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Recuperar el valor y el sentido de la palabra

Pensando en Voz Alta

Pensando en voz alta | 6 de febrero de 2022

Por: Enrique A. Gutiérrez T., SJ

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Estamos tan acostumbrados a oír expresiones como las siguientes: “te doy mi palabra”, “confía en mi palabra” que no creemos que eso corresponda a la verdad. La razón es muy sencilla: la gente no cumple la palabra empeñada. Vivimos en un mundo del cumplimiento (cumplo –y– miento). No sucede lo que acontecía en tiempo de nuestros mayores, especialmente nuestros abuelos, cuando la palabra empeñada era sagrada, se cumplía lo prometido, no había necesidad de hacer documentos escritos, porque la palabra tenía valor, era respaldada por las acciones y, si no se cumplía, podía llegar incluso hasta costarle la vida a la persona que había faltado a su palabra.

Pueden pensar quienes leen esta columna sobre cuál es el sentido de mi escrito de esta semana. La razón es clara. En el Evangelio de este domingo encontramos que Pedro le dice a Jesús, después de haber estado toda la noche en una pesca infructuosa, “por tu palabra echaré las redes”. Era una invitación, no era una orden. Todo podía haber seguido igual, hubieran regresado desalentados, sin haber pescado cosa alguna. Pero hay algo en el interior de Pedro que lo mueve a hacer lo que están diciendo: confía en la palabra de Jesús. Hace lo que Él le dice y la recompensa es grande: “hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red”.

Confiar en la palabra de alguien significa creer en esa persona, descubrir que tiene algo importante para decirnos, que no podemos desoír esa invitación. Significa también tomar la decisión de hacerse vulnerable, de permitir que esa otra persona entre en nuestra vida y su palabra se convierta en luz para nuestro camino. Eso en el plano de las personas semejantes a nosotros. Y cuando se trata de Jesús, ¿por qué no hacemos lo mismo, por qué dudamos, por qué no confiamos, si Él nos está mostrando el camino para seguirlo de manera incondicional?

Estamos acostumbrados a buscar las evidencias, las pruebas de todo, nos obsesiona la certeza y la seguridad. Eso podemos dejarlo al campo científico. Pero no podemos hacer lo mismo en el campo de lo espiritual, de las relaciones interpersonales. Si lo hacemos así, corremos el riesgo de aislarnos de las personas, de no encontrar caminos adecuados para interactuar, porque siempre tendremos la sospecha de que nos pueden estar engañando, de que no son honestos y sinceros con nosotros. Todo esto nos sucede porque no confiamos en la palabra, no creemos en el otro.

Recuperar el valor y el sentido de la palabra es el reto que tenemos de ahora en adelante. Hemos vivido la experiencia de tener que asegurarlo todo con contratos, documentos escritos, testimonios y pruebas. Todo porque dejamos que la palabra perdiera su valor y su significado como compromiso sagrado. La palabra tiene la fuerza de exteriorizar lo que somos en lo más íntimo y profundo de nuestro ser. Démosle ese sentido, no la desvirtuemos, recuperemos su valor. Y tengamos presente que cuando empeñamos la palabra, estamos invitando a la otra persona a que confíe en nosotros. No traicionemos esa confianza y respaldémosla con hechos de vida.

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