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“Mi vida de jesuita ha tenido y tiene mucho de ‘camino’”: entrevista al P. Juan Miguel Zaldua, SJ, con motivo de su paso por la rectoría del CIF

Vocaciones

Por: Alix Katherin Niño Corzo. Profesional de Comunidades Digitales, Oficina Provincial de Comunicaciones

Artículo extraído de la edición marzo de Noticias de Provincia, la publicación mensual de Jesuitas Colombia

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Después de cinco años y medio de labor apostólica, el padre Juan Miguel Zaldua, SJ, se despide del Centro Interprovincial de Formación (CIF) – San Francisco Javier de Bogotá, una función que asumió desde el 27 de septiembre de 2018 por encargo del Padre General. Este oficio implicó la conducción, orientación y acompañamiento de la formación de los jesuitas estudiantes de teología de diversos países de Latinoamérica en cada una de sus dimensiones fundamentales. Desde el 01 de marzo de este año, el P. Marcelo Amaro de León, SJ de la Provincia de Argentina – Uruguay es el superior encargado de la formación en el teologado.

El padre Juan Manuel “Potxi”, como lo llaman cariñosamente, nació en España, pero desde hace cincuenta y cinco años fue destinado a Venezuela. Conoció la Compañía gracias a su formación en el Colegio San Ignacio en Pamplona, España, y el testimonio de familiares que también optaron por la vida religiosa como jesuita: “mi vocación tuvo sin duda mediaciones familiares y educativas de las que se valió el Señor para que escuchara su llamado a la Compañía de Jesús. Si a esto le sumamos la vecindad de Pamplona con el castillo donde nació san Francisco Javier, ya tenemos el ingrediente “misionero” de mi vocación”, expresó. Su trayectoria en la Compañía lo ha llevado a desempeñarse en la pastoral universitaria, la pastoral vocacional y el plan de candidatos; como maestro de novicios, coordinador del Centro de Espiritualidad y director de la Casa de Ejercicios Quebrada de la Virgen (Los Teques), acompañante espiritual del filosofado y socio. Desde mediados de 2010 comenzaron sus destinos en la CPAL: secretario, en Río de Janeiro; delegado de formación, en Lima; instructor de Tercera Probación, en Cochabamba; y rector del CIF en Bogotá. “Como se puede ver, además de los rasgos vocacionales necesarios, ha sido importante tener siempre actualizado el pasaporte”.

¿Cómo se ha desarrollado su proceso formativo en la Compañía?

Al terminar el bachillerato y a punto de cumplir diecisiete años, ingresé al noviciado en Loyola. Hice los Primeros Votos en Salamanca, donde estaba el juniorado que reunía a los jóvenes jesuitas de cuatro Provincias: León, Castilla, Loyola y Aragón. En ese momento, no sabía que desde allá comenzaría la experiencia “interprovincial” que marcaría mi vida. Aunque la Provincia de Loyola ya no enviaba novicios a Venezuela, mi tercera petición fue escuchada y el 17 de octubre de 1968 llegué a Caracas. Si me preguntan porqué Venezuela, no sabría responder. Quizá porque era uno de los países al que la Provincia de Loyola enviaba refuerzos, junto con el Congo y la misión india de Gujarat. Cuando estaba en Venezuela, para adaptarme mejor, me adelantaron la etapa de magisterio y me destinaron al Colegio Loyola de Puerto Ordaz fundado tres años antes. Ese año comenzaban en pleno todas las etapas: preescolar, primaria y secundaria (esta última era para muchachas y varones); y además era internado de varones. Estuve dos años con mucho trabajo y feliz de sentir que no me había equivocado.

Después vinieron las dos etapas de estudios universitarios que hacemos los jesuitas: la licenciatura en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y el bachillerato en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. En ambos lugares volví a experimentar la “interprovincialidad”, en Ecuador estudiaban jesuitas ecuatorianos, bolivianos, centroamericanos y venezolanos; y en Roma la variedad de nacionalidades que tenía el Colegio del Gesù era impresionante. Después de siete años seguidos de estar sentado en pupitres y rendir exámenes, no he vuelto a cursar estudios especiales. Mi formación ‘permanente’ después de la formación ‘inicial’ ha sido autodidacta, al ritmo y necesidades de los servicios que me ha pedido la Compañía. Aunque muchos no compartirán esto, para mí ha sido una gracia no haber tenido estudios especiales pues de ese modo la Compañía ha podido depositar en mí su confianza para muy diferentes tareas, destinos y lugares. Nunca agradeceré lo suficiente, de verdad. Terminada la Tercera Probación en 1980, comenzó mi vida apostólica y los sucesivos destinos.

