Hoy, la vitalidad de la Compañía de Jesús en Colombia tiene rostro de mujer. No se trata solo de una percepción: las mujeres representan el 58,1 % de nuestro Cuerpo Apostólico (11.270 colaboradoras) y, en un hito histórico, han roto el “techo de cristal” al ocupar el 51,4 % de los cargos directivos.
Este protagonismo no es un accidente estadístico, sino una expresión de nuestra identidad ignaciana. Al pasar de roles operativos a asumir la responsabilidad carismática de la dirección, las mujeres se han convertido en verdaderas compañeras en la misión, demostrando que el carisma ignaciano es un don que florece en diversas vocaciones.
Aunque los números son sólidos, nuestras estructuras aún deben ponerse al día con esta realidad. Según nuestro sistema de información, solo ocho obras de la Provincia cuentan con políticas explícitas que promueven la participación, la protección y el liderazgo de las mujeres, mientras que once afirman tener buenas prácticas. Esto indica que, como Cuerpo Apostólico, aún no somos plenamente conscientes de la necesidad de consolidar un respaldo institucional en favor de la equidad de género, paso fundamental para crecer en la sinodalidad de nuestro modo de proceder.
Hacia una comunidad de pertenencia profunda
Como Cuerpo Apostólico, estamos llamados a una transformación mutua: a generar cada vez más espacios de seguridad y confianza donde compartamos la misión y transformemos nuestras prácticas.
En este sentido, la Red de Mujeres de la Provincia Colombiana ha identificado algunos desafíos en el área de formación del Cuerpo Apostólico:
1. Desmantelar “falsos dioses”: identificar ídolos como el perfeccionismo o el éxito, que el entorno social suele imponer con mayor fuerza a las mujeres.
2. Formarnos en la escucha real: crear espacios de conversación espiritual donde ellas puedan compartir sus “no negociables”, su fe y su afecto por la misión con plena
seguridad.
3. Dejarnos transformar: que los jesuitas y los laicos varones aprendamos a ser ayudados y renovados por la experiencia de Dios que las mujeres comunican.
4. Recorrer itinerarios de pertenencia profunda: construir vínculos transformadores entre mujeres y hombres como forma de encarnar nuestra misión de reconcilia-
ción y justicia.
Queremos que cada mujer en nuestras obras, no solo ejecute tareas, sino que le permitamos ser “fuego que enciende otros fuegos”. El camino debe llevarnos a sentirnos cada vez más verdaderos compañeros y compañeras en la misma misión de Cristo, de modo que las mujeres de nuestro Cuerpo Apostólico experimenten una pertenencia profunda, de corazón y voluntad, a la misión de la Compañía.