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El problema no es por falta de pan

Pensando en Voz Alta

Por: Enrique A. Gutiérrez T, SJ

Julio 27, 2018

La escena que nos presenta el evangelio de este domingo nos lleva a pensar seriamente sobre una realidad que nos afecta a todos. Es el problema del hambre en el mundo. Los datos, las estadísticas no mienten.

Son millones de personas las que diariamente se acuestan sin haber saciado el hambre que las afecta, porque no han tenido la posibilidad de tener el alimento necesario, porque sus condiciones de vida no se lo permiten, o porque sencillamente la situación de su entorno no los favorece. En el relato que nos ofrece el evangelio, nos enfrentamos al milagro de la multiplicación de los panes. Podemos quedarnos en el hecho de sorprendernos por lo que Jesús hizo y por la manera como calmó el hambre de la multitud.

Es una parte de lo que podemos analizar e interiorizar. Por otro lado, está la reflexión a raíz del signo realizado por Jesús. Es lo que intento hacer en este artículo. Invitarlos a un análisis de nuestro compromiso ante la situación, sabiendo que la solución no depende de nosotros, pero que es algo que nos debe llevar a la revisión de nuestras actitudes y a hacer que nuestro compromiso sea más efectivo y dinámico.

Al contemplar la escena de este pasaje encuentro elementos que me llaman la atención. Por un lado, la actitud de los discípulos que miran las cosas con criterios puramente humanos, pues la solución que plantean se encuadra dentro de estos parámetros, lo que tenemos no alcanza para tanta gente. Y la pregunta es obvia, entonces qué hacer, cómo solucionar el problema. Por otro lado, la actitud de Jesús quien partiendo de lo que ellos le manifiestan encuentra la manera de realizar el signo, es decir, se junta en el hecho de la multiplicación, la acción y la cooperación humana junto al quehacer de Dios.

Se unen, por decirlo de alguna manera, lo humano y lo divino para mostrarnos que es posible encontrar caminos de solución a la problemática que nos aqueja desde lo que somos y lo que podemos, unido todo esto a lo que le corresponde hacer a Dios. A nosotros nos corresponde la solidaridad, el velar porque las cosas y los recursos estén mejor distribuidos y podamos así encontrar soluciones a los grandes interrogantes.

Mientras no tomemos conciencia de que las cosas no son escasas, sino que están mal distribuidas, no entenderemos que parte de la solución está a nuestro alcance. Que parte de nuestras nuevas actitudes nos debe llevar a no ser derrochadores o malgastadores de lo que tenemos a nuestra disposición, que debemos pensar en un mejor aprovechamiento de aquello que está bajo nuestro cuidado, de un mejor uso de los bienes, de una adecuada conservación del entorno, de una verdadera conciencia ambiental.

Todo eso forma parte de lo que nos corresponde hacer a nosotros. Como dice algún autor “dejemos a Dios ser Dios” y hagamos lo que a nosotros corresponde. O como lo podríamos decir en palabras de San Ignacio de Loyola, cuya fiesta estamos próximos a celebrar el 31 de julio “hacer las cosas como si todo dependiera de nosotros, pero dejarlas en las manos de Dios como si todo dependiera de Él”.

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