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“Tomen, este es mi cuerpo…Esta es mi sangre de la alianza que es derramada por muchos”

Comunitas Matutina

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo B

Lecturas:

  1. Éxodo 24: 3-8
  2. Salmo 115
  3. Hebreos 9: 11-15
  4. Marcos 14: 12-16 y 22-26

Esta celebración del Cuerpo y de la Sangre de Cristo es una excelente coyuntura pastoral-litúrgica para referirnos a la pedagogía sacramental de la Iglesia. Dios se dice a sí mismo con eficacia salvadora y liberadora. En su estrategia, si así podemos llamar a su quehacer salvífico, se vale de lenguajes que comunican al ser humano su vitalidad, su gracia, que lo van configurando en una humanidad modelada por Él mismo. El lenguaje de Dios se expresa en los acontecimientos de la historia, esta es la gran lógica de la revelación bíblica, por eso el pueblo de Israel “leyó” en los hechos de su vida individual y comunitaria las palabras de ese Dios único empeñado en hacerlos libres mediante el compromiso de una existencia fundamentada en los compromisos de la alianza, el gran pacto de autenticidad ética y espiritual que dio identidad a este pueblo. Toda la historia del Antiguo Testamento es una gran narrativa teologal y antropológica en la que se experimenta la intención de Dios con respecto a este pueblo-prototipo y al mismo tiempo se destaca la manera como los israelitas respondieron, unas veces en fidelidad generosa, otras en desacato y alejamiento de sus responsabilidades con Él. Sobre esta base podemos decir que la historia humana, vista y asumida en esta óptica, es “sacramento” de Dios.[1] Se marca así un modo de ser del cristianismo: Dios sucede en la realidad, en la historia, no hay dualidad entre el espacio profano y el espacio sagrado. Es una historia en la que Dios se significa como lenguaje definitivo de sentido para el ser humano.

Con esto llegamos al lenguaje decisivo de Dios: Él se manifiesta plenamente en el ser humano histórico Jesús de Nazaret, exaltado y reconocido en el cristianismo primitivo como el Señor, el Cristo, el Ungido, la Palabra de Dios. En la historia del Señor Jesús Dios nos dice en qué consiste ser auténticamente humano y auténticamente divino, él es el lenguaje de Dios por excelencia, su más plena sacramentalidad:[2] “Él es imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, tronos. Dominaciones, principados, potestades. Todo fue creado por él y para él; él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consistencia”. [3]

Esta reflexión se consigna aquí para que afinemos nuestra percepción del modo como Dios actúa, es en lo histórico, en lo real, en la vida nuestra. Así, el Espíritu nos dota de la fe, como la frecuencia modulada que nos permite “leer y entender” el talante sacramental-histórico de Dios. Y es la base también – muy esencial! – para apreciar la sacramentalidad de la Iglesia misma y de las siete realidades en las que se nos comunica con eficacia la gracia de Dios: introducirnos en la vida de Dios (bautismo), madurarnos en ella (confirmación), tendernos su mano amorosa cuando fracasamos pecando (reconciliación/penitencia), significarnos como comunidad centrada en el Señor Jesús alimentándonos de su cuerpo y de su sangre (eucaristía), dar estatuto sacramental al amor de pareja (matrimonio), configurar a los servidores y pastores de la comunidad (orden), dispensarnos su gracia en la fragilidad de la enfermedad y en la disposición para la muerte (unción de los enfermos). [4]

Pues bien, la eucaristía está plenamente integrada en esta dinámica sacramental de la Iglesia, ella reconoce la centralidad del Señor Jesucristo en la vida eclesial dándonos de sí mismo su cuerpo y su sangre para que se dé en nosotros su propia vitalidad, partiéndose y compartiéndose, como lo vivió en su cruenta pasión para que también nosotros, como cuerpo eclesial y cada uno en particular, llevemos una existencia de donación de nuestro ser para servicio del prójimo y formación de la comunidad de discípulos del Señor. [5]

