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Reflexionemos sobre el sí y el no en nuestra vida

Pensando en Voz Alta

Por: Enrique A. Gutiérrez T, SJ

Pensando en voz alta | 27 de septiembre de 2020

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En la vida nos encontramos ante alternativas que no sabemos cuál escoger. Otras veces, son caminos diferentes que se nos presentan y no sabemos por cuál seguir. En otros momentos de la vida no entendemos a las personas, las percibimos como actuando de manera contradictoria. Lo mismo nos puede suceder cuando miramos lo que acontece a nivel social, político, comercial: nos dicen una cosa y hacen otra. En el campo de lo personal, en lo más íntimo de nuestro corazón, sentimos esa ambivalencia, esa contradicción, pues nos sentimos llamados a actuar de una manera y hacemos todo lo contrario.

Si miramos lo que prometemos, la palabra empeñada, nos daremos cuenta que en diferentes situaciones de la vida, a pesar de lo prometido, no lo cumplimos, es como si una fuerza interior nos impidiera lograr lo que queremos y deseamos. Esas inconsistencias nos afectan, nos sentimos intranquilos e inseguros. Nos sucede lo que a los hijos del relato evangélico de este domingo. Uno de ellos dice que va a trabajar y no lo hace, el otro dice que no pero reflexiona y sí lo hace. ¿Quién obró correctamente? ¿El primero o el segundo? En el primero se da una acción de cumplimiento –cumplo y miento- que no expresa lo que realmente hizo. Fueron solo palabras, pero no hubo acciones. En el segundo, las palabras no reflejaron las acciones posteriores. Se dio una inconsistencia entre lo dicho y lo hecho. Hubo fallas en cada hijo. Una más grave, la otra menos, pero de todas maneras hubo fallas.

Al recordar los tiempos pasados, los de nuestros abuelos, caemos en la cuenta del valor de la palabra empeñada. Los negocios, las transacciones comerciales se hacían basados más en la credibilidad y la confianza en la  palabra del otro que en documentos o papeles firmados. Solíamos escuchar “su palabra me basta”. Hoy, a pesar de todas las precauciones y documentos firmados ante autoridad competente, se quebrantan los compromisos, se falta a la verdad, quizás con un afán de beneficio personal o particular. Nos hemos olvidado de algo que nos dice el evangelio “que cuando digamos sí, lo cumplamos; cuando digamos no, también lo hagamos efectivo”. Así la gente tiene confianza en nosotros y cree en nuestra palabra.

Me llama la atención  la facilidad con la cual ciertas personas, en diversos escenarios de la vida cotidiana, usan expresiones como “te lo juro por Dios”, “te lo aseguro por lo más sagrado” y luego manifiestan algo que no corresponde a la verdad, se quedan tan tranquilos y no pasa nada. Esto ha hecho perder el sentido y el valor de la palabra. Me hace recordar la manera como los wayuu buscan la solución a sus diferencias. Lo hacen por medio de la intervención del palabrero. Tiene valor e importancia la palabra mediadora de un miembro de la comunidad. ¿Por qué perdimos ese valor?

La coherencia de vida nos pide ser transparentes. Cuando digamos sí, debe ser no solo de labios para afuera, como ocurre frecuentemente; debe ser un sí salido del corazón que compromete y respalda lo que hacemos. De la misma manera cuando decimos un no.

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