¿Qué aspectos lo identificaron como rector del CIF? ¿Cómo considera que será recordado por las generaciones de jesuitas que pasaron por el centro de formación?

Esta pregunta la tienen que responder los que han sido objeto de mi tarea como formador en la etapa de Teología… es decir, los que me han “padecido”. Han sido setenta jóvenes de todas las provincias latinoamericanas y algunos de Estados Unidos, África y Europa; más siete del equipo de formadores. Ojalá me recuerden por lo que la Compañía le pide a un formador de la etapa de Teología. Primero, por creer en la vocación del compañero y en la novedad que el Señor regala a la Compañía en cada vocación que suscita. En segundo lugar, por acompañar el descubrimiento y acogida de la invitación del Señor al ministerio ordenado, ofreciendo las indicaciones de los Ejercicios Espirituales, de las Constituciones, de las Congregaciones Generales y del magisterio de la Iglesia, y ejemplo del Papa Francisco, para así poder reconocer con alegría las manifestaciones del “cura” que queremos ser como jesuitas. También por formar sin “uniformar” ni promover un modelo único de jesuita. Finalmente por querer a cada uno de los compañeros y demostrarlo en la convivencia diaria y en la solicitud por su vida, su vocación, su familia, sus estudios, su trabajo pastoral… Espero que hayan sido más los aciertos que los errores debidos a mis limitaciones personales y mi deficiente proceder.

¿Cómo es la vida comunitaria en el centro de formación?

Durante los once primeros años del CIF, debido al número de miembros, la comunidad estaba repartida en dos casas. Los cuatro últimos años vivimos en una sola casa lo que ha favorecido la convivencia interprovincial, internacional e intercultural, que es uno de los objetivos importantes de los CIF. Obviamente, una casa que acoge alrededor de veintiséis jesuitas cada año requiere de un proyecto comunitario, una organización interna y unas indicaciones de convivencia claras y consensuadas. Así es como pudimos “sobrevivir” el tiempo de la pandemia Covid-19 y las anécdotas que ocasiona el roce y la encerrona. Estuvimos casi cinco meses sin la colaboración de personal para los servicios de cocina y lavandería, haciendo nosotros ese trabajo y sin dejar de asistir a clases de modo virtual. Para la cocina nos organizamos en siete equipos, uno por día, de tres compañeros cada uno: uno era el “chef” que determinaba el menú y los otros dos eran
los ayudantes “pelapapas” y “lavaollas”; yo era de estos últimos. Todo funcionó muy bien, pero se afectó el presupuesto de alimentación porque cuando cocinan las señoras y cada mañana ven la despensa, dicen “todo esto es para siete días” y lo hacen rendir. En cambio nosotros, al mirar la despensa cada mañana, decíamos “todo esto es para hoy”, manifestando así mucha fe en la
providencia. El aumento del gasto alimentario se compensó con el ahorro en calzado y ropa… y además eran comidas bendecidas, pues se cocinaba escuchando las clases del P. Silvio Cajiaosobre la cristología y sus comentarios sobre la multiplicación de los panes y los peces.

¿Por qué son importantes los CIF para la formación de los jesuitas?

La Compañía hoy se pregunta y cuestiona el énfasis en la pertenencia del jesuita a una determinada ‘Provincia’ en detrimento de la perspectiva universal de la vocación. Es decir, que parece más importante y decisivo ser de determinada ‘Provincia’ y vivir la vocación siempre dentro de esas fronteras que vibrar con la misión de la Compañía universal y sus Preferencias Apostólicas, y estar disponible para “discurrir y hacer vida en cualquier parte del mundo donde se espera más servicio de Dios y ayuda de las ánimas” [Constituciones 304]. ¿Cómo transmitir y experimentar la universalidad de la Compañía desde la formación inicial? La CPAL ha puesto en práctica algunas iniciativas, como fue la de los “maestrillos sin fronteras”, que no tuvo mucho éxito por la miopía de los superiores provinciales y el afán de proteger la vocación de sus súbditos más jóvenes. Otra iniciativa, que ha sido más duradera y fructífera, es la institución de los CIF y las casas de Tercera Probación a nivel de la Conferencia y bajo la responsabilidad del presidente de la CPAL, así como la creación de los filosofados regionales bajo la responsabilidad de los Provinciales respectivos. También existe un noviciado regional en Quito que reúne a los novicios de las provincias de Bolivia, Ecuador y Perú… y creo que pronto se van a establecer otros de esa misma característica. Lo triste es que lo estemos haciendo por el descenso de vocaciones y la dificultad para encontrar y preparar buenos formadores, en vez de hacerlo por fidelidad a la identidad vocacional y a los orígenes de la Compañía.