Esta evocación nos lleva a pensar en cuántas veces participamos en ella de modo individualista, con el corazón no convertido a Dios y al prójimo, con claras responsabilidades de nuestra parte en materia de injusticia y de desconocimiento de la implicación comunitaria del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, cuya feliz realidad celebra la Iglesia en este domingo. ¿Qué decir de tan entrañable y definitivo sacramento en esta Colombia herida por la violencia, por los desencuentros entre el pueblo y sus gobernantes, por sus 20 millones de ciudadanos empobrecidos, por las muchas injusticias que aquí se cometen? ¿Cómo celebrar la eucaristía con autenticidad evangélica, eclesial y social, en nuestro país?

Los sacramentos son signos que se refieren a realidades trascendentes, de carácter definitivo para la plenitud humana, que habitualmente no pueden entrar a través de nuestra percepción sensorial. Estos signos – el agua, los óleos, el pan, el vino, para señalar los más conocidos – nos remiten a lo significado, a aquella realidad proveniente de Dios que se vale de un lenguaje humano para comunicar la eficacia gratuita de sus dones, que nos hacen mejores personas según el modelo central que es el mismo Jesús.[6]

José María Castillo[7] fue un teólogo español, de avanzada eclesial, siempre preocupado porque el lenguaje y prácticas de la fe y de la pastoral pierden su fuerza transformadora, se convierten en rituales desconectados de la realidad existencial. A este asunto dedica un denso libro llamado “Símbolos de libertad: teología de los sacramentos”, escrito en 1980.[8] Su pretensión es estudiar el sentido profundo de los sacramentos , en general y en particular de cada uno de ellos, remontarse a la tradición bíblica, someter a revisión crítica las deformaciones de interpretación y de vivencia cotidiana, y rescatar esa originalidad eficaz de Jesucristo que se implica en la realidad humana, histórica, para liberarla de sus ambigüedades, siempre asumiendo que lo humano es el canal de significación para remitirnos al contenido original de vida de Dios en nosotros y de humanidad nueva, que logramos gracias al mismo Señor que se nos ofrece gratuitamente: “La iglesia es fiel a Jesús cuando celebra, por la fuerza del Espíritu, los mismos gestos simbólicos que realizó Jesús; cuando se adhiere a su destino y comulga con su vida, cuando perdona los pecados y libera a los hombres de las fuerzas de esclavitud y de muerte que operan en la sociedad, cuando sana las raíces del mal y del sufrimiento que oprimen a todos los crucificados de la tierra. Cuando todo eso no son palabras, sino experiencias reales y concretas, vividas cada día en cada comunidad de fe, entonces cada una de esas comunidades expresa auténticamente tales experiencias mediante los símbolos fundamentales de nuestra fe a los que llamamos sacramentos” . [9]

El partir el pan forma parte de la esencia del signo. Jesús se hace presente en ese signo, no en la materialidad del pan o del vino, sino en el contenido teologal que se significa. Lo repetimos : es el pan partido, repartido, compartido. Es el mismo Jesús que se deshace de la propiedad de su vida para darla toda sin reservas, ilimitadamente, con el amor que se desborda para participarnos la vitalidad de Dios, y para re-significar una humanidad ambiciosa, mezquina, egoísta, en una humanidad fraternal, solidaria, servicial, de diakonía y de koinonía.[10] . El culto que se inaugura con Jesús supera definitivamente el concepto y práctica de la mediación religiosa concebida como un poder asignado a algunos exclusivamente, él mismo es la ofrenda grata a Dios y a la humanidad, es el don de su propia vida para darnos a todos la abundancia de la vida que Dios nos comunica, esta es la novedad del culto que Jesús establece. Este es contenido central de la carta a los Hebreos, de la que se toma la segunda lectura de este domingo: “En cambio, Cristo se presentó como sumo sacerdote de los bienes futuros, oficiando en una tienda mayor y más perfecta , no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario, una vez para siempre, no presentando sangre de machos cabríos ni de novillos, sino su propia sangre. De este modo consiguió una liberación definitiva” .[11]

