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Tiempo de espera

Pensando en Voz Alta

Por: Enrique A. Gutiérrez T, SJ

Iniciamos el recorrido del año litúrgico con este Primer Domingo de Adviento. Son un poco más de tres semanas de preparación para la celebración de la Navidad, el nacimiento del Dios hecho hombre, que nace en el pesebre de Belén y que se convierte en el salvador de la humanidad porque así lo estableció el plan de Dios sobre los seres humanos. Es lo que llamamos la historia de la salvación, expresión del amor de Dios hacia nosotros, para rescatarnos de la esclavitud del pecado.

Es un tiempo en el cual se va fortaleciendo la esperanza, tiempo de vigilante espera, que nos permite vivir un verdadero itinerario de preparación. La palabra adviento significa venida, llegada, advenimiento. Navidad es la venida de Dios hecho hombre, la llegada del salvador prometido y esperado y el advenimiento de la gracia para la humanidad. Para ese acontecimiento nos debemos preparar y ese es el sentido del tiempo de adviento, una época, un período de tiempo de gracia que se nos regala para disponer nuestro corazón.

Todo este tiempo de espera y de preparación se puede quedar en lo externo, en los arreglos navideños, en el árbol, en el pesebre. Y es uno de los peligros que podemos tener al quedarnos solo en lo externo y en lo tradicional. Pero esta preparación, esta espera, debe llegar a lo más profundo de cada persona, para que Jesús nazca en su corazón y así lo pueda compartir con otras personas. Esa es la invitación para hacer realidad la salvación que nos llega en el Dios Niño.

Vale la pena que cada uno de nosotros se pregunte qué debe hacer para que Jesús nazca en su corazón, para que pueda prepararse de una mejor manera para la navidad, cómo puede irradiar su propia alegría a otras personas para que la celebración sea más plena. Hay diversas maneras de hacerse solidario y presente con los que no pueden celebrar la navidad, por diversas circunstancias que los mantienen alejados de sus seres queridos y no puede haber una sonrisa en sus labios. Por otro lado, dice el adagio que “pena compartida es media pena y que alegría compartida es doble alegría”. Esto nos debe llevar a preguntarnos sobre las múltiples maneras por las cuales podemos ser solidarios, sentir como propia la necesidad del otro y, en forma desinteresada, tenderle la mano.

Hay una tradición que vale la pena pensar sobre si la podemos hacer realidad en el contexto nuestro: buscar la manera para que una persona necesitada, que sufre, pueda compartir la navidad con la familia, que sea un verdadero invitado, huésped, de nuestra mesa y familia. Pienso en la innumerable cantidad de familias cargadas de dolor y tristeza por situaciones que las han golpeado: los efectos del cambio climático, las víctimas de los desastres naturales, de las consecuencias de la violencia y de la guerra, los efectos de  tantas otras situaciones difíciles. Sé que no es fácil, que tiene muchos inconvenientes, pero considero que vale la pena intentarlo. Son muchos hermanos y hermanas nuestros, quienes sufren, para quienes la esperanza está casi desaparecida de sus vidas, necesitan nuestra mano tendida y abierta como expresión de acogida y solidaridad. Así haremos que este tiempo de espera tenga sentido y nos disponga desde el corazón para celebrar la Navidad.

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