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Sin mi nada pueden hacer

El mensaje del domingo

V Domingo de Pascua – Ciclo B

En aquel tiempo Jesús les dijo a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el que la cultiva. Si una de mis ramas no da uvas, la corta; pero si da uvas, la limpia para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios por las palabras que les he dicho. Sigan unidos a mí, como yo sigo unido a ustedes. Una rama no puede dar uvas de sí misma, si no está unida a la vid; de igual manera, ustedes no pueden dar fruto, si no permanecen unidos a mí. Yo soy la vid, y ustedes son las ramas. El que permanece unido a mí, y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí no pueden ustedes hacer nada. El que no permanece unido a mí, será echado fuera y se secará como las ramas que se recogen y se queman en el fuego. Si ustedes permanecen unidos a mí, y si permanecen fieles a mis enseñanzas, pidan lo que quieran y se les dará. En esto se muestra la gloria de mi Padre, en que den mucho fruto y lleguen así a ser verdaderos discípulos míos. (Juan 15, 1-8).

La “vida”, palabra poco usada en nuestro lenguaje corriente, es la planta que produce uvas, de cuya fermentación procede el vino. Las plantaciones de vides se llaman “viñas” o “viñedos”, palabras también poco frecuentes. El profeta Isaías (5,1-7) había empleado en el Antiguo Testamento la imagen de la plantación de vides para representar al pueblo de Israel, que le había sido infiel a Dios: “Esperaba que diera uvas dulces, ¿por qué, entonces, dio uvas agrias? (…) El viñedo del Señor todopoderoso, su sembrado preferido, es el país de Israel, el pueblo de Judá. El Señor esperaba de ellos respeto a su ley, y sólo encuentra asesinatos; esperaba justicia, y sólo escucha gritos de dolor”.

Unos siete siglos después, Jesús, en la última cena, luego de consagrar el pan y el vino instituyendo la Eucaristía, evoca la imagen de la vid para manifestar su propia fidelidad a Dios Padre (por eso dice que es la vida verdadera) en contraste con la infidelidad de aquella viña que no ha respondido al cuidado recibido de su Creador, y para exhortar a sus discípulos a permanecer unidos a Él.

1. “Yo soy la vid verdadera (…) y ustedes son las ramas”.

Varias veces emplea Jesús en el Evangelio de san Juan la expresión Yo soy: siete para indicar lo que Él es para nosotros (Yo soy el pan de vida, Yo soy la vida, Yo soy la luz del mundo, Yo soy la puerta, Yo soy el buen pastor, Yo soy la resurrección y la vida, Yo soy el camino, la verdad y la vida), y tres para identificarse a sí mismo (Yo soy, le dice a la samaritana que menciona al Mesías esperado-; Cuando hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo soy, les dice a sus opositores; y Yo soy, les dice a quienes llegan a apresarlo). Dios se le había revelado a Moisés doce siglos antes con el nombre Yahvé, que quiere decir Yo soy (Éxodo 3, 14). Y el nombre Yeshua (Jesús) significa Yo soy el que salva. El ser de Dios es ser en acción, y la forma en que actúa la expresa, entre otras, la imagen del viñador o cultivador de uvas que cuida con amor la planta que sembró, de la que espera los mejores frutos para producir el mejor vino. En la alegoría del Evangelio de hoy, este viñador es Dios Padre, y la vid es su Hijo Jesús.

Jesús dice también que sus discípulos son las ramas, llamadas en otras versiones sarmientos o pámpanos. Ellas deben estar unidas al tronco del árbol para recibir la savia y así dar frutos. Y además deben ser podadas. Por eso dice también Jesús que, a la rama que lleva fruto, el cultivador la limpia (en griego καθαίρει -kathairei-, de donde viene la palabra catarsis -purificación-), para que dé más frutos. O sea que nosotros debemos estar dispuestos a experiencias de purificación para ser liberados de los apetitos o afectos desordenados, que nos impiden una vida más productiva de acuerdo con la voluntad de Dios. Ahora bien, ¿Cómo entender la frase “Ustedes ya están limpios por las palabras que les he dicho”? No quiere decir esto que sólo la escucha de la palabra de Dios nos purifica, sino que, si nos disponemos a ponerla en práctica, el mismo Jesús nos hace posible dar buenos frutos.

2. “Quien permanece unido a mí da mucho fruto”

El fruto resultante de la unión a Jesús es la realización del mandamiento del amor, por el cual serían reconocidos sus seguidores, como Él mismo lo había dicho antes en el mismo Evangelio (Jn 14, 34- 35; 15, 12.17). “Su mandamiento es que nos amemos unos a otros”, dice la segunda lectura (1a Juan 3, 18-24), y la realización de este mandamiento se dio en los inicios de la comunidad cristiana, de la cual se cuenta, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que crecía espiritualmente (primera lectura: Hechos 9, 26-31). “En esto se muestra la gloria de mi Padre, en que den mucho fruto”, termina diciendo Jesús en el Evangelio de hoy, dándonos así a entender que precisamente es viviendo acordes con la voluntad de Dios como manifestamos en hechos lo que decimos al rezar “Gloria al Padre…”.

Ahora bien, para permanecer unidos a Jesús, y así crecer espiritualmente y dar buenos frutos, que son los “frutos del Espíritu Santo” descritos por el apóstol san Pablo en Gálatas 5, 22-23 -amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio-, debemos dejarnos vivificar por la savia que Él quiere comunicarnos y que es el mismo Espíritu Santo.

3. “Si permanecen unidos a mí y fieles a mis enseñanzas, pidan lo que quieran y se les dará”

Siete veces aparece en el Evangelio de hoy la idea de estar en unión con Jesús. Es especialmente significativo este número, que en el lenguaje bíblico simboliza la plenitud y la perfección. Por eso la afirmación de Jesús “sin mí ustedes no pueden hacer nada” constituye el núcleo del mensaje que nos trae la Palabra de Dios este domingo, lo cual a su, vez significa que, unidos a Él, todo nos es posible, y nos da la clave para entender la frase pidan lo que quieran y se les dará.

Sucede a veces, o con frecuencia, que Dios no parece escuchar nuestras peticiones, y esto puede ocurrir, por una parte, por no cumplir nosotros suficientemente la condición que indica Jesús: si permanecen unidos a mí y fieles a mis enseñanzas; y, por otra, porque no sabemos pedir lo que en realidad nos conviene. Por eso lo que Jesús nos quiere decir aquí es que nuestras peticiones son escuchadas si están de acuerdo con la voluntad de Dios.

Pidámosle pues a Dios Padre, en el nombre de su Hijo Jesús e invocando la intercesión de María santísima, que nos disponga, con la acción del Espíritu Santo, a estar cada día más unidos a Él, como las ramas al tronco del árbol, para que podamos dar los frutos que Él espera de nosotros, realizando el mandamiento nuevo del amor que Cristo nos dejó y nos enseñó con el ejemplo de su vida, y así tengamos vida eterna. Así sea.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Qué mociones ha suscitado en mí la escucha de las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy?
2. ¿Cómo percibo la necesidad y la posibilidad de estar en unión con Jesús?
3. ¿Qué siento que debo hacer en adelante para estar cada en una mejor conexión con Jesús?

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