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Entre la visión y la ceguera

Pensando en Voz Alta

Por: Enrique A. Gutiérrez T, SJ

Con frecuencia nos encontramos personas invidentes que se mueven con gran propiedad en diferentes lugares y circunstancias. Parece como si pudieran ver de una manera especial. Sabemos por datos de la ciencia que desarrollan los otros sentidos a un alto nivel. Recuerdo la sencilla historia de alguien invidente quien fue nombrado como decano en una universidad. Lo llevaron a indicarle su nueva oficina. Era un lugar sin ventanas, dado que era invidente, pensaron que era un buen lugar. Cuando entró, inmediatamente dijo que “esa oficina no tenía ventanas y por eso no deseaba trabajar en ella”. Qué sensación interior tuvo, no lo sabemos, pero pudo reconocer el espacio y afirmar lo que decía. Por otro lado, encontramos personas que, teniendo sus cinco sentidos, pasan sin ver con atención, no se fijan en los detalles de las personas, cosas o situaciones. Como alguien que va de visita a un museo y lo recorre muy rápidamente, sin fijarse en detalles y en dos horas lo ha recorrido completamente. A muchas personas nos sucede algo semejante, pasamos a la carrera, no detallamos. Qué problema tan grande cuando se trata de un regalo que hemos recibido y no somos cuidadosos en abrirlo, verlo y expresar el correspondiente agradecimiento. Más aún, cuando estamos con otras personas, parecemos distraídos, como perdidos en otro mundo y no les prestamos la atención correspondiente. Los podemos ofender y lastimar, por nuestro descuido y distracción.

El evangelio de este domingo nos presenta la escena del ciego de nacimiento, quien es curado por Jesús. El contraste entre la actitud de este hombre, que reconoce la acción de Dios en su vida, y la de los escribas y fariseos que no aceptan lo que están viendo nos permite afirmar que este hombre ciego ve interiormente y quienes tienen la visión completa son ciegos interiores porque su corazón no les permite ver más allá de las narices. Su dureza de corazón, que no es otra cosa que la negación de la evidencia que es la verdad, no les permite reconocer que el Salvador ha llegado y está en medio de ellos. Prefieren enfrascarse en una discusión sin sentido con los padres del hombre ciego que ha recuperado la vista. A tanto llega su osadía que intimidan a estos padres que solo pueden afirmar que “sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Más aún, los judíos calumnian a Jesús cuando afirman “nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. La respuesta del curado no puede ser más elocuente “si es pecador, yo no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo”. El curado va más allá, cuando les pregunta “¿también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”. El drama culmina cuando el ciego afirma “creo, Señor” ante la pregunta de Jesús sobre si cree o no en el Hijo del hombre y le dice que es él, el que está hablando con el ciego. La luz y la ceguera vienen de dentro, no son solo cuestión física.

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