La CNV iniciada por Marshall Rosenberg hacia 1960, es un gran complemento para la Espiritualidad Ignaciana en tanto que ayuda a aterrizar la posibilidad de concretizar el amor en las relaciones personales tal como lo propone Jesús con su propuesta del Reino. San Ignacio nos habla de un amor que se comunica y se hace posible en el acto de “dar y recibir”, y hoy como peregrinos de fe caminamos con ese deseo de escucharnos de verdad y ser inclusivos.
En nuestra misión de justicia y reconciliación, en este cambio cultural al que queremos contribuir en el tema de la dignificación de las mujeres en el cuerpo apostólico de la Compañía de Jesús, necesitamos herramientas prácticas como la CNV, que nos indiquen caminos posibles para vivir desde la igualdad y la reciprocidad, valorando la unión por encima de lo que nos separa.
Las desigualdades hacia las mujeres siguen siendo una deuda histórica, sin desconocer los avances logrados. El decreto 14 de la CG 34 de la Compañía de Jesús promulgado en 1995, reconoce que hay una discriminación sistemática contra la mujer y que “además, en muchas partes del mundo, las mujeres sufren las graves consecuencias de la guerra, la pobreza, la migración y la raza, sufren con frecuencia una doble desventaja precisamente por ser mujeres». Hay una “feminización de la pobreza” y un “rostro femenino de la opresión”.
“En respuesta, primero pedimos a Dios la gracia de la conversión. Hemos sido parte de una tradición civil y eclesial que ha ofendido a la mujer”.
La CNV que conocí a través de RESUENA, nos desvela cómo hemos sido criados en una cultura que nos ha hecho interiorizar desde muy pequeños, acciones y estrategias violentas que se inscriben en un paradigma de la dominación caracterizado por:
Estas dinámicas claves que nos mantienen en las violencias nos iluminan lo que pasa en relación al tema de la contribución a desarticular las desigualdades con las mujeres. El machismo y el sistema patriarcal que hacen parte del paradigma de la dominación siguen estas lógicas.
Estamos llenos de pensamientos moralistas como: “Las mujeres opinan, pero no toman decisiones”, “todas las mujeres deben ser madres”, “Las mujeres son inseguras emocionalmente”, “Las mujeres son tiernas y sensibles”, “Las mujeres deben dedicarse al cuidado de todos”, “Los hombres no deben llorar…”
Atarnos a una idea, que es nuestra humilde interpretación personal y volverla verdad e imponerla a los otros, es esclavizar a los otros.
La Espiritualidad Ignaciana nos propone que superemos los juicios para practicar el discernimiento. Quedarnos en un juicio nos desvía del fin para el que hemos sido creados porque limita nuestra mirada, la hace corta, simplista y nos aísla de los demás.
Estamos invitados al discernimiento en la conversación espiritual, afinando la capacidad de encontrar caminos creativos al escucharnos con atención plena desde un lugar más auténtico. Activar nuestra capacidad de pensar, de conectarnos a nuestro cuerpo sintiendo y viendo lo que hay más al fondo que son las necesidades, las distintas miradas, las historias.
Conocer ese discurso interno con el que nos saboteamos es otra violencia que debemos reconocer. Dios es misericordioso y no reclama, ni castiga. Es siempre un Dios que acoge y perdona. Los propios errores reconocidos son aprendizajes valiosos a partir de los cuales nos vamos transformando en mejores personas.
Las mujeres tendemos a escuchar más las necesidades de los demás, que las nuestras.
En cuanto a las imposiciones hacia los otros…
Queremos que las otras personas hagan lo que nosotros queremos. Damos órdenes y la otra persona simplemente tiene que obedecer. Nos saltamos la pregunta… ¿estarías dispuesta a…? Quizá lo mejor que podemos hacer por el otro es no decidir por el otro.
¿Cómo reconocemos que es una petición o una exigencia? Cuando hacemos una petición, estamos abiertos a recibir un no, como respuesta. En la exigencia, el otro no me puede decir que no porque si no, me siento con rabia y lo castigo…Así mismo, Dios no nos exige nada. Dios siempre nos invita.
Desde la CNV en sintonía con la Espiritualidad Ignaciana deseamos que podamos pasar de una actitud de reactividad a una de auto-conexión que implica escuchar el cuerpo, con nuestra respiración, hacer una pausa, para ver la realidad desde un lugar del no juicio. Y luego, permitirnos sentir, reconocer y darle nombre a lo que sentimos para ir más hondo…