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Dar testimonio de Cristo resucitado

El mensaje del domingo

III Domingo de Pascua Ciclo B

Los discípulos a quienes Jesús se les había manifestado cuando iban a Emaús les contaron a los demás lo que les había pasado en el camino, y cómo lo reconocieron en la fracción del pan. Estaban todavía hablando de estas cosas, cuando Jesús se puso en medio de ellos y los saludó diciendo: -Paz a ustedes. Ellos se asustaron mucho, pensando que estaban viendo un espíritu. Pero Jesús les dijo: – ¿Por qué están asustados? ¿Por qué tienen esas dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que tengo yo. Al decirles esto, les enseñó las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creerlo a causa de la alegría y el asombro que sentían, Jesús les preguntó: – ¿Tienen aquí algo que comer? Le dieron un pedazo de pescado asado, y él lo aceptó y lo comió en su presencia. Luego les dijo: -Lo que me ha pasado es aquello que les anuncié cuando estaba todavía con ustedes: que había de cumplirse todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos. Entonces hizo que entendieran las Escrituras, y les dijo: -Está escrito que el Mesías tenía que morir, y resucitar al tercer día, y que en su nombre se anunciará a todas las naciones que se vuelvan a Dios, para que él les perdone sus pecados. Comenzando desde Jerusalén, ustedes deben dar testimonio de estas cosas. (Lucas 24, 35-48).

Las lecturas de hoy [Hechos 3, 13-15.17-19; Salmo 5(4); 1 Juan 2, 1-5a; Lucas 24, 35-48] nos invitan a meditar sobre el mensaje central de nuestra fe: Jesucristo, Dios hecho hombre, vive y se hace presente en medio de nosotros, iluminándonos para que comprendamos su obra salvadora y animándonos a dar testimonio de ella. Contemplemos el episodio que nos relata el Evangelio, y pidámosle al Señor la gracia de reconocer en nuestra vida y comunicar su presencia resucitada.

1. Contaron lo que les había pasado y cómo lo reconocieron en la fracción del pan

Los dos discípulos a quienes Jesús resucitado les había salido al encuentro cuando caminaban hacia la aldea de Emaús, uno llamado Cleofás y el otro -del que Lucas no dice el nombre -, no hicieron parte de los doce apóstoles, pero eran también seguidores de Jesús como también otros discípulos y discípulas. Estos dos a los que se refiere el inicio del relato habían reconocido su presencia resucitada por el mismo gesto que su Maestro antes de morir había dicho que fuera repetido en memoria suya, y corrieron a comunicar su experiencia pascual. El término bíblico fracción del pan (acción de partir el pan) se refiere a la Eucaristía. Así llamaron los primeros cristianos este sacramento, en el cual, cada vez que se celebra, no sólo se recuerda, sino que se actualiza su misterio pascual, es decir, su sacrificio redentor y su paso de la muerte a una vida nueva, que se hace presente entre nosotros y nos alimenta espiritualmente en la comunión para continuar con esperanza y optimismo el camino de nuestra vida terrena, renovados con su vida resucitada.

Es especialmente significativo el saludo de Cristo: “Paz a ustedes”. Él les había dicho en la última cena “la paz les dejo, mi paz les doy”, y “no la doy como la da el mundo” -o sea que su saludo va más allá de un simple rito de cortesía-. Esto mismo sucede para nosotros en la Eucaristía. Él, por medio de quien la preside en su nombre, nos da la paz y nos invita a comunicarla entre nosotros. En medio de las situaciones difíciles que podamos estar padeciendo, como les ocurría a los discípulos de Jesús que estaban encerrados y llenos de miedo después de lo acontecido en el Calvario, necesitamos ser fortalecidos con el don de la paz, ante todo la paz interior que sólo Jesús resucitado puede concedernos para seguir adelante en nuestra vida, sin dejarnos vencer por el miedo o el pesimismo. Por eso le pedimos de todo corazón: Cordero de Dios (…): Ten piedad de nosotros y danos la paz.

Ellos se asustaron mucho, pensando que estaban viendo un espíritu”, cuenta el relato del Evangelio que les sucedió a los discípulos al ver a Jesús resucitado. Otras traducciones dicen que creían estar viendo “un fantasma”. Y Jesús les hace entender que no se trata de una visión ilusoria, sino que es Él mismo en persona a quien realmente están viendo y escuchando, y hasta los invita a tocarlo. Ahora bien, esta experiencia que tienen los primeros discípulos de Jesús forma parte de un proceso durante el cual ellos, iluminados espiritualmente por Él mismo, se van dando cuenta de que está vivo, pero con una vida gloriosa que trasciende las dimensiones materiales del espacio y el tiempo.

2. Entonces hizo que entendieran las Escrituras

Los dos discípulos de Emaús habían sido ilustrados por el propio Jesús resucitado para comprender el sentido de las profecías bíblicas que se referían a Él como el Mesías prometido. Ahora reciben una ilustración similar los demás integrantes de la primera comunidad cristiana: que el Mesías tenía que padecer y morir para pasar a una vida nueva. Así lo indica el Evangelio y lo dice también Pedro en su discurso evocado por la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Justamente en esto consiste el misterio pascual de Jesús: su paso (pascua) por la muerte de cruz para adquirir una vida nueva y gloriosa, como consecuencia de haberse entregado al servicio del Reino de Dios Padre, un reino de justicia, de amor y de paz. Su pasión y muerte fueron así el testimonio de la solidaridad de Dios hecho hombre con las víctimas de la injusticia y de la violencia, para abrirnos a todos, si nos identificamos con Él y nos solidarizamos también con ellas, a la esperanza activa en un porvenir de vida gozosa y sin fin.

3. “Ustedes deben dar testimonio”

Con estas palabras Jesús les da a sus discípulos la misión de proclamar su resurrección no sólo de palabra, sino también con los hechos. “En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros”, les había dicho en la última cena, como lo cuenta el mismo Evangelio según san Juan. Y en la segunda lectura, tomada de la 1a Carta de Juan, su autor escribe: “quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en Él”.

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, decimos nosotros en la Eucaristía inmediatamente después de la consagración del pan y del vino. Esto debemos manifestarlo con el testimonio de nuestra vida, cumpliendo el mandamiento del amor y realizando así lo que celebramos. Pidámosle al Señor que nos ayude a proclamarlo dando un testimonio claro y luminoso de su resurrección. Y que María santísima, que acompañó a los primeros discípulos de Cristo orando con ellos en la espera del acontecimiento de Pentecostés, nos ayude con su intercesión para que así sea.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Qué sentimientos o mociones espirituales suscita en mí la contemplación de lo que relata el Evangelio?
2. ¿Cómo percibo en mi vida lo que dicen las otras lecturas de este domingo?
3. ¿De qué forma veo que debo “dar testimonio” de mi fe en la resurrección de Jesucristo?

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