estudiar y reflexionar sobre el comportamiento humano. Desde los tiempos más antiguos de la patrística se ha comentado, elaborado e interpretado esta parábola (Tertuliano, Clemente de Alejandría, Gregorio el Taumaturgo, Ambrosio, Jerónimo, Agustín), porque describe una de las situaciones humanas que nos resultan más familiares. Igualmente ha sido tema del arte de pintores, músicos, dramaturgos, literatos e incluso filósofos. También es verdad que se han encontrado textos paralelos en las literaturas antiguas –babilónica, cananea, etc.– en el Lotus Sutra, en los papiros griegos, aunque ninguno puede compararse con el vigor poético o la intensidad emotiva de esta parábola de Jesús. Es una parábola que combina de manera apretada una gama de actitudes, como libertad y responsabilidad, enajenación y despersonalización de la existencia, nostalgia y retorno, gracia, angustia y reconciliación. Rasgos universales de la vida humana y necesidades básicas de la persona. Para los creyentes, además de todo esto, la parábola es mensaje de Dios y clave de interpretación de un tema tan característico de Lucas como el perdón que Dios otorga al pecador perdido.
La actitud del hijo mayor caracteriza la postura de los escribas y fariseos cuando nos dice el relato que el hijo mayor vivió «sin desobedecer nunca una orden tuya» y cuando califica su actitud con la expresión «tantos años que te sirvo». La parábola presenta al padre como símbolo del amor del propio Dios. Un amor, una misericordia incondicional, abierta, ilimitada, que no sólo se vuelca sobre el pecador arrepentido –el hijo menor–, sino también sobre el crítico intransigente –el hijo mayor– que se obstina en su incomprensión. La parábola es, al mismo tiempo, una caracterización del mensaje salvífico de Jesús en quien el reinado de Dios habría empezado. En Lucas es clara su insistencia en la magnanimidad de Dios, sobre todo cuando se trata de abrir de par en par las puertas del reinado de Dios a un pecador arrepentido. La parábola profundiza en la psique humana y hace vibrar sus registros más sensibles en la desgarrada confesión del hijo pequeño: «Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo» (vv. 19-21). Es un ejemplo de la proclamación del año de gracia del Señor, del encargo de anunciar a los oprimidos la buena noticia de la liberación. Por encima de todo, incluso del pecado más inconcebible, está el amor y la comprensión del padre. Si Jesús acoge a los recaudadores y pecadores y hasta come con ellos, es porque Dios mismo los acepta y los quiere. El principio fundamental de la relación de Dios con el pecador, como lo establece Jesús en esta parábola, es que Dios ama al pecador aun en su situación de pecado, es decir, incluso antes de que se convierta; es más, en cierto modo, lo que realmente hace posible la conversión es ese amor divino. Algunos quisieron leer en este relato, infructuosamente, un planteamiento jurídico sobre la herencia. Pero esto escapa a la intención del texto de la parábola y parece buscar que el texto diga lo que el lector desea. Es lo que se llama “eiségesis” en vez de exégesis.
 
[1] El siglo pasado, un cabrero llamado Muhammed edh-Dhib, que andaba buscando una de sus cabras por los riscos de la ribera noroccidental del Mar Muerto, descubrió casualmente la gruta 1 de Qumrán.

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