Compartimos un mensaje de uno de nuestros compañeros jesuitas que acaba de terminar su doctorado y cómo este proceso ha impactado su vocación.
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Gracias por la oportunidad de compartir mis sentimientos. Casi siete años han pasado desde que salí de la Provincia, primero hacia Cochabamba, Bolivia, para mi tercera probación de enero a julio de 2019, y luego, en octubre del mismo año, a Spokane, Washington, para clases de inglés en el pregrado en educación, y para presentar solicitudes de doctorado. Al comenzar la pandemia, recibí respuestas de aceptación de algunas universidades, mientras otras me indicaron que intentara más tarde. Decidí unirme a la Universidad de San Francisco, una de las instituciones que aceptaron mi postulación, para iniciar mi doctorado en Educación, comenzando con una maestría. El pasado 20 de noviembre, casi siete años de mi “vida oculta” dedicada a libros, clases, artículos, pastoral con comunidades anglo y latinas culminaron con la defensa de mi tesis doctoral. En mi tesis, exploro los desafíos en la convivencia escolar desde la perspectiva de los estudiantes, con el objetivo de identificar desequilibrios sociales en el entorno cotidiano que muchas veces pasan desapercibidos. Mis hallazgos se resumen en una propuesta educativa sólida, con programas y proyectos de larga trayectoria que considero fundamentales para la formación de nuestros estudiantes y que requieren revisión y actualización para las nuevas generaciones. Para ello, es esencial que los propios estudiantes tengan una voz activa en ese proceso. Al final de este camino, me siento profundamente agradecido y listo para la misión que la Compañía me encomiende para mi regreso a la Provincia colombiana. En otras palabras, siento que estoy llamado a retomar una “vida pública” en la que pueda contribuir a la construcción conjunta del reino de Dios en nuestro país, mediante una educación humanizadora y liberadora.