En el contexto de la celebración pascual propia de los judíos, Jesús vive los acontecimientos definitivos de su pasión, de la ofrenda total de su cuerpo y de su sangre, y, reunido con sus discípulos, expresa el sentido total de su existencia y de su misión: “Mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomen, este es mi cuerpo. Tomó luego una copa y, después de dar las gracias, se la pasó y bebieron todos de ella. Y les dijo: esta es mi sangre de la alianza , que es derramada por muchos” .[12] El escueto relato de Marcos tiene suficiente elocuencia: Jesús es el don de Dios para plenitud y salvación de la humanidad, él nos indica el camino de la mesa servida y compartida como signo eficaz de una manera de ser y de vivir, en comunión y en participación solidaria.[13] El carácter genuino del sacramento eucarístico nos compromete a dejar atrás un modelo de religiosidad individualista, saturado de prácticas piadosas y de rituales, sin mayor impacto en la transformación de las relaciones sociales, para dar paso a la originalidad de Jesús. El fin último de la eucaristía es hacer presente con los signos del pan y del vino el ágape que nos funde con Dios y nos abre a los demás, hasta sentirlos también fundidos en Dios. Esta es la gracia del sacramento que celebramos en este domingo, pan partido, repartido, compartido, vida que se ofrece para todos, sangre derramada que da a todos la vitalidad del amor de Dios que nos hace comunidad a partir del Evangelio.[14]

Comer el pan y beber la copa son actos inseparables; quiere decir que no se puede aceptar la muerte de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya. Este es el verdadero significado de la eucaristía.

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Bibliografía:

[1] LUSTIGER, Jean Marie. El carácter histórico de la revelación bíblica. En https://www.jcrelations.net/es/article/el-caracter-historico-de-la-revelacion-biblica.pdf CONCILIO VATICANO II. Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación Dei Verbum. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 1965. TORRES QUEIRUGA, Andrés. Repensar la revelación. Trotta. Madrid, 2008. SANTAMARÍA RODRÍGUEZ, Juan Esteban. Teología de la realidad histórica. La revelación de Dios como mayéutica histórica. En Reflexiones Teológicas número 13; páginas 161-186. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2014. San Salvador, 1992. GELABERT BALLESTER, Martín. La revelación: acontecimiento fundamental, contextual y creíble. San Esteban. Salamanca, 2009. PARRA MORA, Alberto. Textos, contextos y pretextos. Teología Fundamental. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2003.

[2] SCHYLLEEBECKX, Edward. Cristo, sacramento del encuentro con Dios. Dinor. San Sebastián, 1967. PLASCENCIA ALDRETE, Juan Carlos. Los sacramentos de la humanidad de Cristo. Un acercamiento a la vida sacramental. En https://antoniano.org/publica/pua/dispense/6.%20PlascenciaSacra.pdf ALVAREZ GOMEZ, Ignacio. Cristo, sacramento de Dios en la historicidad de los hombres. En Cuestiones Teológicas volumen 33, número 80; páginas 281-314. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín, julio-diciembre de 2006. OROZCO RUANO, Raúl. La humanidad de Cristo como fundamento de la sacramentalidad. En Revista Española de Teología número 78, páginas 73-100. Universidad San Dámaso. Madrid, 2018. DAELEMANS, Bert. De la praxis misericordiosa de Jesús a los sacramentos de la Iglesia. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 9 de febrero de 2016.

