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Perder es ganar

Suena contradictorio el titular de mi columna de este domingo. Y lo es en verdad. Porque no es fácil aceptar el hecho por el cual te dicen que cuando pierdes estás ganando. Si lo miramos desde la perspectiva de quienes compiten por un trofeo, por un triunfo, por un campeonato, lo menos que pueden decirnos es que somos o estamos locos. En parte estaría de acuerdo con ellos. Es lo que la sociedad y los criterios del ambiente en el cual nos desenvolvemos nos han enseñado. Tú tienes que ganar por encima de todo y a como dé lugar. Te lo inculcan desde niño y lo tienes casi aprendido. Sin embargo, la realidad del evangelio es diferente. Ganar, asegurar la vida, como lo ven los demás es perderlo todo. Perder la vida, arriesgarla, darla a favor de los demás es ganarla para la vida. Es una paradoja que solo cuando descubrimos lo que exige el evangelio podemos comprender su alcance y su sentido. No se trata de buscar en forma egoísta el bien personal. Se trata de entregar la vida, de darse a los demás, de ayudar a construir un proyecto común de sociedad, de país y de comunidad. Es comprometerse en esa tarea que significa arriesgarlo todo para lograr el anhelo de un mundo más justo y más solidario. Es comprometerse a hacer felices a los demás y así, lograr la felicidad personal. Por eso, debemos hablar de perder para ganar, de morir para vivir. Cuando pienso en mi propia felicidad y me olvido de los demás estoy labrando mi propia desdicha, porque seré alguien aislado, encerrado en su propia torre de marfil, distanciado de los problemas de los demás y enfrascado en construir mi propia seguridad. Si pienso y trabajo por la felicidad de los demás, olvidando la propia, estoy dando un sentido a mi existencia, estoy haciendo que valga la pena todo lo que pueda y deba hacer para construir la felicidad común. Perdiéndome a mí mismo estoy ganando a los demás. Es el ejemplo de Jesús. Nuestra vida cotidiana se mueve entre la cruz y la gloria, entre el gozo y la tristeza. ¿Por qué? Porque no hay felicidad completa. Los sinsabores de la vida no podemos alejarlos de nuestro diario caminar. Renunciar a esa aparente contradicción significaría el renunciar a la existencia misma, cargada de contradicciones, de realidades opuestas y que nos desconciertan. Pero no podemos permitir que el miedo y el temor se apoderen de nosotros. El mundo de hoy, los desafíos que se nos plantean, asumidos desde la fe nos permiten crecer y madurar, nos hacen más conscientes de todo lo que podemos y lo que no alcanzamos a lograr. Siendo honestos nos la jugamos toda por lo que vale la pena. Eso significa perder para ganar, sabiendo que no todo lo podemos lograr en el primer intento, pero que tampoco podemos afirmar que todo es o puede ser negativo. Juguemos la partida de la vida con coraje, con valentía y arriesgándolo todo. Vale la pena saber perder para poder ganar. Que lo entienda el mundo que nos rodea es otra cosa. Eso no depende de nosotros. Luchemos por lo que es fundamental, por lo que da sentido, no nos quedemos en pequeñeces. No es tampoco jugar a la ruleta rusa porque no se trata de eso. Jesús nos enseñó cómo perder para ganar.

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