El pasado 4 de julio, en la capilla del Colegio San Ignacio de Medellín, los novicios Bernabé Alzate, Nicolás González, Carlos Alberto Palacio y Carlos Alberto Solano emitieron sus votos del bienio. La eucaristía fue presidida por el Padre Provincial quien recibió los votos en nombre de la Compañía de Jesús. En esta celebración, que se hace al finalizar el noviciado, nuestros compañeros emiten voto de pobreza, castidad y obediencia en la Compañía de Jesús y hacen la promesa de entrar de manera definitiva en el futuro. Esta fue la homilía compartida por el P. Hermann Rodríguez, SJ, durante la celebración eucarística:
Lecturas
Romanos 14, 5-9: “Si vivimos, para el Señor vivimos”
Salmo 130 : “Den gracias al Señor porque es bueno”
Mt 9, 9-13: “No tienen necesidad de médico los sanos”
Nos encontramos en esta mañana para acompañar a Bernabé Alzate Orozco, Carlos Alberto Palacio Páez, Carlos Alberto Solano Palacio y Nicolás González Marroquín en este compromiso que quieren vivir en la Compañía de Jesús. Quieren vivir con generosidad los votos de pobreza, castidad y obediencia. Y quieren prometer entrar en la Compañía de Jesús al terminar su proceso de formación. La Compañía de Jesús los recibe con alegría para acompañarlos en su proceso de formación y para ofrecerles el camino espiritual que vivió san Ignacio de Loyola, quien enseñaba que:
“Ningún yerro es más pernicioso en los maestros de las cosas espirituales, que querer gobernar a los otros por sí mismo, y pensar que lo que es bueno para ellos es bueno para todos”. Esta frase está tomada de un pequeño libro que lleva por título: Thesaurus Spiritualis Societatis Iesu (página 316), publicado en Santander, España, en el año 1950, donde se recogen algunos dichos de nuestro padre fundador.
Esta enseñanza la traigo a nuestra memoria para recordarle a estos cuatro compañeros que cada uno vivirá un camino particular en su vocación jesuítica. No hay nadie que vaya por su mismo camino. El Dios Creador, que nos hizo a su imagen y semejanza, nos hizo también creadores. Y cada creatura es distinta. Dios no crea a través de un sistema de clonación, ni por medio de una “inteligencia artificial” que sigue unos parámetros o algoritmos que puedan ser predecibles.
Cada ser humano es un “relato de Dios”, como bien lo expresó el famoso teólogo dominico holandés, Eduardo Schillebeeckx, en uno de sus libros más famosos. Dios comenzó a escribir nuestras historias desde el origen de los tiempos y sigue escribiéndolas, aunque nuestra vida termine. El tiempo de Dios no tiene ni comienzo ni final. Es eterno. Dios establece un diálogo con cada ser humano. Cada persona es una historia sagrada, como se titula otro libro de un autor menos conocido, Jean Vanier.
Esto supone que nos hagamos permanentemente la pregunta sobre lo que está haciendo Dios con cada uno de nosotros en un diálogo de libertad y de amor. ¿Qué está haciendo Dios en mí y conmigo? Cuando descubro esto, puedo buscar los medios más convenientes para continuar este diálogo con Dios de una manera creativa y atendiendo lo que Dios quiere de cada uno de nosotros.
La clave está en descubrir mi vocación más honda, mi identidad más profunda, para saber lo que debo tratar de construir en un diálogo con Dios. No es que Dios tenga una voluntad oculta que yo debo descubrir y adivinar. Es una construcción que hacemos de la mano de Dios en un diálogo de libertad. Herbert Alphonso, SJ, jesuita de la India, quien fuera director del Centro Ignaciano de Espiritualidad de Roma, llamaba a esta realidad, la “vocación personal”. Es como tratar de percibir la música de Dios, para bailar a su ritmo, para dejarnos invadir por su fuerza creadora en la dirección correcta.
Esto supone atender no solo la propia vocación, sino también el llamado que Dios nos está haciendo desde la realidad que tenemos delante y que nos interpela y exige. Esto nos exige coherencia y autenticidad en nuestra respuesta. Teniendo en cuenta la singularidad del llamado y de nuestra respuesta, les propongo tres criterios que brotan de la revelación y que nos deben guiar siempre en la búsqueda de la voluntad de Dios, que es el objetivo que nos debe guiar:
El criterio del amor …
Un primer criterio básico que aparece en la Escritura es el de la caridad. El amor es la virtud por excelencia: “Tres cosas hay que son permanentes: la fe, la esperanza y el amor; pero la más importante de las tres es el amor” (1 Corintios 13, 13), nos dice San Pablo después de explicarnos detalladamente lo que éste significa. También San Juan insiste en el amor como criterio básico para descubrir la voluntad de Dios.
El criterio de la comunión …
Un segundo criterio fundamental es el de la construcción del cuerpo. Qué es lo que permite construir a la comunidad. Siempre tenemos que abrir espacio para que el cuerpo del Señor se edifique y se fortalezca. Lo recuerda Pablo en su primera carta a los Corintios: “Procuren, pues, tener amor, y al mismo tiempo aspiren a que Dios les dé dones espirituales especialmente el de profecía. Aquel que habla en lenguas extrañas, habla a Dios y no a seres humanos, pues nadie lo entiende. En su espíritu dice cosas secretas, pero nadie las entiende. En cambio, el que comunica mensajes proféticos, lo hace para edificación de la comunidad, y la anima y consuela. El que habla en una lengua extraña, lo hace para su propio bien; pero el que comunica mensajes proféticos, edifica a la iglesia” (1 Corintios 14, 1-4).
La voluntad de Dios es construir el Cuerpo del Señor en la historia. La Comunidad como espacio teologal de la presencia del Señor Resucitado. Dios nos invita a ofrecer lo que somos para construir el cuerpo. Reconoce nuestro nombre y nuestro acento. No nos confunde con otros ni nos trata como un número más. Para Dios, somos únicos, como bien lo expresa Benjamín González Buelta, jesuita de la provincia del Caribe, en uno de sus más bellos poemas:
Cuando me llamas por mi nombre,
ninguna otra criatura
vuelve hacia ti su rostro
en todo el universo.
Cuando te llamo por tu nombre,
no confundes mi acento
con el de ninguna otra criatura
en todo el universo.
El criterio de los más débiles …
El tercer criterio al que queremos hacer referencia es el que aparece claramente en el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo: el que tiene hambre, el que pasa sed, el forastero, el que está desnudo, en la cárcel o enfermo, es el más importante en la perspectiva de Dios. Este criterio nace en el camino de Israel de la mano de los profetas y atraviesa toda la revelación. Dios nos invita a poner a los pequeños, a los pobres, a los crucificados, en el centro.
Sólo así, la Iglesia podrá, efectivamente, seguir siendo sacramento universal de salvación para todo el mundo; ser fieles a esta propuesta supone que la Iglesia dejará de lado otros esquemas organizacionales que reproducen, con demasiada frecuencia, las estructuras verticales y poco cristianas de nuestras sociedades.
Vivir los votos, es comprometerse a vivir la propia vocación, la vocación personal, para el servicio de Dios, de la sociedad y de la Iglesia con la guía de estos tres criterios: El amor, la comunión y la centralidad de los más débiles.
Que el Señor los acompañe y los conduzca siempre. Y que ustedes, en un diálogo de libertad con su Señor, sean generosos con Él.
Amén