«El CIF, además de ser mi primera y principal responsabilidad por la atención, el cuidado y la dedicación, me ha permitido conocer el país, su historia y realidad, la provincia jesuita, sus obras y colaboradores, sintiéndome invitado y aceptado para colaborar…»

¿Qué ha sido lo más bello de su paso por el Centro Interprovincial de Formación San Francisco Javier-CIF? ¿Cuáles han sido los grandes aprendizajes de este trabajo apostólico?

Lo más bello tendría que representarlo en un mosaico de personas, lugares, relaciones, compromisos, experiencias y servicios a lo largo de estos cinco años y medio en Colombia. El CIF, además de ser mi primera y principal responsabilidad por la atención, el cuidado y la dedicación, me ha permitido conocer el país, su historia y realidad, la provincia jesuita, sus obras y colaboradores, sintiéndome invitado y aceptado para colaborar en la pastoral de la Javeriana, en los programas del CIRE, en las Eucaristías dominicales en Villa Javier, en los Ejercicios y retiros a colaboradores, en la Misión Vocacional, en la formación de novicios y novicias de otras congregaciones. Lo mejor de todo esto no es que haya tenido trabajo y no haya estado ocioso ni aburrido, sino las oportunidades de servir a los demás, empezando por casa, las relaciones creadas, las amistades hechas, los afectos dados y recibidos, y también la confirmación de un aprendizaje muy importante hecho a lo largo de mis años de jesuita, y es lo bueno de cultivar la disponibilidad y practicar el voto de obediencia. Esto último suena a “fervorín de novicio políticamente correcto”, pero no. Usted me dirá “explíquese porfa”. Pues ahí va: cada vez que se me ha propuesto un cambio, un nuevo destino con su respectiva misión, ¡y han sido unas cuantas veces!, se me despierta más la curiosidad, la aventura y la pregunta “¿qué me pierdo si respondo que no?” antes de preguntarme y calcular el costo que puede suponer decir que sí. Simple, pero efectivo.

De acuerdo con su experiencia, ¿qué mensaje desea compartirles a todos los jesuitas que tienen roles de formación?

Confíen cuando les propongan ese servicio y les den razones, aunque a ustedes no les parezca acertado. Pero ¡ojo! no se sientan ni predestinados ni ungidos para esa misión, ni crean que tienen un carisma especial porque el servicio de formador suele tener fecha de caducidad, en cambio los carismas no.

¿Cuál considera que es su vocación o a qué se siente llamado?

Le responderé con lo que les comunicaba a mis compañeros en una Eucaristía comunitaria, al decir que mi vida de jesuita ha tenido y tiene mucho de ‘camino’. La vocación me trajo a Venezuela y me ha llevado por toda la geografía latinoamericana enriqueciendo mi vida y ampliando la capacidad de ‘aproximación cordial’ y adaptación a los distintos lugares y personas. Todo ha
sido muy gratificante, mucho más que las preocupaciones, problemas o momentos de oscuridad inherentes a cualquier misión, máxime si esta implica abrir caminos y acoger las novedades que el Espíritu suscita. Ahora concluye un ciclo en mi vida de catorce años fuera de Venezuela, ciclo marcado por un ir “de aquí para allá” (como le dice Yahvé a David, cuando este le quiere construir una morada estable, 2 Sam 7,6-7) teniendo que plantar y levantar sucesivamente la “tienda de campaña”, cual migrante sin casa propia, al que se le han abierto muchas puertas y ha experimentado mucha hospitalidad. Todo eso me compromete para adelante… si la Compañía confirma mis mociones. Por el momento, el Provincial de Venezuela no me ha dado destino y me ha concedido un tiempo de renovación para descansar sin estar “ocioso”, medir las fuerzas y la salud, colaborar en algún trabajo con migrantes, y discernir las mociones de cara al próximo destino. Estaré unos meses en España, Dios mediante.

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