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Lo que implica seguir a Jesús

El mensaje del domingo

X Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B
Lecturas bíblicas. Génesis 3, 9-15; 2 Corintios 4, 13 – 5, 1; Marcos 3, 20-35

Entró Jesús en una casa, y otra vez se juntó tanta gente, que ni siquiera podían comer él y sus discípulos. Cuando lo supieron los parientes de Jesús, fueron a llevárselo, pues decían que se había vuelto loco. También los maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían: «Beelzebú, el propio jefe de los demonios, es quien le ha dado a este hombre el poder de expulsarlos». Jesús los llamó, y les puso un ejemplo, diciendo: «¿Cómo puede Satanás expulsar al propio Satanás? Un país dividido en bandos enemigos, no puede mantenerse; y una familia dividida, no puede mantenerse. Así también, si Satanás se divide y se levanta contra sí mismo, no podrá mantenerse; habrá llegado su fin». Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y robarle sus cosas, si no lo ata primero; solamente así podrá robárselas». Les aseguro que Dios dará su perdón a los hombres por todos los pecados y todo lo malo que digan: pero el que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo, nunca tendrá perdón, sino que será culpable para siempre». Esto lo dijo Jesús porque ellos afirmaban que tenía un espíritu impuro. Entre tanto llegaron la madre y los hermanos de Jesús, pero se quedaron afuera y mandaron llamarlo. La gente que estaba sentada alrededor de Jesús le dijo: —Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera, y te buscan. Él les contestó: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Marcos 3, 20-35).

Este pasaje del Evangelio, ubicado inmediatamente después del relato de la elección y misión de los doce apóstoles, nos presenta tres temas para nuestra reflexión. 1º- Jesús fue tenido por loco. 2º- Jesús fue rechazado por la soberbia de quienes se cerraban a la misericordia. 3º- Jesús nos enseña quiénes pertenecen a su familia espiritual. Veamos cómo podemos aplicar estos tres temas a nuestra vida.

1.  Jesús fue tenido por loco

El comportamiento de este hombre fuere de serie (“estaba fuera de sí”, dice otra versión), a quien se le tildaba de blasfemo por perdonar los pecados (Mc 2,1-12), que llamaba a pecadores y “publicanos” para que lo siguieran y se sentaba a la mesa con ellos (Mc 2, 13-17), y que sanaba enfermos incumpliendo la norma de no trabajar los sábados (Mc 2,23 – 3,6), chocaba con las tradiciones judaicas, y por eso sus palabras y acciones eran malinterpretadas: de una parte, por sus propios familiares, pues no entendían que se portara como un transgresor de la Ley, la cual para el judaísmo tradicional consistía en una serie de preceptos rituales que debían ser cumplidos a la letra, por encima de la compasión hacia las personas. Y de otra, debido al rechazo del que era objeto por parte de quienes detentaban el poder religioso, como lo relata el evangelista inmediatamente después y a lo que me referiré más adelante.

Pero detengámonos en lo que implica la “locura” de Jesús. También nosotros, para ser de verdad sus seguidores, tenemos que arriesgarnos a ser incomprendidos y tenidos por locos, como lo fueron los primeros cristianos por parte de judíos y paganos. Seguir a Jesús implica romper con la mentalidad supuestamente “normal” y “razonable” de quienes se amoldan a la observancia literal de unas costumbres rituales, en lugar de cumplir lo esencial de la Ley de Dios, que es el amor en su sentido de entrega compasiva. Este amor, cuando se realiza de verdad, lleva a lo que el apóstol Pablo se refiere cuando dice: “nosotros anunciamos a Cristo crucificado, que para los judíos es piedra en que tropiezan y para los paganos es cosa de locos” (1 Corintios 1, 23). Es precisamente la locura de la cruz lo que implica seguir a Jesús en lo que es el amor llevado hasta la entrega de la propia vida.

2.  Jesús fue rechazado por la soberbia de quienes se cerraban a la misericordia

La reacción de los escribas o doctores de la ley contra Jesús es en sí misma una contradicción, como les replica Él en el relato del Evangelio. El término “Beelzebú” significa “Señor de las moscas” -que abundan en lo fétido-, y era entre los judíos un apodo de Satanás, nombre que a su vez significa en hebreo “adversario” de Dios (en griego “diábolos”). Al decir que Jesús actuaba con el poder de Beelzebú, jefe de los demonios (entendiendo por “demonios” las fuerzas espirituales malignas), quienes se le oponían, al no aceptar sus enseñanzas y rechazar sus acciones sanadoras como si fueran diabólicas, se cerraban cegados por su soberbia a la misericordia divina que se revelaba en Él.

Es esa cerrazón en lo que consiste lo que Jesús llama el pecado contra el Espíritu Santo, que no tiene perdón de Dios justamente porque quien se cierra a la misericordia divina se hace a sí mismo incapaz de perdón. Y no porque Dios no esté dispuesto a perdonar, sino porque la persona que se obstina en su soberbia pretendiendo no necesitar la compasión de Dios, de tal manera se endurece en su rechazo a la misericordia, que incluso se vuelve incompasiva, y en lugar de asumir su propia responsabilidad con respecto a sus pecados, escurre el bulto culpando a los demás, como en el relato simbólico de la primera lectura lo hizo Adán cargándole la culpa Eva, y Eva descargándola en la serpiente.

3.  Jesús nos enseña quiénes pertenecen a su familia espiritual

El final del Evangelio de hoy pareciera indicar un rechazo de Jesús a sus familiares. Pero lo que quiere decirnos es que, para pertenecer a su familia constituida no por vínculos biológicos sino espirituales, y por lo tanto para ser eternamente felices de acuerdo con nuestra esperanza en la resurrección -como la expresa el apóstol san Pablo en la segunda lectura-, tenemos que hacer la voluntad de Dios, obrando como Él quiere: con un amor compasivo. Ahora bien, quien mejor cumplió la voluntad de Dios fue su santísima Madre, mencionada en el Evangelio de hoy. Hace nueve días, al conmemorar la Visitación de la Virgen María a Isabel, se evocaba cómo ella, que había dicho ser la “servidora del Señor”, acudió enseguida presurosa a servir a su prima que necesitaba de ayuda. Porque servir a Dios implica indisolublemente disponernos de corazón a servir al prójimo, y de esta disposición nos da ejemplo María, cuyo Corazón Inmaculado celebramos ayer, el día siguiente a la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

Sintamos pues que el Señor, así como miró a los que estaban sentados a su alrededor, nos mira también a nosotros aquí y ahora, y nos dice que para seguirlo y pertenecer a su familia espiritual debemos arriesgarnos a ser incomprendidos, reconocer la necesidad que tenemos de la misericordia divina siendo a nuestra vez misericordiosos, y disponernos efectivamente a hacer la voluntad de Dios, que es voluntad de amor hasta la locura de la cruz. Que así sea, con la gracia de Dios y la intercesión de María.

Preguntas para la reflexión
  1. ¿Qué significa para mí la “locura” de Jesús y cuáles siento que son sus implicaciones para mi vida?
  2. ¿Cómo siento que debe ser mi relación con Dios y los demás para no pecar contra el Espíritu Santo?
  3. ¿Cuál siento que debe ser mi disposición para pertenecer de verdad a la familia espiritual de Jesús?
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