[3] Colosenses 1: 15-17

[4] CASTILLO, José María. Los sacramentos, símbolos de libertad. Teología de los Sacramentos. Sígueme. Salamanca, 1982. MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Germán. Los sacramentos signos de libertad. Sígueme. Salamanca, 2009. GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. Símbolos de fraternidad. Sacramentología para empezar. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2013. ESPEJA, Jesús. Para comprender los sacramentos. Verbo Divino. Estella, 1990. BOROBIO, Dionisio. Para que los sacramentos sean creíbles. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 12 de febrero de 2013. TORRES QUEIRUGA, Andrés. Los sacramentos hoy: significación y vivencia. En Revista Latinoamericana de Teología número 74; páginas 119-141. Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. San Salvador, 2008.

[5] BOROBIO, Dionisio. Eucaristía. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2000. BOTELLA CUBELLS, Vicente. El sacramento de la eucaristía. Evolución histórica. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 2015. LAVERDIERE, E. Comer en el Reino de Dios. Los orígenes de la eucaristía en el evangelio de Lucas. Sal Terrae. Santander, 2002. MARTÍNEZ MORALES, Víctor. Sentido social de la Eucaristía (3 volúmenes). Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2003.

[6] GUILLET, Jacques. De Jesús a los sacramentos. Verbo Divino. Estella, 1991. CHAUVET, Louis Marie. Símbolo y sacramento: dimensión constitutiva de la existencia cristiana. Herder. Barcelona, 1991. CASTELLANO CERVERA, Jesús. La eucaristía que edifica la Iglesia. En Teresianum número 56, páginas 3-53. Facultad Teológica Teresianum. Roma, 2005. SECRETARIADO DIOCESANO DE JUSTICIA Y PAZ. Eucaristía y compromiso por la justicia y la paz. Diócesis de Orihuela-Alicante, 2023. BIERITZ, Karl-Heinrich. Eucaristía y estilo de vida. En https://www.seleccionesdeteología.net/assets/pdf/132_06.pdf SCAMPINI, Jorge. La eucaristía, primicia y fundamento de un orden social verdaderamente justo. En Teología Tomo LIII número 119; páginas 45-80. Pontificia Universidad Católica Argentina. Buenos Aires, 2016. PANIER, Louis. El pan y la copa: palabra dada para un tiempo de ausencia. En Concilium número 310; páginas 61-72. Verbo Divino. Estella, abril 2005.

[7] 1919-2023.

[8] CASTILLO, José María. Símbolos de libertad: teología de los sacramentos. Sígueme. Salamanca, 1980.

[9] Obra citada, página 458.

[10] La palabra griega diakonía significa servicio, dedicación al servicio de la comunidad, es el término que se utiliza en el Nuevo Testamento para designar los ministerios dentro de la comunidad cristiana. Y la palabra koinonía, también de origen griego, es la expresión que significa la comunión de todos los cristianos en torno a la persona de Jesús.

[11] Hebreos 9: 11-12. GARCÍA HUIDOBRO, Tomás. La carta a los Hebreos: una visión desde las teologías del templo. Sígueme. Salamanca, 2014. VANHOYE, Albert. El mensaje de la carta a los Hebreos. Verbo Divino. Estella, 1985.

[12] Marcos 14: 22-24

[13] BENEDICTO XVI. Exhortación apostólica postsinodal SACRAMENTUM CARITATIS sobre la eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia. Tipografía Vaticana. Roma, 2007.

[14] CODINA, Víctor. Nuevos enfoques teológicos sobre la eucaristía. En https://www.redicces.org.sv/jspui/bistream/10972/3168/1/RLT-2005/066-C.pdf . GESTEIRA GARZA, Manuel. La eucaristía, misterio de comunión. Cristiandad. Madrid, 1983.LEON-DUFOUR, Xavier. La fracción del pan: culto y existencia en el Nuevo Testamento. Cristiandad. Madrid, 1983. BASURKO, Xavier. Para comprender la eucaristía. Verbo Divino. Estella, 2000. THURIAN, Max. La eucaristía, memorial del Señor. Sígueme. Salamanca, 1967.

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